miércoles, 25 de septiembre de 2013

19. A GRANDES MALES


Sábado, 7 de septiembre de 2013: A grandes males.

Dos niñas con una ilusión impaciente durante toda la semana: ir al parque acuático con su tita Elena y su tito Daniel. Una madre que se levanta a las siete de la mañana para preparar el almuerzo “tuteikagüei”. Un amanecer con el cielo más negro de todo el verano, hoy, precisamente hoy. Las niñas se despiertan buscando el bañador y, contra todo pronóstico, ante el anuncio de la necesidad de posponer la visita hasta mañana, no es Valeria quien empieza a hacer pucheros, sino Ángela. Abrazos, mimos y besitos de maiasauria, y promesa de ir a saltar en los charcos que la lluvia nos haya querido dejar. Sonrisa iluminada. Asunto resuelto.
No es que resulte fácil apagar la frustración de un niño, es sólo que un niño no se frustra por males mayores, sino por pequeños inconvenientes subsanables a base de hacer nuevos planes. El mundo de un niño no está lleno de preocupaciones como el de los adultos, no llevan una pesada carga a la espalda en una mochila llena de vivencias del pasado, de recuerdos que le impiden avanzar, de momentos rotos que puedan frenar su felicidad… Los niños están empezando a vivir, a aprender, a caminar por la vida y actuar por el teatro del mundo, y si no sale esto, pues saldrá aquello. Al fin y al cabo, tienen toda la vida por delante y poco vivido por detrás; esto convierte sus preocupaciones en simple impaciencia por hacer algo, normalmente.
El cielo no podía estar más gris. Sin embargo, y pese a la amenaza de lluvia, a las once de la mañana las nubes decidieron que ya no podían caer más bajo, y empezaron a subir y a separarse. Pero la decisión ya estaba tomada.
Les puse las botas de agua y monté el carrito de senderismo, cogí la lista de la compra y emprendimos el camino.
No fue un paseo largo, unos dos kilómetros hasta el supermercado, y a la vuelta fuimos parando en los charcos, en el campo y en el parque. Para la hora del almuerzo, ya estaban casi rendidas. Aun así, y pese a haberlo pasado en grande, todavía se acordaban del día frustrado.
Por la tarde fuimos con Sonia y Dani a un circuito para bicicletas en Estación de Cártama. Ángela no paraba de esquivar a unos niños bastante mayores que ella y que no tenían el más mínimo cuidado con los más pequeños. Otros dos niños que tenían, más o menos, la edad de ella, no dejaban de tirarse al suelo con sus patinetes, obligando a los demás usuarios del circuito a frenar bruscamente para no atropellarles. Su madre, una señora muy vestida, muy maquillada y muy peinada, estaba sentada, móvil en mano, ajena a todo, hasta que se dio cuenta del juego de sus hijos y les amenazó con irse a casa si seguían así. No conté las veces que repitieron la caída adrede los niños, tal vez unas seis o siete, si no más, pero a casa no se llevó a ninguno; de hecho, nos fuimos antes que ellos, aunque tuve tiempo de comprobar que hay móviles cuya batería da para toda la tarde…
Ángela llamó la atención a dos niñas que no querían apartarse del camino y no permitían a nadie pasar. Una de ellas intentaba, incluso, darle un cachete, pero mi hija, lejos de enzarzarse en peleas, la reprendió con su habitual oratoria y las niñas se apartaron. Ya en el coche, además de resaltar lo bien que lo había pasado, me preguntó si así era conducir por la carretera… Es curioso: esos circuitos de educación vial para niños, acaban sirviendo para que los niños, más que aprender a respetar las señales de tráfico, acaben aprendiendo de quiénes tienen que apartarse para evitar accidentes. Y es triste ver cómo, teniendo esa valiosa herramienta a disposición de los hijos, para que aprendan a preservar su seguridad cuando, el día de mañana, salgan a la carretera, para algunos padres no sea más que una forma de que los niños les dejen tranquilos para poder enviar mensajes con el móvil o hablar sin interrupciones de espaldas a sus hijos. Futuros fitipaldis con coches tuneados que, con suerte, sólo acumularán multas por exceso de velocidad o conducir bajo los efectos del alcohol. O quizás yo sea demasiado tremendista. Pero no lo digo basándome en el comportamiento de los niños, claro: me baso en el de los adultos que les educan…
Valeria, por su parte, entró con mal pie: se cayó sin haberse subido todavía a la bicicleta. Después de la llantina, se dio un par de vueltas seguida por su papi, se cansó, se quitó el casco, y me dijo: “Mami, ve a comprar agua, y yo contigo”.
Esperemos más sol y menos nubes para mañana…  

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