sábado, 29 de marzo de 2014

37. FELIZ CUMPLEAÑOS, PRINCESA


Domingo, 16 de marzo de 2014: Feliz cumpleaños, princesa.

Ayer cumpliste siete años, y hoy lo hemos celebrado…
Hoy lo hemos celebrado con tus amiguitos y amiguitas, con la familia… porque contigo lo celebro cada mañana colmándote de besos y abrazos y diciéndote lo mucho que te quiero. Porque aunque ya sé que lo sabes, necesito decírtelo tanto como comer o beber o dormir. Necesito comprobar que respiras antes de irme a dormir, y necesito ver tu sonrisa cuando me levanto. Necesito celebrar cada día de tu vida…
Durante tus primeros años, sentía que el aire huía de mi cuerpo si sospechaba que podías tener algún problema de salud, o si te caías o tropezabas. Me inquietaba que tú pudieras sentirte desamparada o poco querida. Cuando aprendiste a caminar (bastante pronto, ya que no llegaste a gatear, más bien te arrastrabas o “culeabas”) te puse una chichonera, con la que pasaste hasta casi el final del verano por culpa de mis aprensiones. También llevaste un arnés de sujeción para caminar, para evitar que, al perder el equilibrio, te cayeras. Si la parte trasera de la orejita se te ponía roja, salíamos corriendo a urgencias. Si tenías algo de fiebre, te llevaba corriendo a urgencias. Todo era urgente. Aunque, con cuatro meses, te llevé a urgencias y sí que era, realmente, una urgencia: estuvimos diez días en el hospital ¿Y sabes qué? Sólo llorabas cuando te cambiaban la vía (no parabas de arrancártela) o con las pruebas que te tuvieron que hacer… Recuerdo una en la que me pidieron que entrara para calmarte… qué mal lo pasé… Te aferrabas a mi dedo, llorando y mirándome, y gritando “Mamma, mamma” (sí, ya sabías decirlo claramente, y “agua”… aunque nadie lo creía hasta verlo), me mirabas… como preguntando: “¿Por qué dejas que me hagan daño?”. Y la verdad es que, por molesta que sea la introducción de un catéter, perder un riñón es mucho peor, y yo no paraba de repetírmelo mientras te veía llorar. En cuanto acabaron, te cogí entre mis brazos e inundé tu miedo de besos y de abrazos, no sé si para tranquilizarte a ti o para tranquilizarme yo… Como siempre, enseguida volvías a sonreír y a reír, a jugar, a balbucear, a acariciarme la cara mientras hablaba (te encantaba hacer eso)… Eres, siempre has sido, tan buena, tan noble, tan pura… que no eres capaz de guardar rencor. Ni entonces, ni ahora. Tienes una memoria pésima para recordar los malos ratos,  y, sin embargo, los buenos los recuerdas con nitidez.
Has pasado el día rodeada de tus amiguitas y amiguitos, jugando, disfrazada de sirena, aunque se te rompió la cola y, en lugar de sentirte frustrada, subiste a casa para que te disfrazase de pirata. Ha venido la familia y los amigos, además de tus amiguitos y amiguitas de clase, te han hecho muchos regalos, has disfrutado de tu día y de tu protagonismo, os he puesto merienda, habéis buscado el tesoro, habéis corrido y gritado… y todo te ha parecido poco, porque no querías que se fueran. También es cierto que, al vivir tan lejos, no solemos tener invitados; no porque no invitemos, sino porque aunque invitemos, no vienen. Y a ti te encanta tener gente en casa: imagino que esto irá cambiando cuando seas tú quien tenga que limpiar después…
Princesa mía, ya tienes siete años. Ya estás más cerca de ser adolescente que de ser bebé, y yo aún te siento como si pudiera cogerte en brazos y acunarte a media noche para que vuelvas a dormirte… Tú y yo tenemos siete años más, y espero poder seguir disfrutando de lo que os queda de infancia, que, sin darnos cuenta, va siendo cada vez menos… Pero no diré que si volviera atrás pasaría más tiempo con vosotras, porque esto sólo podría hacerlo si os quitara del colegio…

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