miércoles, 21 de mayo de 2014

39. RESTA Y SIGUE


39. Miércoles, 7 de mayo de 2014: Resta y sigue.

Hace más de tres semanas que no tenemos coche. Y ya sabemos que, en esta casa, lo que se estropea no se puede reponer. Al menos, ahora no. Así que la Semana Santa la pasamos sin amplios desplazamientos, dependiendo de que el padre de mis niñas quisiera y pudiera venir a recogernos para ir a algún sitio, y así seguimos. Sólo podemos desplazarnos por nosotras mismas allá donde llegue el tren y no haya demasiado peligro para circular con la bicicleta y el remolque: nunca dejaré de pagar la pésima decisión que tomé al venirnos a vivir aquí. Aunque, como a todo hay que verle el lado bueno, al menos las estaciones de tren están a poco más de un kilómetro de nuestra casa y a más o menos la misma distancia del cole.
Íbamos hacia San Pedro para comer con la abuela y la Tita Carni, y después a Estepona, a casa de la tita Elena. Mi camino preferido, como ya habré mencionado en alguna otra ocasión, es el de los pinos, los castaños, los almendros y los… bueno, los otros; el camino de los árboles. Ya habíamos atravesado las huertas de frutales del hermoso Valle del Guadalhorce, los campos teñidos de intenso verde de diferentes tonalidades después de las débiles pero efectivas lluvias y la humedad de la noche, las laderas salpicadas de fachadas pintadas en blanco impoluto, blanco brillante bajo la luz del sol, sus tejas rojas con ligeros, caprichosos y pintorescos dibujos de moho, las vallas cubiertas de yedra ocultando vidas felices… o infelices, tal vez… Ese camino que a mí me gusta porque apenas hay tráfico, porque se puede respirar, porque se oyen chicharras en verano… ese camino lleno de… cuestas. Y en una, acabábamos de dejar atrás Coín, se nos quedó el coche. Luces de emergencia, chaleco reflectante, niñas fuera del coche y al arcén tras el quitamiedos, encontrar el triángulo (¿dónde concho {coño} está el triángulo? ¿Dónde lo he p...? Ah, aquí: con tanto trasto…), buenosdíasseñoralehaocurridoalgo…
Ay, dios, la Guardia Civil…
La Guardia Civil siempre impone. Por muy en regla que vaya todo, la Guardia Civil siempre impone. Cualquier uniforme con placa impone, en realidad. He de reconocer que, en un principio, más que imponerme me asustaron. Yo tenía entendido que, concretamente en ese cuerpo de seguridad, no se admitían tatuajes ni piercings, gran ignorancia por mi parte, pero era lo que yo creía, para qué voy a mentir. Por eso miré un par de veces al coche: lleva las luces, es verde caqui y blanco, lleva el escudito… yo qué sé, que ya no saben qué hacer para atracar… Pero sí, era la Guardia Civil. Y muy amables, por cierto. Allí se quedaron haciéndonos compañía hasta que llegó la grúa a recoger el coche y el taxi a recogernos a nosotras. Los tatuajes del agente que estuvo ayudándonos (al que se quedó dirigiendo el tráfico ni lo vi, pero gracias, igualmente) eran una pasada, desde la muñeca hasta sabe dios, porque iba arremangado sólo hasta los codos. Sacó una alfombrilla del coche para que las niñas se sentaran a la sombra y les dio agua de la cantimplora verde (he de reconocer que eso me dio un poco de grima, pero preferí pensar que llevaría una taza en el coche, o algo…), se puso al teléfono para explicar al conductor de la grúa dónde estábamos, abrió el capó del coche para ver cómo era la avería (señora, parece ser que ha reventado el depósito del agua)… Ni qué decir tiene que a mí no se me ocurrió abrir el capó del coche porque  1) me parece como abrir la caja de Pandora, no sé qué me puede saltar ni de dónde y 2) ¿para qué, si va a ser como leer las instrucciones del televisor en finlandés? Pero sí supe que nos habíamos quedado sin coche: no entiendo el finlandés, pero hay cosas que se entienden sin saber idiomas. “Y esto puede no ser nada, pero como se le haya ido la junta de culata…”, ese elemento de merecida fama no ya por la importancia, sino por lo que cuesta la reparación; ya tuve mis más y mis menos con la junta de culata de otro coche… En fin, a lo que iba. Guardia Civil, supernanny, mecánico, teleoperador… y bastante guapo, todo hay que decirlo, además de majete. Pero ya no está una para poner ojitos. Llegó la grúa, llegó el taxi, se fue el coche, nos fuimos nosotras, se fue la Guardia Civil… y sin coche estamos desde entonces.
¿Y cómo nos las apañamos para ir al colegio? Pues en tren. El primer día después de Semana Santa, fuimos caminando a coger el tren… y me lesioné la planta del pie izquierdo. Pero hay recursos, por supuesto: la bicicleta. El remolque de la bicicleta no ha tenido tanto meneo desde que lo fabricaron, y hace dos años que lo tenemos... Aún no han salido todas las doñas de las barriadas aledañas para sonreír al vernos pasar, pero tiempo al tiempo, que tanta gente no vive por aquí y no creo que falten muchas, ya, por salir. En la estación es como si llegara el circo (digo yo que se cansarán cuando se pase la novedad…). Y en la capital tampoco están acostumbrados. Ya hay algún que otro carrito más como el nuestro, pero no es frecuente. Cuando practicaba MTB, hace ya muchos años, ocurría lo mismo. En el Camino de Santiago nos encontramos a otras dos chicas más en bicicleta, el resto eran hombres. Subí los Lagos de Covadonga, oyendo “Ánimo, campeona” desde los coches que pasaban por el lado: tampoco había más chicas, y aún no estaban acostumbrados. Y así, en todas las rutas, hasta hace unos años, cuando empezaron a verse más mujeres practicando MTB (y yo tuve a Ángela y dejé de hacerlo). Hoy en día, te encuentras casi el mismo número de mujeres que de hombres ciclistas en montaña, y se ha debido, sobre todo, a la difusión de otra práctica en gimnasios, el ciclismo indoor (más conocido como spinning, por quienes no saben que Spinning es un método y marca registrada y blablablá) ¿De qué estaba hablando…? ¡Ah, sí! Nos levantamos a la misma hora de siempre, pero llegamos las primeras al cole: salimos de casa, las niñas me esperan en los escalones de la entrada, mamá baja al garaje a recoger el transporte, subo con el casco puesto, se ponen los cascos, guardo sus mochilas en el maletero del trasto, y carril hacia la estación. Desmonto el carrito. Llega el tren. Se suben las niñas, mamá sube el remolque y la bicicleta. Las niñas se sientan. El tren avisa: que arrancamos. Mamá aún no ha conseguido colocarlo todo. Mamá pierde el equilibrio y casi se cae. Da igual, mamá no tiene sentido del ridículo. Llegamos a la estación. Se bajan las niñas. Mamá baja la bicicleta y el remolque. Se monta todo de nuevo. Mamá sube a las niñas por la escalera mecánica y baja por la escalera convencional. Cojo la bici con el remolque y utilizo la escalera mecánica para subir. Una vez arriba, monto a las niñas. Los operarios y los vigilantes de seguridad me ayudan a sacar los tres metros de eslora que tiene mi barco porque encalla al pasar por el control de accesos… Y unos minutos más tarde, llegamos al cole. Las primeras de la fila. Si vamos primero a dejar a Valeria, ni han abierto la puerta, siquiera. El tren parte de la estación a la misma hora que nosotras partimos de casa en coche. La diferencia es que en tren te ahorras el tráfico, las caravanas y los semáforos. Hay otra diferencia, y es la incomodidad de tener que desarmar y rearmar el vehículo continuamente, así como subirlo por la escalera mecánica; y una más: adaptarnos a la ridícula parrilla horaria del cercanías Málaga-Álora, que los fines de semana empieza a pasar a las 9.16 (no es para madrugadores), siendo el último tren hacia casa a las 21.46 (tampoco es para trasnochadores: qué vida tan sana lleva la gente de campo…).
Acepto donativos para adquirir bici-carro de mayor capacidad y más manejable o coche nuevo…



2 comentarios:

  1. Coñe Marina... No sabia que estabas sin coche !!! Te has enterado cuanto sale la reparación ?

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  2. No te preocupes, Blanca. Sé que hay algo esperándome en algún rincón del mundo. No sé cuándo se va a revelar, pero ahí debe de estar, seguro :-)

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