domingo, 29 de marzo de 2015

48. DERECHOS Y CONFLICTOS

Sábado, 28 de marzo de 2015.- Derechos y conflictos.
Tengo por costumbre recordar mi infancia para educar a mis hijas. La ventaja de los adultos sobre los niños es que los adultos ya fuimos niños. Pero muchos lo olvidan.
Mi hija mayor ya cursa 2º de Primaria. Ángela es una niña creativa, con una gran imaginación, un elevado sentido de la justicia (o lo que ella, como niña, considera justo para ella y su entorno), soñadora y tan inocente como debería serlo cualquier niña de ocho años recién cumplidos. Desde que comenzó el curso, empecé a notar un desmedido incremento en la cantidad de tareas que traía del cole para hacer en casa. El horario escolar ya me parece una barbaridad (niños tan pequeños sentados durante cinco horas con tan sólo media hora de descanso, de la cual no disfrutan en ocasiones como castigo individual o colectivo en respuesta a lo que alguna de sus maestras ha considerado un comportamiento incorrecto). El cuadrante de clases no siempre está dentro de la lógica. Y ni hablemos de los objetivos marcados para cada curso con independencia del desarrollo individual de cada niño. Y más. Pero me centro en los “deberes” y los métodos.
Los verdaderos DEBERES de un niño deberían ser equivalentes a sus derechos: jugar para desarrollarse de un modo sano, respetar y recibir respeto, conocer el entorno más allá de cuatro paredes, trabajar su autoestima, comprensión y empatía, querer y ser querido y, en fin, aprender a ser persona. No soy la única que defiende el aprendizaje lúdico, ni la única que ha comprobado su eficacia. La experiencia de grandes profesionales de la educación avala métodos diferentes a los que se aplican en los centros públicos insertos en el sistema educativo de nuestro país. Sin embargo, es cierto que esos métodos alternativos desarrollan en los niños el pensamiento crítico, la curiosidad, les llevan a demandar conocimientos, les hacen más libres… y eso no debe de gustar demasiado a quienes diseñan el sistema educativo, a todas luces enfocado a crear ciudadanos sumisos que acepten las normas sin protestar y den por bueno cuanto se les imponga.
Es curioso que todo evolucione, menos las aulas: el mismo mobiliario, libros de texto, tareas para llevar a casa, mismo método de “aprendizaje” pese a tener una tasa de fracaso escolar cada vez más elevada y mayor número de alumnos que sufren estrés y ansiedad a causa de las evaluaciones. Por otra parte, la escolarización, considerada obligatoria, parece el modo perfecto de moldear y guiar (por no decir controlar) a los ciudadanos desde la base, desde la infancia.  La educación es un derecho, y por tanto gratuita. Sin embargo, la escuela pública no admite crítica en contra, o la admite con mucha dificultad y numerosos trámites. Y si no estás de acuerdo con los métodos, habrá quien te aporte como solución pagar un centro privado que sea de tu agrado. Entonces, ya estamos convirtiendo la educación en un privilegio, y la alejamos de ser un derecho. Porque si para conseguir que los métodos se adecúen al desarrollo real de los niños y para que reciban un trato acorde a su edad, tenemos que tirar de billetera (quien tenga en su mano esa opción), deja de ser un derecho, pues los derechos no se compran. Así que tenemos acceso a la educación, concepto demasiado restringido desde un punto de vista académico, y tenemos escuela gratuita, pero a través de un sistema ostensiblemente ineficaz y sobre el uso de métodos didácticos que limitan el concepto de aprendizaje y se centran en cifras, objetivos y calificaciones. Y después están los métodos pedagógicos. Sobre esto último, otra curiosidad es la normalidad con que algunos padres y madres (más de los que me gustaría) aceptan el trato denigrante que determinados maestros o maestras dan a nuestros hijos. Como anécdota: mi hija sabe atarse los cordones de los zapatos desde los cinco años, día arriba, día abajo. Sin embargo, durante bastante tiempo, y no de forma intencionada, simplemente así fue, había llevado zapatillas deportivas, botas, sandalias o zapatos, sin cordones. Este invierno le compré lo que pude, y lo que pude llevaba cordones. En una clase concreta, se le desataron, intentó volver a atárselos, pero no podía, y una amiguita acudió en su ayuda. La maestra de la materia que tenían a esa hora, al verlo, les gritó a ambas. Mi hija se bloquea ante los gritos. Empezó a llorar y se ve que la energúmena se creció, y la tuvo durante el resto de la clase en un rincón, intentando atarse los zapatos y llorando a moco tendido. Lo más llamativo es que fue esta misma maestra quien, al finalizar la clase, ató los cordones a un niño que, simplemente, no sabía. Estos “métodos educativos” les parecen normales a muchos progenitores; cuanto menos, se conforman comparándolos con otros peores. No podemos esperar, por tanto, que a la mayoría le parezca desmesurado que un niño de Primaria lleve a casa tres libros con sendas cruces en varias páginas para hacer tareas como complemento de las lecciones impartidas ese día, dado que no les parece ilógico que una maestra se acerque a una niña y le arranque una hoja de la libreta vociferando “esto es una guarrada”. Algunas veces también excusan estos comportamientos asegurando que es la forma de prepararles para lo que viene detrás. Pero es que ni lo que viene antes ni lo que viene después; nadie debería emplear su rango, por edad y por posición, para humillar a un menor. Ni a un mayor, pero menos a un menor, pues pueden provocar que los niños acaben asumiendo la entrada a las aulas como una obligación insufrible en lugar de aceptarla como un medio de formación y preparación para el futuro, al menos. Poco a poco, los métodos, la carga de trabajo, la falta de descanso y el comportamiento de parte del personal van haciendo mella en ellos. Y acaban aburridos. De las cinco horas y de las que tengan que pasar aún en casa para cumplir con los objetivos que marcan desde mucho más arriba.
No obstante, vivimos dentro del sistema y nuestros hijos tendrán que hacer lo mismo. La adaptabilidad nos ayuda a ser más felices. Por tanto, se hace necesario encontrar el modo de equilibrar lo que es justo con lo que, pese a no serlo, tenemos que seguir viviendo (tragando) por el momento. Cuando no queremos obligar a los hijos a hacer los “deberes”, a ellos puede llevarles a confusión, como le ocurrió a mi hija. Ya he comentado que tiene un espíritu bastante libre y responde a estímulos que no entran en sistema alguno. Un día tras otro, se le acumulaban las tareas. Se sentaba frente a los libros y se levantaba mil veces a bailar, a jugar con su hermana, a contarme lo primero que se le viniera a la cabeza, o se ponía a dibujar. Cinco días de tareas acumuladas y un día que, por lesión de su madre y por resfriado de su hermana, no pudimos ir al cole. Le pedí que las hiciera o al día siguiente se le acumularía con lo impartido esa mañana en clase. Le dijera lo que le dijera, seguía sin hacerlas. Y tuve que recurrir a lo que menos me gusta: el castigo. Se quedó sin la fiesta de cumpleaños de una amiga porque, a la hora acordada, aún no había acabado, previos avisos. Me dolió, me pasé la tarde preguntándome si era lo más correcto, hablé con ella varias veces, y continué devanándome los sesos para ayudarla a comprender que no se rindiera a la obligación, pero tampoco volviera a caer en el error de pensar que luchar contra algo injusto es tan simple como no obedecer a la exigencia. El punto de equilibrio del que hablaba, y que debería haber encontrado antes, se resume en ayudarla a comprender que la lucha pacífica y con sentido común beneficia y favorece el cambio (ir contra el sistema), pero la mera desobediencia de forma individual no sólo es inútil, sino que perjudica a quien la hace efectiva (ser antisistema). Todo esto, en términos que ella, al fin, ha comprendido. Y se hace necesario que lo comprenda porque yo no voy a conseguir ni hoy ni mañana, y probablemente nunca (yo sola, no) que el sistema cambie, mis hijas tendrán que seguir enfrentándose a diario a las exigencias del profesorado y no seré yo quien tenga que aguantar los malos modos ni las malas caras. De buena gana me cambiaría por ellas, pero no puedo. Seguramente a mí no me tratarían igual, porque los adultos que olvidan haber sido niños tienen la dudosa habilidad de moderarse ante los adultos y faltar el respeto a los niños; y claro, ella es una niña y no da miedo a personas que le doblan la estatura y el resto de proporciones.
Pongo ejemplos de mi propio hogar por no comprometer la confianza de otras personas. Pero no es sólo a mi hija ni es por mi forma de educarla, contraria a los mencionados métodos. De hecho, Ángela tiene unos resultados académicos bastante altos, pese a la presión y al hastío, al menos hasta ahora. También es cierto que en casa aprendemos de otra forma.
Estos conflictos que se producen en el entorno familiar sería fácil evitarlos si el sistema educativo fuera realmente educativo (didáctico y pedagógico) y no meramente académico o si los padres y madres que estamos en desacuerdo con el fondo y con las formas entrásemos por el aro y aceptásemos como válidos los métodos actuales. En el primer caso, se verían beneficiados los niños y el conjunto de la sociedad, por cuanto los niños son el futuro de la misma. En el segundo caso, se vería beneficiado el sistema global, que dejaría de tener detractores de sus métodos, y seguirían perjudicados los niños y el conjunto de la sociedad que, lo vea o no, deja mermar su libertad desde la cuna.
Pero es sólo mi opinión.

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