viernes, 13 de marzo de 2015

47. RAZONO, ERGO OBSERVO


Viernes, 13 de marzo de 2015: Razono, ergo observo.
No voy a cambiar el mundo, lo sé, mi madre llevaba razón. No voy a cambiar el mundo, ni tan siquiera cambiaré mi entorno. Pero quiero, al menos, intentar que otros traten de ponerse en la piel de los demás, concretamente en la piel de las personas en riesgo de desahucio pero, ojo, también en la piel de los policías que son llamados a acudir a esos desahucios para, supuestamente, mantener el orden ¿Y qué orden es el que les instan a mantener? El orden establecido por los de arriba, que juegan a meter miedo, juegan con nuestros temores y los ponen a su servicio. También con el de los policías.
Hace algún tiempo, recurrí a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca para asesorarme, informarme y recibir su apoyo. Los activistas de esta plataforma ni tocan la flauta ni tienen por qué tener perro. Son personas que un día cayeron en la terrible situación a la que la codicia de unos cuantos nos ha llevado y dedican su tiempo y esfuerzos a ayudar a otros que se encuentran en las mismas circunstancias. Muchos de ellos ya lograron su objetivo y viven con la relativa tranquilidad de no arrastrar una hipoteca. Sin embargo, siguen al pie del cañón por otras familias. Desde la primera reunión a la que asistí, supe que quería ser como ellos: una lucha real y pacífica, porque ayudando a una persona podemos estar abriendo la puerta a una cadena de acontecimientos inesperados, podemos estar cambiando el mundo. Sólo por una persona. La PAH ha cambiado el mundo ya para muchas personas, muchísimas familias que, gracias a la información que reciben y a las acciones que emprende la plataforma, se ven al fin liberados del castigo que se derivó de la ilusión por tener una vivienda y una vida estable. Si bien la Constitución recoge este derecho por considerarse básico y fundamental, así como las garantías que el Estado debería ofrecer para ello (art. 47 de la Constitución Española), la realidad actual es muy diferente: miles de personas se están viendo en la calle antes de poder alcanzar una negociación justa, y carecen de dicha “vivienda digna” que la ley suprema establece como derecho de todos los ciudadanos amparados por ella. Otros, como yo, nos encontramos con nada en los bolsillos y mucho que pagar, por haber cometido el dudoso error de querer vivir con dignidad. Y el Gobierno parece entender de segundas oportunidades sólo cuando se trata de indultar y salvar el pellejo a los suyos.  La PAH y Stop Desahucios velan por nosotros. A cambio, desde el día que llegué, también yo quiero velar por los demás. Porque no entiendo la ayuda si es un carril de un solo sentido.
Esta mañana acudí a la concentración para evitar el desahucio de una familia con cuatro menores. Sí, son muy majos y muy graciosos ésos que comentan “a quién se le ocurre tener cuatro niños si no tienes dinero”, pero no voy a entrar ahora mismo a repartir hostias sin mano a quienes lo piensan. El objetivo, esta vez, es otro.
Por el camino, me encuentro un coche de la policía nacional aparcado en Héroes de Sostoa esquina con Avenida de La Paloma. Un poco más allá, dos motos del mismo cuerpo de seguridad. Madre mía, esto estará hasta la bandera, pienso. No más de veinte personas, entre plataformas y vecinos. Curiosidad y decepción. Curiosidad, porque no entiendo para qué tantos efectivos (más tarde comprobé que eran seis coches y cuatro motos) para una veintena de personas gritando consignas (aunque yo no las grite, más tarde explicaré por qué). Y decepción, porque no superábamos la veintena. Es el resultado de mezclar falta de empatía y comodidad con filosofía del miedo. Supongo que los que acuden no piensan en sí mismos en el presente, sino en que a ellos mismos (a nosotros) también nos podría ocurrir, también podríamos ver a nuestros hijos mirándonos sin comprender por qué, de pronto, ya no tienen un techo bajo el cual crecer y desarrollarse sin preocupaciones. Tachadme de antisistema, pero no puedo entender una sociedad que saca a las gentes de sus casas para dejar esa vivienda vacía o para entregársela a unos señores que bien podrían bañarse a diario con agua embotellada de marca y pasar el resto de su vida sin dar un palo al agua. Pero la codicia les ciega. Cada vez es más gente la que se implica en detener estas injusticias, pero aún somos pocos. Porque si fuéramos muchos, esto ya estaría formando parte de la Historia, ya no habría que acudir a las llamadas de ayuda a familias en riesgo de desahucio. Sin embargo, el mundo ideal sigue existiendo únicamente en las pelis de Disney, porque el mundo en el que vivimos se rige por una doble moral siempre latente en cada calle, cada acto, cada movimiento. Dar dinero (quien lo tenga) ayuda, pero no soluciona. Es más cómodo, limpia conciencias, pero no soluciona. La solución está en la unión, en el apoyo, en asumir la realidad y luchar para cambiarla. Por vías pacíficas.
Y llegamos a las consignas.
Quizás no todo el mundo lo vea así, pero creo que las palabras mal emitidas pueden transmitir una violencia que algunos pueden interpretar como el pistoletazo de salida a una lucha armada, aunque las armas sean botellas o los puños. Tanto da, violencia será al fin y al cabo. Gritar consignas del tipo “Cabrones, fuera de aquí” no me parece el modo más adecuado de demostrar que se está en contra de las injusticias y que no se quiere hacer daño, sino ser escuchados y respetados. Enseño a mis hijas que no hay mejor modo de conseguir respeto que respetando. Nunca, jamás, las he insultado ni las insultaré. Y esto procuro hacerlo extensible a toda mi vida; quizás no siempre lo consiga, pero lo intento. Yo no insulto a policías. Siento que haya quien no me entienda o quien crea que no estamos en la misma lucha por ello, pero así seguiré. Los mismos policías que permanecían esta mañana apostados ante el portal de la vivienda de la que querían echar a la familia afectada, podrían ser mañana los que vinieran a mi barrio a detener a cualquiera que pudiera tratar de hacer daño a mis hijas. Y vendrían. Y probablemente vendrían más convencidos a defender a mis hijas que a desahuciar a una familia. A ellos les mandan los que están por encima. La lucha no va contra la policía, o no debería ser así: va contra quienes colocan a la policía como cara visible de los desahucios. No es la policía quien emite las órdenes de desahucio ni quien provoca estas situaciones. No digo que no haya chulos con porra; en todas las profesiones hay buenos profesionales y majaretas que trabajan en el sector. Pero no creo que haya que demonizar al funcionariado en pleno porque algunos actúen más como perros de presa que como guardianes de nuestro sueño. Ya me gustaría que llegara el día en que todos los policías que acudan a un desahucio se dieran la vuelta y se unieran a quienes defienden la verdadera justicia. Pero ellos también tienen familia, también tienen que pagar hipoteca, también podrían encontrarse en situación comprometida si se quedaran sin trabajo. No conocemos las circunstancias de cada una de las personas que se mantienen firmes frente a una vivienda con su uniforme y las manos cruzadas por delante. No sabemos si, al llegar a casa, abrazan fuertemente a sus hijos y se hartan de llorar pensando en los otros niños. No sabemos si tienen a una madre o un padre enfermos a quienes están manteniendo con sus irrisorios sueldos. Lo que sí sé es que no vivo en el paraíso de la seguridad, y desde el primer día en que mis pies pisaron el suelo en el que, hasta el momento, vivo, no he dejado de ver coches de la policía a diario. Y por ello les doy las gracias. Y por todo esto yo no insulto a policías. Siempre que pueda estaré, me uniré, apoyaré. Pero no insultaré a policías por el mero hecho de que les hayan mandado ese día a colocarse ante una puerta. Por otra parte, no deja de ser irónico que haya tanta gente que insulte a la policía pero no tenga los santos cojones de ponerse frente a ella para que no les identifiquen aunque esto suponga no apoyar a una familia que se va a quedar en la calle. Muchas veces no se puede ir, otras veces no se quiere ir. Pero ya están las redes sociales para desahogarnos a cara cubierta, ¿no?
Gracias a la PAH y a Stop Desahucios, que sí tienen esos cojones. Y también gracias a la policía.

Por cierto, el desahucio de esta mañana se ha detenido. Al menos, de momento. Normal: hay elecciones el 22 de marzo. Asco de hipocresía.

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