miércoles, 25 de septiembre de 2013

20. SOL, CLORO Y DOS NIÑAS FELICES


Domingo, 8 de Septiembre de 2013: Sol, cloro y dos niñas felices.

Amaneció soleado. Y ellas lo supieron en cuanto abrieron los ojos: al fin irían al parque acuático con la tita y el tito. Y si, en los días normales, Ángela tarda en tomarse un vaso de leche con un par de galletas lo que cualquiera tardaría en comerse una parrillada de carne, esta mañana se la bebió de un trago, tal era la ilusión que tenía por ir.
No tuvimos problema para aparcar porque llegamos cuando aún no habían abierto las puertas del recinto. Y, antes de entrar, ya se percibía ese penetrante olor a cloro característico de los parques acuáticos y las piscinas climatizadas. En aguas frías no me molesta pero, curiosamente, en aguas tibias y en piscinas climatizadas, mi cerebro envía una información diferente: me repele, porque lo identifico con efluvios corporales y micción contenida. No me explico el por qué, pero así es; por lo que tenía claro que no entraría en el jacuzzi del parque, aunque raro iba a ser acceder a cualquier otra atracción, de todos modos, siempre que no se tratase de la zona infantil.
Siempre que voy a un parque acuático, recuerdo la primera vez que visité el de Benalmádena. Entonces yo aún no había desarrollado un acusado instinto de supervivencia debido a la maternidad (de hecho, sólo tenía trece años), pero descubrí que tenía algo parecido al vértigo, ya que, al intentar acceder al famoso Kamikaze, tuve que darme la vuelta sin haber llegado al tercer tramo de escalera porque empezaron a temblarme las piernas, comencé a sentir mareos y mis extremidades se negaban a avanzar en el ascenso. De hecho, el descenso lo hice agarrada a la barandilla como si mis manos se hubieran fusionado con ella. No era vértigo, porque en muchas ocasiones he subido a atracciones de feria y de parques temáticos bastante más altas y “peligrosas”, he caminado al filo de desfiladeros y acantilados, he hecho submarinismo… y ni rastro del pánico. Pero, en aquella ocasión, no pude. Después de mi primer parto, cambió para mí el significado de “respeto por la vida”, pero antes de mis hijas, no conocía la palabra MIEDO. Aun así, la primera visita que hice a un parque acuático me llevó a eliminar de mis preferencias de diversión las atracciones tipo tobogán gigante en vertical.
Cuando llegamos al recinto, y dado que aún no se había masificado, elegimos un buen sitio a la sombra de un árbol, dejamos nuestras cosas y embadurné a mis princesas con protección 50+ pediátrica. Ale, al agua. Y si su mater amantísima ya ha tenido sus más y sus menos con las alturas, mi rubia no quiere ni alturas, ni velocidades, ni profundidades ni nada que suponga alejar los pies del suelo firme y en horizontal. Desde que tiene un año y medio ha estado viniendo conmigo a hacer rutas de senderismo y, aunque yo siempre me he decantado por las fáciles, aun cuando la llevaba en la silla-mochila, algún risco ha habido que subir y algún terraplén hemos tenido que bajar. Y siempre lo disfrutó. Nunca ha sufrido un daño importante en ninguna caída, ni siquiera un chichón; alguna que otra magulladura en el patio del colegio, pero nada relevante. Por más que le insistí para probar en los toboganes de niños, lo máximo que hizo fue subir y bajar escaleras bajo los chorros de agua. Se lanzó por un solo tobogán de poco más de un metro de altura y con una inclinación que no superaría el cinco por ciento… y porque la esperé al final del tobogán. Pero, bien mirado, esto es un punto a favor de mi tranquilidad: que siga así, y el riesgo será menor. Casi todo el tiempo estuvimos en la piscina de olas. Dejé de insistirle en probar otras atracciones cuando vi que empezaba a incomodarle y a sentirse mal, y aproveché para recordarle que no debe avergonzarse por tener miedo al peligro, pues no hay mayor valentía que la de decir la verdad y expresar los sentimientos, y ella lo hace. No se lo dije sólo por hacerla sentir mejor, sino porque realmente lo pienso: no hay mérito en  emprenderla a puñetazos con alguien, ni en hacer escalada vertical, ni en lanzarse en paracaídas… En todo caso, sería digno de tal mérito aquél que lo hace por salvar la vida a otra persona. Sin embargo, hay que ser muy valiente para decir siempre la verdad y afrontar cualquier consecuencia que derive de ello.
Valeria, sin embargo, no sé si por ser más pequeña o porque es más atrevida, accedió a lanzarse por uno de los toboganes “de mayores” con el tito Daniel, uno de esos toboganes con vueltas. Al llegar al agua, venía tan satisfecha que saltó de la emoción y quiso probar de nuevo, esta vez con mi hermana. Claro, en estas atracciones la velocidad depende en gran medida de la envergadura del usuario, y el tito Daniel tiene una complexión bastante más ruda que la de la tita Elena. El resultado: acabaron bajo el agua, y Valeria salió diciendo que sí, que muy divertido, pero que ya no volvía a tirarse. Le insistí un poco en que se tirase conmigo, “que mamá seguro que tiene que bajar caminando”, pero ya no se fiaba ni de mí misma.
Después de dar cuenta de nuestras viandas, fuimos a pedir un café al bar, y unos helados para las niñas. Ya que ellos habían pagado las entradas, quise, al menos, invitarles al café. Sólo decir que, cuando le llevaba el café a mi cuñado, iba pensando “Como alguien me dé un empujón y me tire el café, lo descuartizo”. A veces pensamos que los precios, en estos lugares, son abusivos, y, en realidad, lo son. Pero si lo analizamos, un parque acuático abre sólo cuatro meses al año, pero requiere un mantenimiento continuo aun cuando esté cerrado al público. Además, no echan la llave y hasta el próximo año, sino que todo tiene que mantenerse en regla sea o no temporada de baño. Y siempre queda la opción de llevar también el termo de café, pero como me quedé sin cafetera… Lo que sí me enervó fue que, pese a haber pedido mi café con leche fría, cuando intenté llevármelo a los labios me achicharré cual cabeza de cerilla ¿Tan difícil es entender ese término? En algunos sitios, al menos, me preguntan: “¿Pero templada o fría?”, y ya dan ganas de contestar con otra pregunta…
Mi hermana y yo nos metimos en una clase de Aquagym impartida por un monitor muy simpático. Aunque las canciones eran de las que yo jamás hubiera puesto en una clase, ni de aquagym ni de ninguna otra disciplina, la sesión fue muy divertida. A veces, cuando me volvía hacia la derecha, ahí estaba mi hermana, dando palmas hacia la izquierda: la coordinación nunca ha sido su fuerte. Cuando salimos del agua, me dice: “Pues no se te da mal”. Mi hermana es una de las mejores y más honestas personas que hayan pisado la faz de la Tierra, opinión que comparte toda la gente que la conoce. Pero conserva el encantador e ingenuo despiste de la infancia… “Elena, me he tirado quince años trabajando en gimnasios. Si no se me diera bien, sería para darme de hostias”, a lo que respondió “Anda, es verdad”. Es otra de sus grandes virtudes, saber reírse de sus despistes.
A las seis de la tarde, con un ligero dolor de cabeza provocado por una mezcla de sueño y de haber tenido los ojos entrecerrados desde las diez de la mañana para evitar el reflejo que el suelo blanco nos devolvía, nos vestimos y volvimos a los coches. Mis hijas se quedaron dormidas antes de llegar a casa, pero despertaron al entrar en el garaje (deo gratias, porque mi cuerpo desentrenado ya no puede cargar con las dos a la vez por la escalera).
A dos días vista de la vuelta al cole, ya están descansando como dos angelitos. Espero que mañana duerman así de bien…


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