lunes, 27 de enero de 2014

28. MIÉRCOLES, 22 DE ENERO DE 2014: TE QUIERO, BEBÉ FOQUITA.


Miércoles, 22 de enero de 2014: Te quiero, bebé foquita.

Hoy he vuelto a casa con el corazón destrozado, por tonto que parezca.
Si algún día llegases a leer esto, cuando seas mayor, si para entonces quieres conocerte cuando aún eras casi una bebé, si buscas posibles respuestas, si te interesara en algún momento leer lo que tu madre os escribe… quiero que sepas que tu hermana y tú siempre seréis mi vida. Siempre. Y que no puedo querer a nadie más que a vosotras.
Esta mañana os he llevado al cole. Por el camino, ya ibas diciendo que no querías ir, que querías “conmigo”. Desde que se acabaron las vacaciones de Navidad, te está costando adaptarte de nuevo, máxime después de la semana que hemos pasado en casa, víctimas de los virus invernales. Los dos últimos días has vomitado en el comedor, y desde el primer día de cole de enero, has estado llorando o en clase, o en el comedor, o en ambos sitios. Esta mañana me dijiste que no querías al cole, que querías conmigo, has empezado a llorar, llegando ya al colegio, y has vomitado. Después me has dicho: “¿Ves, mamá? No puedo ir porque vomito”. A veces, puedo estar más perdida que la madre de Marco. Pero esta mañana sabía por qué lo hacías, y no puedo claudicar. Si cedo, vomitarás todos los días para quedarte conmigo: flaco favor te estaría haciendo… Te he cambiado de ropa, nos han cerrado la puerta, pese a haber llegado diez minutos antes de la hora de acceso a las aulas, y habéis tenido que entrar por la puerta de Conserjería. Me he enfadado contigo porque no quiero que pienses que vomitar es la solución para todo. Y, cuando el conserje te ha cogido la manita y se ha ido contigo para acompañarte hasta tu clase… me he echado a llorar. He estado a punto de darme la vuelta y pedirle que te dejara conmigo, pero no puedo hacerlo. No debo hacerlo.
Y llevo toda la mañana sintiéndome fatal por haberte dejado en el colegio. Esta tarde intentaré hablar contigo para que, poco a poco, comprendas que tienes que aprender a estar separada de mí al menos unas horas al día.
Cuando os llevo a la clase de natación, te pasas parte del tiempo mirando a la puerta y saludándome con la manita. Si me voy hasta la hora de recogeros, después me reprochas que no me haya quedado. Por las noches dormís conmigo, porque si te llevo a dormir a vuestra habitación, tengo que levantarme y sentarme a tu lado cada media hora, y no dormimos ninguna de las dos. Si pongo una mano en la mesa mientras cenamos, tú apoyas tu carita en ella. Si tú has terminado de cenar y yo me siento a hacer lo propio, echas la cabecita sobre mi pierna. Necesitas mi contacto.
 Si te regaño, lloras. Puedo “castigarte” sin jugar con algo que te guste: te da igual; puedo “castigarte” sin comer chuches: te da igual… Sólo haces lo que te pido si te digo que, de lo contrario, me enfadaré contigo: eso no te da igual.
Me pides brazos, me pides “mimitos”, me pides “contigo, mami”, vienes a buscarme a la cocina, al salón, al baño… siempre vienes a buscarme si llevas más de dos minutos sin verme. Sólo te gusta el juego si yo juego contigo, la tele si la veo contigo, quieres que yo te vista, que yo te seque, que yo te asee, que yo te lave los dientes… Quieres estar siempre conmigo.
Y no entiendes que, aunque yo también quisiera estar siempre contigo, ambas necesitamos pasar unas horas separadas y tener un espacio adaptado a la edad de cada una: tú, el colegio; yo, mi soledad mientras estáis en el colegio, y ojalá, pronto, algún trabajo…
No recuerdo cuándo comenzaste a llamarme “mamá foca”. Surgió el año pasado, cuando hacía un trabajo con tu hermana acerca de las focas. Había una imagen de una foca con su bebé, y no sé si fuiste tú o fue tu hermana, una de las dos dijo: “Mira, es mamá, que como está tan gordita…”. Por ende, la más gordita y pequeña de las dos eres tú, y quien quiera que fuese de las dos, dijo que el bebé foca eras tú. No sé si entonces o poco después, empezaste a decirme “Te quiero, mamá foca”, y yo a responderte “Te quiero, bebé foquita”.
Y te quiero, te quiero más de lo que jamás puedas llegar a imaginar. Nunca sabrás cómo te quiero, nunca podrás saberlo. Tal vez, si alguna vez decides ser madre, llegues a comprenderlo. Porque con todos los mimos, los besos, los abrazos, los cuidados, las palabras, las atenciones… con todo… ni yo misma puedo transmitir todo lo que siento cuando me miras. Te quiero tanto que no puedo demostrártelo, porque nada será nunca suficiente: yo siempre te querré más de lo que pienses.
Y eso nunca lo dudes, ni ahora, ni cuando seas mayor: que te quiero, bebé foquita.

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