martes, 24 de diciembre de 2013

23. ADVIENTO


Miércoles, 4 de diciembre de 2013: Adviento.

Llega la Navidad, con sabor de mazapán… Cómo añoro aquellos tiempos…
Hace poco más de un año que se marchó un icono de nuestra infancia. Dijo adiós en noviembre de 2012, y, con él, se llevó muchos recuerdos de millones de niños de cuarenta años. La Navidad es para los niños…
En estas fechas solía estar triste. No cuando era niña: era mi época favorita del año. Los adultos perdemos ilusión por todo, nos hundimos en preocupaciones materiales y empezamos a apartar todo lo que huela a sueño… Y un día despertamos… y nos damos cuenta de que hemos hecho a nuestras vidas un daño imperdonable: dejar escapar a los niños que habitaban en nuestro interior.
Desde que tuve a Ángela, empecé a recuperar la ilusión por la Navidad, no para mí, sino para ella, ahora para las dos, mis dos soles. Desde el 1 de diciembre empiezan a abrir ventanitas, unos días sólo encuentran moneditas de chocolate, otros días, “los días especiales”, encuentran un pequeño regalito. Cada noche, desde el 1 de diciembre, se duermen pensando en el día siguiente. El año pasado les hice el calendario con cajitas de cerillas, este año con  un calendario de bolsitas que nos regalaron hace cinco años. Y el próximo verano empezaré a pensar cómo será el siguiente calendario de adviento. Esta mañana, Ángela me preguntaba por qué se llama calendario de ADVIENTO. Recurrí a mis ya escasos (por perdidos) conocimientos de latín, y le expliqué que procede del término ADVENIRE, que significa “llegar”, por la “llegada de Jesucristo a la Tierra, según cuenta la leyenda”, le decía, porque tengo una lucha sin cuartel con la curiosidad de mi hija para evitar que la religión se le suba a la chepa antes de que sea capaz de discernir per se y elegir si cree o no, o sólo se deja llevar. De mi propia cosecha, añadí que, hoy en día, se utilizaba para indicar la “llegada de la Navidad”. A Valeria le importa poco: recogiendo la chocolatina, que signifique lo que quiera. Pero Ángela lo analiza todo: igual tiene a quién parecerse…
Cuando yo era niña… pasábamos dos semanas rebuscando en todos los cajones de la casa para encontrar los turrones, los frutos secos y las golosinas que habrían de servir como aperitivo dulce en la cena de Nochebuena. Recuerdo el año en que se empezaron a vender las bolas de coco… porque las encontramos un mes antes… y en Nochebuena ya no queríamos ni olerlas. Una tarde, mientras veíamos Dartacán y los Tres Mosqueperros, mi hermana Alicia y yo empezamos a comer bolas de coco sin control. No recuerdo si nos sentimos fatal, vomitamos, o no ocurrió nada… sólo recuerdo que fue la última vez, en toda mi vida, que comí una de esas repulsivas bolas. Durante una época, también aborrecí los almendrucos, las gominolas, el turrón blando (a ése lo sigo aborreciendo), las garrapiñadas… Menos el jamón y las gambas, todos los demás platos típicos de la Navidad han pasado por su etapa de “no quiero verte ni en pintura”. Los mazapanes siempre han sido para mí el amigo invisible de la Navidad: ni regalados…
Siendo ya preadolescentes, dedicábamos gran parte del adviento a buscar los regalos de Reyes. Una buscaba, y otra vigilaba. La que casi siempre vigilaba era Alicia, que silbaba sospechosamente si oía llegar a mi madre (nunca ha sabido disimular…); cuando eres niña, no te cabe la menor duda de que tu madre acaba de caer de un guindo. Cuando eres adulta, te das cuenta de cuán equivocada estabas y de cómo ella sabía disimular mejor que nosotras para seguir manteniendo la ilusión intacta.
En la Nochebuena, mi tía nos acompañaba cantando villancicos, yo con mi guitarra (nunca he salido de los cuatro acordes típicos y el rasgueo más básico, pero un villancico tampoco pide que seas un prodigio…), mis hermanas con panderetas y mi tía con una botella de anís… Eran noches buenas, realmente…
La víspera de Reyes dormíamos las tres en la misma habitación. Elena y yo éramos compañeras de cuarto habitualmente, pero Alicia tenía el suyo propio, y dormir en el nuestro convertía la noche de Reyes en una noche más especial aún. No nos dormíamos hasta las tantas: pobrecita, mi madre… Y, por la mañana, nos levantábamos como rayos y bajábamos las escaleras empujándonos unas a otras y partidas de risa. Alicia solía poner cara de póker si algo no le agradaba, Elena protestaba por todo generalmente, y a mí me llamaban mis hermanas “la del chiste del caballo”, porque todo me venía bien. Años más tarde, seguí intentando mantener viva aquella absurda tradición de “como cuando éramos pequeñas”, pero creo que mis hermanas maduraron cuando les correspondía…
En Nochevieja veíamos el programa que tocara. Recuerdo el año que estrenaron el vídeo del tema Thriller, de Michael Jackson. Al principio, nos dio miedo, pero después nos reíamos imitando a los zombies. Otro año quise imitar a Lucía, aquella señora que cantaba “Él” levantando la pierna hasta el cielo con gran maestría, y me di un costalazo de padre y muy señor mío, provocando las carcajadas de mis hermanas, y las mías propias…
Fueron tiempos felices. Las Navidades eran felices, porque éramos niñas, y la Navidad es para los niños.
Hubo una época en que dedicaba mis vacaciones de Navidad a hacer extras sirviendo copas a destajo a las personas que se dejaban la paga extra en celebrarla: se ganaba bastante detrás de una barra en esas fechas.
Algunos años fueron más especiales porque volvía a casa, como el turrón, desde donde me encontrara entonces. Volvía a ver a mi familia.
Después, durante unos años, la Navidad pasó por mi vida sin pena ni gloria: me quedaba frita en el sofá, como cada noche, o me acostaba a las tantas de la noche jugando a algún videojuego.
Y entonces llegó Ángela. Y la Navidad recobró su sentido. Y después Valeria, y adquirió mayor sentido aún.
La Navidad es para los niños, y para los padres y madres que esperamos a ver cómo se iluminan sus caras, cómo cantan el villancico en el colegio, con los móviles y las cámaras preparadas para inmortalizarles vestidos de pastores, con gorros de Papá Noel, junto al árbol, haciendo manualidades navideñas, recogiendo los regalos, cenando en Nochebuena, comiéndose las uvas… Cada Navidad es un sueño para ellos, y una ilusión para nosotros.
Eso es hoy en día, para mí, la Navidad: la ilusión de mis hijas.

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