miércoles, 24 de diciembre de 2014

44. CON SABOR A MAZAPÁN


Miércoles, 24 de diciembre de 2014: Con sabor a mazapán.

Llegan los días para acariciar a la memoria hasta dejarla dormida: en estos días, tendemos a ser benévolos con los recuerdos. La Navidad está relacionada con la religión y con la tradición. Así, es imposible que no se celebre en casi todo el mundo. Y, por si alguien carente de fe no gusta de seguir tradiciones, ahí están los recuerdos de una infancia repleta de magia e ilusión para convencer a esa persona de que hay alguna posibilidad de recuperar esos recuerdos y revivirlos. No es cierto.
No puedo evitar oír en el fondo de mi pequeño cerebro esa misma canción en cuanto se acerca la Navidad: “con nueces, peladillas y un poquito de champán…”. Pobre Miliki… No sé si él sufriría su propia muerte, pero los que fuimos niños con sus canciones no podíamos creerlo el día en que se fue.
La chimenea se encendía a finales de noviembre o principios de diciembre, y seguía encendida hasta bien entrado el mes de febrero. Mi madre compraba cajas de polvorones, mantecados y mazapanes, turrones, frutos secos, langostinos, cigalas y vinos. Pasábamos la tarde cantando villancicos, mis hermanas, mi tía y yo. Venían amistades de la familia a felicitar las fiestas a lo largo de la tarde. En casa, a la hora de la sobremesa, siempre se respiraba el aroma del té con canela y anisetes. Mi abuelo lo migaba con los polvorones. A decir verdad, lo migaba con todo lo que pillaba, porque no había para él mayor tesoro gastronómico que lo sencillo, la esencia de ser de pueblo. La alegría por las fiestas iba y venía por cada rincón de cada calle: villancicos, pastorales, celebraciones, sonrisas, jaleo con sabor a tradición. Los escaparates de las jugueterías se llenaban de niños y niñas mirando hacia el interior con curiosidad y deseo, enviando señales a esos seres mágicos que, con suerte, leerían sus cartas y realizarían sus sueños. Entonces todos los juguetes eran caros y también tenían mucho más valor que ahora. Los televisores, con sus precarios colores y su baja definición, se minaban de historias con luz tenue y brillos navideños para sembrar tradición: el hijo que vuelve a casa a pasar las fiestas, la burbuja con forma de bailarina humana, el paisaje nórdico frío y níveo, “ciento veinticinco miiiil peseeeetaaaaas”, las calles mojadas llenas de felices transeúntes consumidores de ilusión… Cada Navidad, las mismas películas, pues no había tantas donde elegir. A mediados de diciembre, mi madre ponía el Belén, y mi hermana Alicia montaba el árbol, privilegio del cual no podíamos disfrutar las demás por carecer de capacidad para montar un “árbol bonito”. Francamente, llevaban razón. En otras casas, las de nuestros amigos y amigas, se reunían, en Nochebuena, un número inusual de familiares. En la nuestra, siempre éramos los mismos. Tal vez por eso mi ilusión era desbordante, para cubrir carencias. Aún hoy mi madre suele reconocer esa cualidad en mí, la de mantener la ilusión pese a todo, inventarme una vida si es necesario, con tal de no perder el rumbo de los sueños.
La mesa del salón se vestía de gala y todos nos sentábamos alrededor. Era el único día del año en que todos cenábamos a la misma hora. Ninguna otra noche se cenaba tanto; dábamos cuenta de gambas y gambones, frutos secos, jamón, sopa, carnes, pescados, postres, dulces especiales… Y mi abuelo… cómo disfrutaba mi abuelo… Recuerdo alguna Nochebuena en que mi abuelo vino con corbata y jersey de pico, preparado para celebrar. Cómo disfrutaba mi abuelo… Después, se quedaba frito en el sofá, y le costaba la misma vida arrancar de nuevo hacia su casa, retirar su orondo y amable cuerpo del calor de la chimenea. El pueblo no es grande, y ellos vivían relativamente cerca, pero era tanto lo que disfrutaba de los nietos y nietas, que ahora pienso que temía llegar a su casa y dejar de oír las risas y los saltos de los cinco.
Por la tarde, mientras mi madre preparaba la cena, yo cogía la guitarra y cantábamos los villancicos que era capaz de rasguear (aun así, con esfuerzo y sin destreza): Noche de Paz, Jingle Bells, Ay del Chiquirritín, Los Peces en el Río y poco más.
Como, pese a que aseguraran lo contrario, las costumbres católicas no se seguían en casa según los cánones, la Misa del Gallo era esa cita de la que el frío siempre nos disculpaba. Sólo en una ocasión recuerdo haber ido, pero sin llegar a entrar a la iglesia ni, mucho menos, aguantar la hora que duraba.
El mismo cielo sobre mi cabeza, el mismo pueblo al que vuelvo con bastante asiduidad, al menos mientras mis padres vivan, el mismo limonero como testigo de estas palabras en el mismo patio donde otrora correteábamos mis hermanas y yo entre gritos y risas. El escenario es el mismo. Pero ni yo, ni mi familia, ni la sociedad que me rodea nos parecemos un ápice a aquellas navidades de la infancia. Ni la ilusión por estas fiestas es la misma. Por largo que fuera el año, siempre esperaba con paciencia la llegada de la Navidad. Y no eran los regalos, los Reyes Magos ni las vacaciones: eran las luces, los anuncios, las canciones, salir de la rutina y quedar envuelta en la magia de lo que sólo se vivía una vez al año.
No sé cuál fue el último año que sentí aquella ilusión. Después, intenté que todo siguiera siendo igual, me resistía a aceptar los cambios y el paso del tiempo que todo lo vuelve distinto y ajeno a la memoria.
En vano he tratado de recuperar aquellas navidades para mis hijas, porque hoy todo es diferente. Como diría Mercedes Sosa, todo cambia, y que yo cambie no es extraño.

Sea como sea, FELIZ NAVIDAD. 


1 comentario:

  1. Feliz Navidad.... sea como sea.... opino igual que tu madre. Besos y un fuerte abrazo.

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