miércoles, 25 de septiembre de 2013

21. VUELTA AL COLE


Lunes, 9 de septiembre de 2013: Vuelta al cole.

Seis años han pasado desde que Ángela entró, por primera vez, en una guardería. Entonces tenía seis meses, mi primogénita. La llevé, en su carrito, hasta el aula correspondiente. La directora, María, y la seño Ana Mari, quien ya se jubiló, nos habían dado una serie de consejos necesarios para evitar a los bebés el sufrimiento por la separación los primeros días. Cuando llegamos, en el aula había un griterío de tres pares, pero Ángela se quedó, desde su carrito, mirando a su alrededor, extrañada, con una de sus expresiones atípicas en las facciones de una bebé, como si se preguntase: ¿Y éstos, por qué lloran? Me miró, me sonrió, y continuó mirando a los demás bebés. Nunca lloró, a excepción de una vez, en el segundo año, después de haber pasado una semana convaleciente en casa por una bronquitis. Sólo en aquella ocasión. Ángela es una niña valiente, segura, con inquietud por conocerlo todo, por saber  más… Y aunque le den miedo los perros, las alturas, la velocidad, la sangre… nunca llora a menos que se sienta rechazada o tratada injustamente. Es sincera y tiene un elevado sentido de la justicia, o, al menos, en cuanto a su criterio de justicia. Mañana empieza primer curso de Educación Primaria. Y sigue mirando con curiosidad a quien llora porque empieza el cole.
Valeria no fue a la guardería el primer año porque no había plazas disponibles en NUESTRA guardería. Me negaba a llevarla a otra: yo confío en la de siempre, en la que nunca dio problemas, en la que tiene un profundo respeto por sus clientes más directos, los niños, su educación y sus necesidades. Al fin me habían llamado para empezar a trabajar de nuevo cuando ella sólo tenía seis meses, y no teníamos plaza. Así que tuvo que quedarse, durante aquel curso, con sus abuelos Antonio e Isabel. Cada mañana la llevaba hasta Ciudad Jardín y ella le echaba los bracitos a su abuelo, y me despedía con la manita, contenta de estar allí. Sin embargo, hacia media mañana, empezaba a impacientarse, y el abuelo tenía que ponerle música y bailar con ella hasta mi regreso. Cada día le costaba más y empezaba a desesperarse antes, pese a las estupendas personas que son el abuelo y la abuela. Su primer día de guardería fue un sinvivir para ambas. A mí me quedaban dos telediarios en un gimnasio cuyo director había decidido despedirme el día que se enteró de que estaba embarazada, aun habiendo pasado casi todo el embarazo respondiendo con profesionalidad a mi trabajo, pese a mi estado. Me había  reducido el número de horas tanto como se lo habían permitido las circunstancias, y estaba haciendo todo lo posible para aburrirme y que me fuese antes de permitir comentarios y habladurías de los clientes con respecto al mal ambiente que allí se respiraba (y que, al parecer, aún no ha cambiado). En realidad, a mi hija le hizo un favor, porque pude llevar su período de adaptación sin problemas y, aunque continuó llorando hasta casi el último mes de guarde, sólo era cuando me iba por las mañanas, y a las tres la recogía, después de la siesta. Valeria comienza mañana el primer curso del Segundo Ciclo de Educación Infantil: 3 años. Ignoro si llorará, pero como sólo va a estar una hora los tres primeros días, tampoco creo que, en caso de producirse el berrinche, le dure demasiado.
Es curioso: ambas están ilusionadas, pero no nerviosas. Se han quedado fritas como dos patatas… claro que tampoco llevo una semana bombardeándolas con el temita… Antes sí lo hacía, según los consejos de los profesionales: Háblale mucho de la vuelta al cole, lo bonito que será todo, los compañeros, los nuevos amiguitos, los pajaritos en las ramas ¡¡¡y las niñas sin dormir en toda la noche!!! Esta vez, y visto que a mis hijas el cole les gusta bastante, lo mencionaba de vez en cuando: “BzzzBzzzBzzz cole bzzbzzbzz vuelta…”. Dormidas, profundamente dormidas.
Esta tarde, cuando volvíamos de San Pedro, no sé si por el color del atardecer, la luz de Septiembre, el olor del bosque de pinos inundando el interior del coche, a lo largo de un trayecto donde la brisa del mar y la brisa del monte celebran la boda perfecta… comencé a recordar mis vueltas al cole…
Durante las dos últimas décadas me he estado  preguntando por qué nuestra generación fue tan especial. Ahora lo sé: todo era nada y nada era todo. Poco era tanto… No había grandes superficies comerciales donde poder consumir sin sentido a precios irrisorios para poder tener tres cuando no vamos a utilizar ni una… pero ya entonces empezábamos a evolucionar hacia ese círculo vicioso; como diría un viejo amigo, “este poquito pan pá este cachito queso, y este cachito queso pá este poquito pan”, hasta que acabas con la hogaza y el queso entero. Me vino a la memoria una imagen muy simpática que quizás la mayoría habremos vivido durante algún verano: las cangrejeras abiertas por delante cuando el pie te había crecido y ya no te cabían los dedos dentro de la chancla. Mi madre las aprovechaba varios veranos, cortándoles la parte delantera, tarea facilitada por el material con que estaban hechas, pura goma. Incluso llegué a heredar unas de mi hermana mayor que ya habían sido profanadas por las tijeras de mi madre. Para cambiar la ropa de los armarios en cada estación, bastaban unos minutos: dos pantalones, dos faldas, cuatro camisetas, un par de vestidos y una rebeca o un abrigo, según si venía la primavera o volvía el otoño. Para los zapatos se tardaba aún menos: con un par de botas echábamos todo el invierno, y con unas sandalias, de aquéllas que mi madre gustaba de calificar como “de las fuertes”, refiriéndose a la imposibilidad de acortar la vida de dicho calzado, el verano. Si algún pantalón no te gustaba, no valía romperlo, porque te gustaría menos con los parches de escay en las rodillas o en el culo o donde quiera que estuviera el siete que le habías hecho.
Recuerdo la vuelta al cole con especial cariño. Y no me refiero al regreso a las aulas, sino a los preparativos: comprar las libretas, las gomas de borrar, los lápices… Lo de las libretas y los libros, para mí, era toda una provocación: esas libretas con olor a nuevas  invitándome a escribir las primeras letras o dibujar el primer garabato, a poner mi nombre, como mínimo… y los libros… gritándome con desesperación “Estréname, estréname”… Me invadían la impaciencia y la prisa por comenzar las clases y zambullirme en aquellos pozos de sabiduría infantil: Lenguaje, Naturaleza y Sociedad, Matemáticas… Recuerdo lo atractivos que me resultaban los libros de Naturaleza y Sociedad (hoy, Conocimiento del Medio, familiarmente conocida como Cono) de Anaya, el Cosmos, amarillo y marrón… También recuerdo (cómo no) el catecismo, azul o naranja, aunque tanto daba, porque el interior no variaba cualquiera que fuese el color… Unos días antes de comenzar las clases, íbamos a la papelería más cercana a casa para adquirir el material necesario. Nos encantaban las gomas de Nata, ésas que cualquier niño hubiera querido llevar pegadas a la nariz, pero eran más caras que las Milán de toda la vida… Una caja de doce rotuladores era usual, pero una de cuarenta y ocho… una de cuarenta y ocho era un lujo reservado a los pudientes del pueblo. Las niñas de cuna humilde, como nosotras, no podíamos tenerla. Como no podíamos tener la caja de “plastidecores” grande, la que traía el “plastidecor” color carne. Así que las muñecas de nuestros dibujos siempre eran rosa chicle o amarillo huevo, algunas incluso naranja cáscara de clementina. Y otro tanto ocurría con las libretas, las carpetas, el chándal… Éramos tres, mi padre trabajaba por cuenta ajena y mi madre sólo trabajaba en casa (que ya era más trabajo del que cualquier ser humano suele realizar); del único sueldo salía todo… Así, las restricciones se notaban incluso en la vuelta al cole: la misma mochila durante toda la EGB, y aún sirvió después como bolso de herramientas… Y ahora me pregunto, ¿cuál, de todas las mochilas, recordarán nuestros hijos?
Tres hermanas éramos (y somos, y que sigamos siendo tres por muchísimo tiempo). Tres niñas llevaba mi madre siempre, a todas partes, fuera donde fuese. Con una diferencia de poco menos de tres años entre la mayor y yo, y poco menos de cuatro años entre la menor y yo (y yo, la de en medio, por si aún cabía alguna duda), tres niñas saltando, corriendo y desmarcándose por el camino allá donde mi madre fuere. Tres a la papelería, tres a la carnicería, tres al colegio, tres al mercado… Siempre tres. Esa gran suerte tuvimos: tres grandes hermanas que se apoyan en todo y hacían piña desde pequeñas. Y tres pidiendo por sus tres boquitas. Tres para comer, tres para vestir (o una para vestir y dos para heredar), tres para estudiar, tres para leer, tres para jugar… Tres tigres que no estaban tristes pero sí comían y no precisamente en un trigal. Y mi madre, una gran administradora de los bienes comunes de la familia, que supo llevarnos a las tres siempre bajo su ala. Y ahora, cuando recuerdo la vuelta al cole, no sé por qué, las imágenes son siempre nocturnas, algo de frío, calle arriba, a comprar el material a la papelería de Julio… y recuerdo a mi madre seria. No sé, es una de esas imágenes que te asaltan de un modo recurrente e igual ni siquiera fue tal cual. Pero yo lo recuerdo así… Ahora, cuando soy yo quien tiene que adquirir el material escolar y hay que recortar de aquí y de allá, puedo suponer a qué se debía la seriedad de mi madre. Pero, como siempre, todo sea por los niños. Y es indescriptible la ilusión con la que un niño vuelve a clase después de las vacaciones. Podrá ser mejor o peor estudiante, pero la vuelta al cole siempre es agradable.
Mañana vuelven mis princesas al cole. Ambas comienzan un ciclo nuevo: Ángela, Primaria y Valeria, segundo ciclo de Infantil, o al cole de los mayores, como le llamamos para que ella entienda que la guarde ya pasó a la historia.
Y estoy deseando ver sus caritas… aunque tiemblo al pensar en la que pondré yo cuando me den la lista del material escolar…

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