lunes, 27 de enero de 2014

27. MUCOSIDAD VARIABLE


Sábado, 18 de enero de 2014: Mucosidad variable.

Con esta ola de frío, al que en Málaga no estamos demasiado acostumbrados, y los virus bailando la polka en los colegios, por fuertes que sean nuestros anticuerpos, hemos acabado cayendo. Lo reconozco: la gripe nos ha vencido. Hacía años que no pasábamos casi una semana sin ir al cole por enfermedad leve (graves, no padecemos, afortunadamente). Y no es una fantasmada: ni mis hijas ni yo somos propensas a los resfriados fuertes. Ángela, por ejemplo, no cogió ni un resfriado leve el último invierno. Sin embargo, el pasado domingo Valeria tuvo algo de fiebre e hizo caer la primera ficha de dominó. Al día siguiente, ambas estaban bien y fueron al cole, pero me llamaron sobre las doce para que fuese a recogerlas. Cuatro días encerradas en casa, las tres con fiebre y malestar general. Dos días más, y habríamos empezado a padecer agorafobia: ni al supermercado podíamos ir, porque tampoco es que haya acompañado el clima…
Y, para demostrar cuánta razón llevaba Edward Murphy, después de dos años y casi medio más enviando currículos a distintas empresas sin obtener respuesta por parte de ninguna, y repito, NINGUNA de ellas, precisamente esta semana me llamaron para hacerme una entrevista de trabajo, además de tener cita de endocrinología y una mamografía, todo juntito. Si me mantengo en mi línea de positivismo, puedo pensar: “Es el momento de aprender a pedir ayuda a otros y delegar sin miedo”, pero dado que tanto el día de la mamografía como el día de la entrevista también llovía a mares, el positivismo se fue a freír espárragos y no pude pensar otra cosa que “No se me ocurrirá montar un circo…”; además, no sé delegar sin miedo cuando se trata de dejar a mis hijas con alguien, me da igual quién sea. Delego, pero no sin inseguridad.
Durante toda la semana hemos estado, además de tosiendo y moqueando, jugando las tres juntas, leyendo, comiendo, durmiendo… todo las tres juntas, durante todo el día, tan sólo una semana después de la vuelta después de las vacaciones de Navidad. Y temo que esto acabe pasando factura cuando tengan que volver al cole de nuevo, al menos por Valeria. Ángela añora a sus amiguitos y preferiría ir al colegio, pero Valeria se encuentra como pez en el agua, porque puede pasar todo el día conmigo.
El día en que supe que estaba embarazada de Valeria, el momento en que las dos líneas de color rosa asomaron a la ventanita, la confirmación del test… en ese instante, y durante diez minutos, me senté y lloré. Y no de alegría. Tras haber pasado un año desempleada y sin que nadie se interesase por mi curriculum, había empezado a trabajar en un centro deportivo. Cobraba un sueldo muy digno y volvía a hacer lo que me gustaba. Había recuperado mi peso y mi vida, y con Ángela era completamente feliz. No entraba en mis planes un nuevo embarazo. Me senté, y lloré. A los diez minutos, dejé de llorar y me levanté, embarazada y decidida a tenerla. Podía, sabía que podía. Durante los primeros meses, continué llorando. Yo hubiera querido sentir por aquel embarazo lo mismo que había sentido por el primero: felicidad. Pero me era imposible pensar en ella como había pensado en Ángela. Escribí mucho acerca de aquel sentimiento de culpabilidad, trataba de convencerme a mí misma de la conveniencia de darle una hermanita a Ángela, por quien también me sentía mal, ya que creí que se sentiría desplazada. En el embarazo de Ángela, lo tenía todo en mi contra y yo no podía dejar de sonreír. En el embarazo de Valeria, lo tenía todo a mi favor, y me era imposible sentirme alegre.
Fue, más o menos, hacia el quinto mes de embarazo cuando comencé a SENTIRLA, a sentir a mi bebé, a darme cuenta de que, en cuatro meses, sería madre de otra criatura que necesitaría todo mi amor, cariño, comprensión, apoyo… y tendría que partir mi corazón en dos partes exactamente iguales. Fue, más o menos, hacia el séptimo mes de embarazo, cuando tuve que sentarme sobre el step casi al final de una clase y pedir a las usuarias que continuaran sin mí (al menos, me dio tiempo a terminar de enseñarles la coreografía), porque el número de contracciones y la frecuencia con que las notaba, me hicieron temer lo peor. Aunque, al salir del trabajo, aseguré que al día siguiente estaría de vuelta, aquella misma tarde fui a urgencias y el médico que me atendió me dijo lo siguiente (intentaré no olvidar ninguna de sus palabras):
“No tienes contracciones reales, pero tú imagínate que tienes un huevo y empiezas a darle golpecitos muy suaves: no lo vas a romper de inmediato, pero acabarás por quebrarlo… y ahora mismo tu hija sólo pesa quinientos gramos. Así que deja el trabajo si no quieres tener un gato en vez de una niña”. Me resultó simpático, pero salí de allí asustada. Aquel día me di cuenta de cuánto quería ya a Valeria, y empecé a sentirla por completo, a sentirme contenta con mi embarazo, y a saber que sólo había otra persona en el mundo a quien podría querer igual.

Valeria llora si no me ve, llora si no me toca, llora si no me siente, llora si le regaño, llora si no le hago mimitos… Valeria tiene que hacerse mucho daño en una caída para llorar, pero no puedo decirle que estoy enfadada con ella, porque llorará sin consuelo hasta que me vea “contenta con ella”, como suele preguntarme después de una regañina. Valeria tiene miedo a que yo me vaya, tiene miedo a que me aleje, tiene miedo a que no la quiera… y, a veces, no puedo evitar preguntarme si aquellos primeros meses pudieron desencadenar estos temores. Desde el día en que nació, Valeria ha estado en mis brazos. Ahora pesa más de veinte kilos, casi como su hermana, y pasa ya del metro de altura. Pero sigue en mis brazos. Si lloriquea mientras duerme, sólo tengo que acariciarle la carita, cogerle la mano o susurrarle que mamá está con ella. Ángela nunca ha sido tan dependiente, pero debo reconocer que me gusta que Valeria lo sea, al menos ahora que es chiquitina, porque, en cierto modo, le debo nueve meses de cariño. Por eso, por esa deuda que siempre he creído tener con ella, cuando la vi salir de mi cuerpo decidí que la tendría en mis brazos cada vez que se me antojara o se le antojara a ella, sin atender a las teorías modernas de educación con desapego. Y supe que, aquel día en que el test dijo “SÍ”, tomé la decisión correcta. No la busqué, no la sentí, no la esperaba… pero nadie en el mundo puede ser más feliz que yo cuando ella me echa la cabecita sobre el hombro y me dice “Te quiero, mamá foca”. 

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