jueves, 5 de diciembre de 2013

22. RESUMIENDO


Lunes, 2 de diciembre de 2013: Resumiendo.
Otros tres meses… Tampoco es que este blog tenga miles de lectores esperando con impaciencia, lo cual me libra de sentirme culpable. No obstante, a las cuatro o cinco personas a quienes les gusta saber, de vez en cuando, qué se cuece en la vida de esta maruja, les pido disculpas por mi dejadez (y les doy las gracias por seguirme, por supuesto). Todo tiene una explicación en esta vida (salvo lo de que haya otra… pero vamos a dejarnos de juegos de palabras, que tengo menos de dos horas por delante para contar dos meses por detrás). Principal motivo: que he sido incapaz de sentarme a escribir y pasar de las dos primeras líneas sin acordarme de todos los difuntos y ancestros de quienes tiran de intereses ajenos para favorecer los propios, se trate de quien se trate. El desánimo por mi situación actual y el arrepentimiento por mi falta de cordura en el pasado, la necesidad de continuar escribiendo una novela a la que, parece ser, nunca  pondré fin… y problemillas derivados del egoísmo de quien debería vivir para amar a los suyos en lugar de amarse a sí mismo de un modo tan narcisista… me han restado tiempo, ganas e inspiración. Sobre todo, empezaba a escribir y todo era, cuanto menos, gris, eso cuando no era negro como el hollín. Y, francamente, para deprimir al personal, siempre hay tiempo.
Comencé a explicar la vuelta al cole de mis niñas (mi Ángela y mi Valeria, pues toda maruja que se precie falta a su identidad como tal si no antepone el posesivo en primera persona al nombre propio de sus vástagos) en un texto cuyo resultado me iba satisfaciendo, hasta que aparecieron las sombras, de nuevo. No obstante, si esto es un relato de acontecimientos y si quiero que, algún día, mis hijas lo lean y sonrían, todo lo que les incumba debería ser contado, y lo que sigue fue contado algún día de septiembre:
“””Ingenua de mí, pensé que el material escolar sería poco más de lo que figuraba en el cheque libro: el segundo día de clase, ya nos habían dado una lista kilométrica de todo el material extra necesario, incluidas las libretas de pauta 4 y marca concreta “porque tienen un trenecito que hace de guía”… ¿Qué hubiera supuesto dibujar los trenecitos, tres noches sin dormir? Pues café al canto y punto. No, a uno con cincuenta cada libretita… Ay, error de novata… Existen otras que, en lugar de un trenecito, tienen una motito, y cuestan menos de la mitad, pero ya lo sé para las próximas que haya que comprar… El resto del material lo adquirimos, un grupo reducido de madres, en un almacén del polígono y nos salió por un tercio de lo que nos habría costado en otros comercios. No digo que sea lo más correcto, recurrir a almacenes que ofrecen productos a precios muy bajos, si bien tampoco es lo más correcto que, por una caja de doce lápices de colores, se pague lo que te cuesta una caja de leche para echar la semana, leñe.
Pero lo más llamativo de la vuelta al cole, al menos para mí, ha sido el nuevo significado que adquiere el término “obligatorio” entre los meses de septiembre y octubre: recomiendan comprar algunos libros que NO son obligatorios, pero con los cuales los niños van a trabajar en clase. A ver, ¿es obligatorio comer? No, pero si no comes, te mueres ¿Es obligatorio respirar? No, pero si no respiras, también te mueres ¿Es obligatorio dormir? No, pero si no duermes, igualmente te mueres ¿Es obligatorio llevar el Letrilandia 2 y el Beep 1 Activity Book a clase? No, y si no los llevan, no se mueren, ¡¡¡pero no podrán trabajar en clase!!! Así que… ¿qué consideramos obligatorio y no obligatorio? ¿Quién obliga, quién prohíbe, quién recomienda…? Todo viene a ser lo mismo: no es obligatorio porque no se ha incluido en el curriculum del curso como material didáctico de clase (por lo que tampoco lo tienen que incluir en el cheque-libro…), pero si no lo tienen, aunque en casa puedan trabajar sobre cualquier otra lectura, en clase pasarán una hora cogiendo moscas. Otro tecnicismo que nos sale caro. Afortunadamente, hay fórmulas para no tener que gastar veinte euros en un libro no obligatorio. Si se tienen esos veinte euros y otros tantos/muchos billetes, hace una acopio de papelitos y les renueva a las niñas la minibiblioteca entera; pero cuando todo lo que queda para echar el mes roza muy de cerca el precio del libro… optas por visitar a un señor muy simpático que te prepara una máquina para que tú misma (y otras en tu  misma situación) “delincas” creando un libro igual pero sin colorines. Legal o ilegal, lícito o ilícito, legítimo o ilegítimo… términos ¿A quién le gusta que su hija sea una de las pocas que lleva un libro diferente: bien de segunda mano, bien en blanco y negro, bien editado en el año de las hombreras…? A todas nos gustaría poder adquirir el original de edición actual y forrarlo y ponerle su nombre y sonreír imaginando la carita de ilusión por estrenar libro… Pero así están las cosas. En algunos de mis libros del colegio, me tocó borrar lo que mi hermana había escrito para poder volver a hacer los ejercicios. En realidad, no tiene tanta importancia si es nuevo o antiguo, ya que lo realmente importante es el contenido, y sea como sea el libro, todas las tardes me siento con mis hijas a repasar distintas materias: inglés, lectura (Valeria ya conoce y distingue la A y la V), cálculo... a hacer manualidades, a ver dibus, a leer… Podríamos considerar que son niñas pobres, pero son más felices que muchos niños que lo tienen todo. Ellas tienen a su madre y, cada una, tiene a la otra, además de a otras muchas personas que las adoran ¿Por qué nos empeñamos en hacer materialistas a los niños (por no hablar ya del hedonismo al que pueden llegar muchos con el paso de los años…)? Es algo con lo que no nacemos: se nos impone. Y no lo imponemos las madres y padres, siquiera: a nosotros también nos lo inyectan sin ser conscientes de ello. Nos avergüenza pedir lo que es nuestro, protestar cuando nos cobran más de lo debido, reconocer que no podemos permitirnos algo, usar ropa usada, comprar de segunda mano…”””
Y hasta aquí llegó aquel texto que pretendía explicar la vuelta al cole de mis hijas, y acabó haciéndose el tonto para llevarme hacia donde mi subconsciente no podía evitar irse: la rabia. Y no la rabia por no tener, sino la rabia por querer volver a tener y no poder y que eso me importara. Ahora mismo, por ejemplo, si me miro… llevo puestos unos zapatos que mi cuñado (bendito) me dio porque él no se los podía poner, un pantalón regastado, que es uno de los pocos que me entran, y un jersey y unos calcetines negros que ya deberían haber recibido los honores del sepelio, pero aún deben continuar entrando y saliendo en cada cambio de temporada, porque cada año pienso “Todo va a ir mejor, seguro, pero por si acaso…”, y han visto ya más mundo que Phileas Fogg (Willy Fog, para los niños de los 80). Mi ropa ni siquiera me favorece, pero es lo que hay. Y me da igual. Pero entonces, en septiembre, de nuevo me dejé llevar por el materialismo, el sistema en el que vivimos y la sociedad en la que nos hemos desarrollado, viendo que no podía llegar donde llegaban otras familias. Sin embargo, cuando mi hija vio sus libros de lectura y actividades, sólo me preguntó: “¿Y por qué no tienen color?”. Me acordé de mi amiga Neni, y su comentario sobre lo bien que se lo iban a pasar ellas coloreándolo, y eso le respondí: “Éste es más chulo: lo puedes colorear tú misma”. Como “mi Ángela” es muy madura, después le expliqué que la intención de aprender vale más que los libros de colores, que da igual si es el original o una copia, porque ella va a aprender de todos modos, y eso es lo importante.
Mis hijas, y me siento muy, pero que muy orgullosa de decirlo, son niñas, como me ha dicho varias veces una de las “seños” de Valeria, cultas. Niñas pequeñas cultas. Y transmitir cultura no es caro: es gratis. Cuando Ángela era aún bebé, me decían: “¿Para qué le hablas así a la niña, si no te entiende?”; yo siempre respondía: “Algún día me entenderá, y como no sé cuándo será, empiezo desde ahora”. Los cuentos, la elección del contenido en medios audiovisuales, acompañarlas para explicarles qué y por qué, convertir cualquier rutina en una enseñanza (un cartel, una actitud, un paisaje… recordar la Historia a partir de un detalle…), ayudar a ver, a oír, a tocar, y enseñar a ir más allá de lo que perciben los sentidos… Y ojalá yo tuviera mejor memoria y mayor cultura para poder ponerlas a su disposición, pero soy mediocre, y sólo puedo ofrecerles mi mediocridad. Sin embargo, ellas, con su aún limitada sabiduría, son capaces de ampliar esa vulgaridad de su madre y convertirla en algo mayor, y hago lo posible para potenciarlo. Me equivoco, yerro, a veces me dejo llevar por algunos demonios… pero creo que estoy consiguiendo mi objetivo de ayudarlas a ser personas con inquietud por el mundo en que viven, que les abrirá más puertas y las hará más felices.
Y, ya que he mencionado a las “seños”, y ya que en otra entrada me despedía de quien había demostrado carecer de pedagogía suficiente para llevar a cabo su profesión, en esta entrada quiero reconocer la valía de las maestras de mis hijas, y la suerte que hemos tenido esta vez. “Mi” Valeria está encantada con su seño Naty y su seño Dulce (de inglés y de apoyo, esta última), y no me extraña: casi todos los niños y niñas de clase ya saben escribir su nombre y reconocen varias letras, y a ninguno le han etiquetado aún ni le han levantado la voz. Cada día me canta una canción nueva, y su actitud y comportamiento han mejorado notablemente. Y sólo han transcurrido dos meses. Hace unos días fuimos, su padre y yo, a tutoría, por saber cómo le iba a “nuestra” Valeria en las relaciones con los demás niños. De entrada, NO nos recibió una señora con gesto austero y una escopeta cargada para disparar a fantasmas, sino una mujer encantadora y entregada a su profesión, cercana (se sienta junto a ti, y no al otro lado de la mesa, y a la misma altura, en lugar de utilizar su silla, lo cual ya dice mucho de sus métodos), amable, interesada por cuanto tuviéramos que contarle e igualmente interesada en convencernos de que no hay ningún problema y que tenemos una hija muy inteligente y madura, con genio y figura, que no se deja amedrantar y con mucha personalidad pese a su corta edad. Insistió en buscar métodos para corregir algunos inconvenientes que pueden retrasar su desarrollo, como sentarse correctamente a la hora de comer y hacer las tareas, la autonomía progresiva en las rutinas, cuidar mejor de sus objetos… Y acordamos un sistema para que vaya avanzando positivamente: cada vez que cumpla los objetivos, le llevará a su seño una carta diciéndole lo bien que lo ha hecho. Hoy llevaba la primera carta llena de puntos verdes, y le hacía tanta ilusión que no ha querido guardarla en la mochila, para poder dársela cuanto antes. Naty huye de las etiquetas, e insistió en que no nos preocupásemos, porque los niños de tres años aún tienen mucho que cambiar. Tampoco es amiga de enseñar a los niños antes de tiempo y, aun así, Valeria ya reconoce y escribe todas las letras del alfabeto. Eso sí: la letra es aún descomunal y a veces no sabe si le hablas de la J o de la G, pero va avanzando a gran velocidad, y, lo más importante, sin estrés ni frustración.
La seño Juani, la tutora de Ángela, tampoco tiene nada que envidiarle. Lo primero que llamó la atención de mi hija fue que no era como su anterior seño se la había descrito: “Nos dijo  que en Primaria no tendríamos profesoras cariñosas, y mi seño Juani es muy cariñosa”, me dijo a los pocos días de comenzar el cole. La seño Juani es una chica joven y motivada. Siempre lleva puesta una sonrisa y se esmera en procurar que los niños y niñas aumenten su autoestima y aprendan según las posibilidades de cada uno. No exige más a quien menos puede ni menos a quien puede más: son muy pequeños y, lo importante, realmente, es que algunos logren despegarse las etiquetas que les pusieron en cursos anteriores y dejen atrás los prejuicios sobre sí mismos. Pero ya me estoy metiendo en algo que quedó cerrado y no hay que volver a abrir. Ángela ya sabía leer, y ahora lee cada vez con mayor soltura, está contenta con sus profesoras, y sigue siendo la misma niña feliz de siempre. Ahora ha dejado de querer ser peluquera y quiere ser escritora, “como mami”, me dice: qué inocente, pobre mía, pero qué orgullosa me siento de que mi hija me vea así… Como van creciendo, y desarrollándose, ya van despuntando los picos que les llevan a generar conflictos que, para ellos, son importantes, esos conflictos que, cuando somos adultos, recordamos con una sonrisa: Fulanito me ha llamado tal cosa, a Menganita no le ha importado tal otra, Futanita no quería jugar conmigo… Sin embargo, si se ven en la calle cinco minutos después de haber salido del cole, se abrazan como si no se hubieran visto en cien años. Y es que los niños carecen de la maldad y la perversidad que la vida va haciendo crecer en nuestro interior con el paso de los años, esa misma maldad y esa misma perversidad, esos mismos defectos, que los propios niños generarán si los ven a su alrededor. Personalmente, y es sólo mi opinión, prefiero decir la verdad a mi hija, que los niños y niñas no son malos, que sólo hacen lo que ven y tal vez no han comprendido bien, y así vamos creciendo, entre comportamientos mal comprendidos o mal asimilados, pero que los demás sí tenemos que tratar de comprender para poder ayudarles a ser mejores personas. Ángela, que ya tiene seis años, comienza a requerir mayores explicaciones, y más concentración por mi parte. Porque equivocarme la puede llevar a ella a “malentender” y desarrollarse en el sentido opuesto al que debería. Y cometo errores, como ya he dicho; soy consciente de ello.
Papi Jose las ha inscrito, a ambas, en clases de  natación. Hace años, cuando yo aún trabajaba en el centro deportivo, Ángela estuvo yendo a clase de natación… tres días. Los dos primeros estuvo con un gran monitor y gran compañero, Félix, que la acompañaba por el filo de la piscina contándole historias de Pepito Zanahoria para que perdiera el miedo al agua. Al tercer día, llegó “una” que ni era buena monitora ni era buena compañera, a quien le molestó que Félix le prestara atención a mi hija y, cogiéndola de un brazo, y a la voz de “¡¡¡Aquí todos iguales!!!”, la lanzó al agua. Mi hija se negó a volver a clase de natación, y yo no quise crear problemas porque era una “compañera” y era mi lugar de trabajo. Pero sí le expliqué al coordinador que, de hacerlo con un cliente, ya estaría en los tribunales, y, probablemente, el centro deportivo también. Ahora están en un centro cercano a casa, donde hay cuatro monitores, dos por grupo simultáneo, y un coordinador que permanece alerta a ambos grupos, además del socorrista. Los más pequeñines, entre los que se encuentra Valeria, van cogidos al cuello de su monitor, y por sus caras no pasa preocupación alguna durante la hora que dura la sesión. Ángela, aunque ya no lleva flotadores, está avanzando mucho y espera con impaciencia a la siguiente clase.
Hace poco menos de un mes, acudí a los Servicios Sociales del distrito para solicitar plaza de comedor para las niñas. Por una parte, es un ahorro que nos ayuda un poco más, y están mejor alimentadas. Por otra parte, como señaló la propia trabajadora social que me entrevistó, no me sería posible encontrar trabajo disponiendo de tan sólo tres horas por la mañana. Además, les dan un picnic con desayuno-merienda, bastante completo, y están apuntadas a clase de Animación a la Lectura, que también está subvencionada. Creí que sería traumático para ellas entrar en comedor, al principio, hasta que vi lo contentas que salían el primer día, nerviosas por contarme qué habían almorzado y qué llevaban en sus picnics. Por supuesto, cómo no, el primer comentario de la monitora en cuanto me vio: “Valeria es un encanto: se lo come TODO y no hay que insistirle”. Y es que mi reinita, además de preciosa, inteligente y encantadora, se come a dios por los pies y repite si le ofrecen. Es una de esas niñas cuyo diagnóstico médico se puede hacer en función de su apetito: “Valeria no tiene hambre: se va a poner malilla…”. Al contrario que su hermana, quien no sé de dónde saca las energías (la enchufarán a una estrella durante la noche sin que yo me dé cuenta, porque de la comida no puede ser…), ni cómo mantiene un sistema inmunológico que desafía a las leyes de la Naturaleza… Cuando era más pequeñita, me llamaban de la guarde para ir a recogerla: “Tiene treinta y ocho de fiebre”, me decían. Las primeras veces acudía alarmada, la llevaba a casa de mis padres, porque yo tenía que trabajar, y por la noche me llamaba mi madre para actualizar la información sobre la niña: “Tu hija lleva toda la tarde jugando y hablando, no ha vuelto a tener fiebre y ni tiene moquitos ni tose ni nada, sólo dice, de vez en cuando, que le duelen un poco las piernas”. Cuando “mi” Ángela se queja de dolor en las piernas, ya sé que tendré que ir pensando, en breve, en comprarle ropa. No recuerdo qué me dolía a mí durante la fase de crecimiento, pero, al igual que duelen las encías cuando van saliendo los dientes, el crecimiento de los huesos y la adaptación de las articulaciones no debe de ser agradable. A veces también me dice que le duelen los hombros, y he tenido que renovarle casi todas las camisetas y los pantalones, aunque a Valeria ya le sirven los que ella va dejando, porque al comienzo de temporada, cuando aún no había llegado este frío pelón que nos está trayendo, estos últimos días, el cruel otoño, me di cuenta de que le asomaban las muñecas y los tobillos con casi todas las prendas del invierno anterior.

Y, como siempre, no puedo evitar pensar… si, hace diez años, alguien me hubiera dicho que yo iba a estar pendiente de percentiles y tallas infantiles, haciendo manualidades, cocinando… me hubiese reído a más no poder. Y, sin embargo, aquí estoy… orgullosa y encantada de ser madre…

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