martes, 4 de noviembre de 2014

42. PIENSO, ERGO... ¿ME CALLO?

Interior del Teatro Cervantes, Málaga

4 de noviembre de 2014: Pienso, ergo… ¿me callo?


Decía Calderón que el mundo es un gran teatro. Yo también lo veo así.
La vida es una obra que representamos en el gran teatro del mundo. Todos nos vemos en la obligación de mostrar u ocultar sentimientos, pensamientos, opiniones, sensaciones… por no dañar o para no dañarnos o para que no nos dañen, por no molestar, para no molestarnos o para que no nos molesten, por no sufrir, para que no suframos o para que no nos hagan sufrir, aunque a veces sea inevitable un final inesperado. El ser humano nace como el personaje de una obra que aún no está escrita, y a la cual, poco a poco, tendrá que ir dando forma. Hay quien acepta cualquier papel y hay quien no se conforma hasta dar con el papel de su vida, el que le hará merecedor del gran premio. También hay quien actúa con tanta maestría que pasa su vida engañando al público, haciéndole creer que es el personaje, y no el actor, quien tiene frente a sí. Son, éstos, los actores más infelices, porque el mismo desenlace nos aguarda a todos, y sólo entonces podrán darse cuenta de cómo han desperdiciado su obra representando un papel que no les correspondía ni les aportó aquello que, al fin y al cabo, todos buscamos. Hay otros actores que asumen el papel que les entregan como propio e inalterable; es más: hay quien, simplemente, no sabe introducir modificaciones en el papel que le tocó representar.
Y algunos no, algunos no actúan. Y los demás te consideran mala actriz. Sin embargo, siempre he creído que es mejor vivir tu película sin mentiras, o con las mentiras necesarias, las que te cuentas a ti misma para evitar finales crueles. Aun así, tarde o temprano, es mejor ver la verdad, cuando ya estás preparada para dejar de interpretar el papel que no te correspondía.
El reparto de tu vida a veces sale corriendo para evitar la crudeza de tu personaje real: asusta que no actúes. Y, al mismo tiempo, envidian que seas capaz de no actuar. Porque es difícil, es difícil enfrentarse al gran teatro sin disfraz, sin máscara, sin echar mano de atrezo alguno, caminar por el escenario sin ser nadie más que uno mismo. Es difícil, pero no imposible. Sólo hay que mirar entre el público, encontrar a quien te aplaude con entusiasmo, a quien te pide el autógrafo con sincera devoción, a quien acepta y admira a tu personaje y quiere ser parte de la función. Porque te aprecia. El resto, podrá correr, podrá participar o irse, podrá estar ahí e incluso podrá pasar toda la vida queriendo ser como tú, pero no será tu amigo.






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