lunes, 10 de marzo de 2014

35. DIVINO TESORO



Viernes, 7 de marzo de 2014: Divino tesoro.

Para realizar gestiones en el centro de la capital, no es demasiado aconsejable llevar el coche; es preferible coger autobús, aunque a veces no sepas si vas en un autobús de línea o en una caravana camino a conquistar el Lejano Oeste. Fue el caso, hace unos días.
En el interior del vehículo no cabía más gente: no sé si era una clase de último curso de Bachillerato o de primer curso de Facultad, pero había como treinta chavales y chavalas, todos ellos con innegables huellas de pubertad recién superada en la cara. Por algunos retazos de conversaciones que pude captar, eran de Bachillerato; además, iban acompañados por cuatro profesores. Reconozco que soy exageradamente radical y prejuiciosa con la juventud (cosa que les reprochaba a mi madre y a mi tía cuando ellas tenían mi edad y yo era adolescente), pero jóvenes como los que habían asaltado el autobús  aquel día, son los que me alegran el alma y encienden una llama de esperanza que ilumina el futuro del mundo en el que van a vivir mis hijas. Hasta hace poco temía que la sociedad estuviese abocada a una imparable clonación de sus integrantes (todos igualicos, mismo peinado, misma ropa, misma cara). Ser de los 80 justifica mis temores: en aquella época surgieron tal cantidad de tribus urbanas que aún hoy se discuten las diferencias entre algunas de ellas, y eso sube el listón. Ya voy perdiendo escepticismo, y la muestra del autobús fue el apoyo a mis motivos. Había de todo. Sí es cierto que, dado que son personas nacidas bajo el influjo de la tecnología y arropadas, en su crecimiento y desarrollo, por ella, es casi de obligado cumplimiento ser un poco “friki”, y alguna “frikada” llevan casi todos en su atuendo, más como una moda que como una forma de reafirmarse. Había dos ejemplares de esa pequeña fauna, sentados justo al lado de donde yo iba (de pie y agarrada a una barra, porque ellos se habrían subido antes, si mucho o poco lo ignoro, pero antes seguro, y habían llenado el bus completo), que me recordaban al típico niño gris que nunca habla en clase, no suele tratar con nadie, no se afeita la pelusilla cuando comienza a salirle, de piel cetrina, mirada fija cuando nadie le mira (que suele ser casi siempre) y esquiva cuando se cruza con otras miradas. Todos hemos tenido un compañero de estas características. En mis tiempos, solía tratarse de niños muy inteligentes que hoy en día son informáticos, ingenieros de telecomunicaciones… No digo que hoy sigan siendo tan tímidos, pero en su infancia sí fueron introvertidos. Sentaditos, uno junto al otro, no necesitaban hablar, y no les incomodaba el silencio. Suelen ser niños a quienes no les agrada la compañía ni les desagrada la soledad, que se sienten mejor jugando online o leyendo que en una fiesta rodeados de amigos, aunque en ocasiones ansíen ser así. No estoy segura de si la timidez en los niños fabrica mejores o peores adultos, imagino que dependerá de los casos; sea como sea, yo nunca he sido tímida y no puedo hablar de ello y, aunque mis hermanas sí lo eran, a mí me parecen seres perfectos, así que supongo que no cuenta. Lo que sí doy por hecho es que las relaciones interpersonales favorecen el desarrollo, e intento que mis hijas, tanto la que no conoce la palabra “vergüenza” como la que la lleva por bandera, amplíen sus círculos sociales. Hubo un momento del trayecto en que uno de los niños grises miró al otro niño gris, murmuraron algo que sólo ellos debían de entender, y ambos sonrieron. Me dieron miedo. Porque, no sé, llamadme exagerada, pero me acordé de Columbine… Sí, sí que soy exagerada.
Hacia la mitad del autobús, uno de ésos a los que llaman “gusanos” por ser más largos que los rígidos e ir articulados por el centro, se habían apostado varios chicos y chicas en torno al que debía de ser uno de los más carismáticos, un chaval alto y moreno con pintilla de Cobain limpio y reestructurado. Iba de negro y con una camisa de leñador atada alrededor de las caderas. Desde su posición de jefecillo, pidió, con respeto y educación, un pañuelo de papel a uno de los niños grises. Una vez éste se lo hubo dado, el líder le dio las gracias y especificó, aún no entiendo por qué, “Te lo he pedido a ti porque sabía que tú tendrías”. El chaval de piel cetrina, ojos increíblemente claros y aspecto infantil, esbozó, con una mueca, algo que, imagino, en su mente parecería una sonrisa ¿Os queréis creer que me dio pena? “…porque sabía que tú tendrías” ¿Qué significa esto? Que siempre lleva pañuelos de papel ¿Por qué motivo éste, y no otro chico ni chica, siempre lleva pañuelos de papel? Lo primero que se me vino a la cabeza fue una madre que adora a su hijo y, queriendo protegerle del mundo, sin darse cuenta, le ha enfrentado a él: le ha convertido en un adolescente timorato del que todos se ríen en secreto, pero él se da cuenta, y sufre, sólo que no es autónomo ni valiente ni tiene arrojo, no sabe defenderse… Comprendedlo: mi parada era la última, tenía que cruzar toda Málaga, algo tenía que hacer, aunque fuese inventar historias. Igual es sólo una alergia lo que tiene el chaval, y todos lo saben.
Al fondo del transporte se sentaba un grupo muy numeroso de alumnos; éstos debían de ser los chachis. No iban de negro en su mayoría, como la camarilla del líder, sus peinados eran más convencionales, al igual que su indumentaria, pero estaban rodeados de niñas que no paraban de mover sus melenas de un lado a otro: qué pena, por más que luchemos contra el sistema, durante un período de nuestras vidas somos todos iguales en este sentido, esa revolución hormonal que nos convierte en medio gilipollas tanto a niños como a niñas, en aves desplegando plumaje de vivos colores, en cérvidos estrellando cornamentas entre sí, a ver quién se hace antes mayor, como si salir con alguien fuese hacerse mayor. Pero ésa es nuestra parte animal. Ahora ya no tengo mucho tiempo, pero hace años era una de esas personas que dice que ve los documentales de La 2 y es cierto. En los documentales sobre vida animal salvaje se aprende muchísimo sobre el comportamiento humano. Creemos que estamos en la cúspide de la evolución, y no podemos estar más equivocados. Y ahí estaban los guapitos de la clase, rodeados de niñas clónicas con largas, lisas y limpias melenas, haciendo chistes para hacerlas reír con nerviosismo, alguna ocultando la desgracia de tener que llevar aún los brackets (ojalá me los hubieran puesto a mí, en su día), con sus móviles, sus reproductores de mp3 o sus auriculares con reproductor incorporado, pero tan iguales a nosotros entonces… Porque todo ha cambiado, pero el ser humano sigue siendo el mismo ¿Veis, dónde se queda la evolución? Los mismos comportamientos para los mismos roles.
Entre los chachis, colocados como los peones de un mal estratega jugando al ajedrez, dos rockeros de los de siempre (pantalón negro estrecho, camiseta negra) con rastas sólo en la nuca (de las de ahora), uno de ellos con evidentes problemas de sobrepeso y, sin embargo, un aspecto de seguridad en sí mismo envidiable (bravo por él y por sus educadores), con una camiseta de Ramones y gafas de hipster (ahí, ahí, mezclándolo todo), el otro más delgado, más inseguro, con acné juvenil, cazadora bomber (¿aún se llevan, o se vuelven a llevar?, qué perdida ando…) y creepers. Cuando veo esa extraña mezcla de estilos en una sola persona (en dos, en este caso), no puedo evitar acordarme de mí misma en la adolescencia: mi criterio estético era de lo peor, no encontraba forma humana de definir mi estilo, y, para colmo, el que más me gustaba, que era el punk, no hubiera podido llevarlo, porque me habrían encerrado con dos vueltas y habrían tirado la llave. Sólo en un caso van una chica y un chico sentados juntos: probablemente estén saliendo. Pero apenas sí se miran: igual es sólo que se gustan pero no se atreven a dar el paso y casi ni se tocan “no sea que”… Ay, criaturas… La vida os enseñará que el beso que no se da a tiempo, se pierde para siempre. Y, en general, que el tren que no se coge, puede que nunca vuelva a pasar. Pero es tan difícil saber a cuál deberíamos haber subido… Qué hermoso sería tener, al menos, una vida más; claro que también nos equivocaríamos, y tratando de enmendar errores puede que descubriéramos que en la vida anterior ya habíamos sido lo suficientemente felices. Una vida vivida siempre será una vida ganada y una vida perdida, a partes iguales, pues por felices que hayamos sido siempre habrá algo que se queda en el tintero de las experiencias no vividas.
Una chica bastante bajita y con un cuerpo parecido al de un lanzador de martillo, el pelo totalmente estirado en una coleta alta, va hablando, con otras chicas con estilos totalmente diferentes al de las chicas de melena lisa y vaporosa del fondo, acerca de las asignaturas, por lo que puedo entenderles. Los cortes de pelo y/o peinados tratan de ser menos convencionales, aplican el estilo “perroflauta” a su imagen, no se mezclan con el resto de compañeros ni aun cuando ya han bajado del vehículo y esperan, según pude deducir de los comentarios de los tres profesores que les acompañaban, “al grupo de don Fulanito, que dijeron que venían para acá”.
Los menores de verdad, los que lo son y lo aparentan, van en la parte delantera, armando un poco más de jaleo, hablando sobre videojuegos y haciendo bromas pueriles y carentes de gracia (salvo para ellos) en su intento de llamar la atención, casi molestando o molestando, sin darse cuenta (ahora, que son demasiado jóvenes) de que sólo generan animadversión hacia su generación. Se niegan a avanzar por el pasillo pese a las advertencias del conductor y la evidente incomodidad de los pasajeros; los profesores les ignoran, y los restantes compañeros (la mayoría, afortunadamente) les increpan para avanzar. Algún día, también estos menores de cutis empedrado y sesera laxa serán adultos que contribuirán a levantar el país, a hundirlo, o quién sabe si a salvar o a exterminar a la humanidad. 

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