jueves, 15 de enero de 2015

45. VIEJAS IMÁGENES

Iglesia de San Pedro de Alcántara, años 70
(Imagen de www.rosaverde.com)

 Sábado, 27 de diciembre de 2014: Viejas imágenes.
Tenía algunos recados que hacer, y, por una confusión entre las viejas y las nuevas direcciones, paseé de más el camino. La mañana era soleada pues, de unos años a esta parte, el invierno es más parecido a una primavera fría. A mitad del trayecto, ya me sobraban el abrigo y la bufanda. Los guantes y los gorros llevan años arrinconados en el fondo del cajón. A riesgo de parecerme a esos ancianos que aseguran que “antes, todo esto era campo”, debo decir que recuerdo un tiempo en que había cuatro estaciones al año y se usaba la ropa adecuada para cada una de ellas. Pero incluso el clima está cambiando, y, como diría mi amigo Miguel, tienes que dejar en el perchero de la entrada el anorak y el bañador, y decidir qué ponerte cada mañana.
La calle Córdoba, antaño un hervidero de lugareños haciendo compras de forma apresurada para pasar las fiestas y regalar ilusiones, era, ayer por la mañana, un desierto de baldosas flanqueado, a ambos lados, por escaparates de tiendas vacías que parecían rezar por que alguien abordara la puerta de entrada. La vieja carnicería seguía allí, pero en forma de tienda de ropa de tallas especiales. En un momento, cambié desde mi memoria los pantalones y faldas por solomillos de cerdo y redondos de ternera dentro de expositores iluminados por fluorescentes blancos. Mi madre, joven aún, estaba allí de pie, “pidiendo la vez”, con su falda de tubo pudorosamente cortada por debajo de la rodilla, su jersey de cuello redondo y su abrigo recto. Rodeándola, tres niñas: una de ellas, pequeñita y muy morena, casi adherida a su cadera; otra con una tupida melena color castaña y unos enormes ojos observadores, timorata, apartada de la gente, se mordía las uñas; y una tercera, rubia y delgada en exceso, no paraba de hablar y de moverse a un lado y a otro, sin discreción ni contemplación de modales, avergonzando a su progenitora. Tres niñas. Tres vidas. Tres mundos.
Un poco más abajo, haciendo esquina con la calle que, en el pasado y en muchos de mis sueños, desembocaba en la antigua tienda de ultramarinos de “María Salas”, mi abuela, la papelería de Julio, todo cristal hacia el exterior, como siempre, ahora albergaba un número indefinido de muebles infantiles: camas, sillas, armarios, percheros, juegos, alfombras… Pero allí estaba mi madre, con su melena negra cortada justo bajo los lóbulos de las orejas, más cómodo para el ama de casa, y su vestido de verano tipo bata, el mismo modelo que las faldas, tubo y rozando la mitad de las pantorrillas. Aún pasarían muchos años antes de conocer el por qué nunca fue por encima de las rodillas. A veces, es elección; otras veces, la única opción que la confusión permite. Tres niñas a su alrededor, perdiéndose entre los pasillos, llevándose las gomas de nata a la nariz para aspirar el aroma, extasiadas en aquel universo paralelo de lápices, libretas, libros, bolígrafos, sacapuntas, plumiers, tinta… Una de ellas muy callada, otra riéndole las payasadas a la tercera, una rubia delgada en exceso que vivía para hacer reír a sus hermanas. Tres niñas. Tres vidas. Tres mundos.
La tienda de moda Reyes aún seguía estando allí, no así la antigua Mescal, donde mi madre compró mis primeros conjuntos de adolescente, mi primera camiseta negra, que sería, en lo sucesivo, el color de culto en mi armario, y mi primera cazadora vaquera. Y de nuevo el tema de Mercedes Sosa: todo cambia.
A la vuelta, quise sumergirme por completo en mi pasado, en mi infancia, ese lugar al cual vuelvo una y otra y otra vez, con el que sueño, ese conjunto de instantes que vuelven a mí de modo recurrente con un olor, con una sensación en la piel, con un recuerdo que no lo es en realidad, porque no acude en forma de imagen, sino de percepción. Ignoro por qué regresan mi memoria y mi corazón de un modo tan obsesivo; aunque supongo que son las carencias de aquella época las que no me permiten abordar todos los recuerdos.
Entré.
Como la boca de un dragón, la entrada al Pasaje Armando me engulló con su aliento de piel curtida motivado por la legendaria zapatería Guzmán. Miré de soslayo al interior: allí nada había cambiado. La oscuridad reinaba entre los escaparates de la zapatería donde mi madre tantas veces nos probó sandalias, botas, merceditas y cangrejeras. Las cajas de cartón con distintos números y modelos de calzados, decorando los numerosos estantes alrededor del gran mostrador, los bancos y taburetes sobre los que tantas veces nos sentábamos bien a esperar, bien a introducir los pies en zapatos cual Cenicientas en edad escolar. Los mismos expositores en el exterior de la tienda, con sus zapatillas de casa y su género de saldo, formando dos carriles, uno para cada sentido como autovía de transeúntes en el pasaje, carriles curiosamente respetados desde el principio de los tiempos: el que entra, por la derecha del expositor; el que sale, por la izquierda del mismo. Y ahora pienso que ese modo de colocar el expositor posiblemente respondiera a una increíble visión comercial, una antigua estrategia de marketing que siempre funcionó tan bien que aún sigue ahí el comercio. Más adelante, el almacén del mismo negocio, con sus maletas y mochilas en el escaparate. La amalgama de bolsos de transporte me hizo recordar mi primera mochila para el colegio. Era una cartera tradicional, con la tapa azul de tela impermeable y el resto en plástico flexible blanco con rayas rojas, azules y amarillas. Llevaba dos cintas traseras para colgarla a la espalda, en el mismo color que la tapa. Mi hermana Alicia tenía una de idéntico estilo, pero con la tapa marrón y cuadros escoceses en tonos tierra. Años más tarde, ambas servirían para guardar un buen montón de los cientos de herramientas que mi padre fue acumulando durante años.
Tras subir los escalones del pasaje y habiendo rebasado ya todos los escaparates del negocio de piel, seguía, aunque cerrado a cal y canto, aquel local que siempre me llamaba la atención al pasar ante la puerta y por el que siempre preguntaba a mi madre, llena de curiosidad, qué era, a lo cual ella respondía “Un club nocturno”, sin mayores explicaciones. Ahora, cuando Ángela me pregunta “qué hacen todas esas chicas esperando en las aceras” al atravesar el Polígono en coche, yo le respondo “Pasando frío, pobres criaturas” o “Estarán esperando a que vengan a recogerlas”. Ninguna de las dos afirmaciones es mentira, como nunca lo fue aquélla de mi madre, aunque la niña inocente que yo era imaginaba que, tras aquella puerta tímidamente iluminada, día y noche, por un farolillo verde, había muchas mesas de billar y otros juegos propios de los clubes. Bendita inocencia.
Llegué a la oficina de Correos que, como ya mi hermana me había explicado por teléfono, sólo estuvo en la otra punta del pueblo provisionalmente. Tuve que despojarme del abrigo y la bufanda, secarme el sudor de la cara con una de esas maravillosas toallitas húmedas cuya presencia en mi bolso comenzó con el nacimiento de mi primera hija y sin las cuales ya no puedo vivir, me acompañen o no las niñas. No sé cuándo se inventaron ni quién tuvo la magnífica idea, pero le doy las gracias. Tras una larga espera, llegué hasta la ventanilla para ser informada de que no podía realizar el envío porque faltaban datos a los cuales yo no tenía acceso, ya que el encargo no era para mí. Y ahí acabó mi excursión matinal. Se esfumó la niña excesivamente delgada y la sustituyó la mujer con afección de tiroides e importante sobrepeso, pero aún enérgica, como la niña que el tiempo y los problemas se tragaron. Dejé de ser ella y volví a ser yo, la madre soltera en paro, la criatura que anhela la tranquilidad de poder pagar los recibos, la mujer positiva que mira al futuro con entereza quitándose a manotazos el sentimiento de culpa. Yo, con mi sonrisa ante los problemas para vencer a las lágrimas de la que ruega una segunda oportunidad. Yo, con mil soldados de plomo en mis pies y mil pajaritos cantarines en mi alma. Yo, con mi eterna versión de la inédita canción, sólo para mis oídos, “Mañana será otro día, y todo vendrá mejor”. Y al llegar a casa de mis padres, se me partió un poco el corazón. Porque tampoco estaba la mujer en cuyo regazo me dormía mientras ella me rascaba la espalda, oyendo, de fondo, cómo una pareja ganaba un apartamento en Torrevieja, Alicante. No estaba la mujer rodeada de tres niñas, tres vidas, tres mundos. La había sustituido la abuela de mis hijas, rodeada de tres mujeres, tres vidas, tres mundos, y dos niñas; el mismo amor, la misma sonrisa, tal vez una mayor aún, pero…
Todo cambia.

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