martes, 4 de noviembre de 2014

43. CHICHARRAS, CONCIERTO IN CRESCENDO

Río Grande, Valle del Guadalhorce

Martes, 4 de noviembre de 2014: Chicharras, concierto in crescendo.

Yo quería vivir en el campo…
Me habría gustado tener una casita en el centro de la Nada Natural, con algún arbolillo y un trocito de terreno para plantar tomates, lechugas, pimientos… Pero no tuve suerte, ni paciencia, ni buenas expectativas… y me conformé con vivir cerca del campo, en un piso con azotea desde la cual se disfruta de unas vistas increíbles. Aunque no es igual…
Mi madre se crió junto al río (siempre digo en un río, y parece que hable de una trucha), y, más tarde, se trasladaron al pueblo que había cerca del río, Guaro. Y cuando éramos niñas nos llevaban, algunos domingos, al río donde mi madre se crió (junto a, no trucha). Mi abuelo cogía juncos y nos llevaba a buscar chumbos y palmitos. Los tallos de los palmitos, especies vegetales ultraprotegidas hoy en día, los íbamos comiendo mientras mi abuelo cogía los chumbos ¿Lo había contado ya? Vale, es igual. Y con los juncos, nos hacía barquitos, los ponía sobre el agua en alguna pequeña caída, y los seguíamos por la corriente hasta que el barquito se perdía o naufragaba.
Recuerdo los conciertos de chicharras. Son molestas. Las chicharras son unos bichos muy molestos. Pero les tengo cariño, porque me recuerdan al campo, al río, a mi infancia… y a mi abuelo. Es como tener cariño al hombre invisible, pues nunca he visto ninguna, sólo las he escuchado. En fin, me recuerdan a mi abuelo.
Para cualquier niña o niño es importante la figura de un abuelo, sobre todo si es un abuelo cariñoso que tiene claro que su función dista de educar a sus nietos: el abuelo, la abuela, deben ser esos seres entrañables en los cuales los niños se apoyan cuando se sienten tristes o sus padres no les entienden, los que les dan las chuches fuera de las horas permitidas, los que prefieren comprarles luna y media antes que verles llorar, los que todo se lo consienten, y, en definitiva, los que se saltan las normas de los padres y se llevan las broncas de éstos, con tal de ver sonreír a los nietos.
Deberían ser, mejor dicho.
Antes, por circunstancias, era así. Pero, sin entrar en detalles… eso es lo que yo entiendo que tiene que ser un abuelo: alguien como mi abuelo.
Querer volver a la infancia es como querer volver a un pueblo sepultado por la lava de un volcán: un lugar que ya no existe salvo en la memoria. Y que nunca volverá a existir. Y si algo tuvo de maravillosa la época de los años setenta y ochenta, es que fue una época para la infancia. Los recuerdos que los cincuentones y cuarentones tenemos de aquellos años… A veces pienso que somos privilegiados por haber podido vivir nuestra infancia precisamente en una época en que se iba durmiendo la precariedad y se iba despertando la libertad, en la época que comenzó a abrirse al consumismo, que entonces era creciente y moderado…
la época de los anuncios de Navidad, cuando alguien volvía a su casa a celebrar las fiestas…
las muñecas de Famosa …
las calcomanías pegadas en los azulejos del baño… las idas y venidas al quiosco los domingos por la mañana para comprar un duro de chucherías…
las sesiones matinales en el cine…
los dibujos animados a las tres y media los fines de semana…
los paseos bajo el tibio sol de invierno, las burbujas de Freixenet, el cola-cao al levantarse, el traje de los domingos, estrenar en Domingo de Ramos para evitar que se nos cayeran las manos, dibujar sueños en los cristales, estrenar gomas con supuesto olor a nata (y, a veces, incluso probarlas), el primer anuncio del año, la lavadora moderna, la carta de ajuste, un juguete al año, la calabaza Ruperta, los parches en los pantalones y en los codos de las mangas, los cumpleaños en casa, lavar el coche en el río, Mazinger Z, la Bola de Cristal, llorar con un extraterrestre rechoncho, la chimenea encendida en invierno, las pelis en vhs, jugar a nada y aun así divertirse, el elástico, la comba, el copo, el corro de la patata, las canicas, las campanadas en familia…
Y mi abuelo.
Mi abuelo era un hombre bueno, un alma noble, una persona silenciosa que disfrutó de sus hijas y, después, de sus nietos. Que se fue demasiado pronto.
También disfrutamos de él.
Tal vez fue mejor que se marchase en silencio, tal como vivió. Yo tenía catorce años.
Recuerdo un día de otoño. La entrada de la casa de mis padres está separada del patio por dos escalones de mármol beige. Había llovido. Mi abuelo bajaba los escalones y yo le seguía. El agua hizo que resbalara y se quedó sin respiración. Yo, entonces una niña muy pequeña, salí corriendo hacia el patio trasero, con el paraguas aún abierto, llorando, con la cara entre las manos. Creí que la caída había sido más grave. Mi madre, al oírme llorar, bajó corriendo y le ayudó a levantarse. En aquel momento supe cuánto sentiría la muerte de mi abuelo el día que llegara.
Pero tardó en llegar, todavía. Aún pude disfrutar de muchas sesiones de cine matinal, de muchos paseos de otoño, de muchas navidades, de muchas ferias… Aún pude disfrutar de él desde aquel día. No recuerdo haber discutido nunca con mi abuelo, ni en la edad de la rebeldía. Si mi madre me decía que llevaba la falda demasiado corta, él le decía que me dejara, que ya tendría tiempo de taparme. Era quien más nos elogiaba, quien más nos arropaba, quien más reía con nosotras y con mis primos. En Nochebuena, se sentaba a la mesa y se ponía como el kiko, con su copita de vino al lado. Nunca bebía, sólo en las celebraciones importantes, y no eran muchas. Pero comer… eso le encantaba. Le gustaba leer, escribir, dibujar, viajar, pasear… La vida no le dio muchas opciones, y él no tuvo carácter para salir a buscarlas. Pero encontró la felicidad en la sencillez de la vida que, simplemente, le tocó. Cuando se fue, dejó un vacío que aún hoy, casi treinta años después, ha sido imposible llenar. No sufrió, que es como deberían irse siempre las buenas personas: sin sufrir. Y yo dejé de creer en el cielo, en dios y en otra vida.
Siempre que paso por la Sierra de las Nieves, le recuerdo. Y las chicharras me lo devuelven.

Pronto será Navidad otra vez, abuelo. Hoy tendrías tres biznietas y dos biznietos. Te hubiera gustado conocerles. 

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