martes, 10 de septiembre de 2013

18. GOODBYE, LADY LOMBARDA


Viernes, 6 de septiembre de 2013: Goodbye, Lady Lombarda.

Hace muchos años, cuando trabajaba como camarera en un bar de San Pedro, un periodista “forastero” que me veía escribir durante mi descanso me preguntó qué escribía. Le respondí que lo que se me ocurría, lo que me apetecía, lo que sentía, algún relato de vez en cuando… Leyó, por encima, y, devolviéndome la libreta (entonces aún no había tenido ni un primer ordenador), me dijo: “Para ser escritor hay que ser muy hijo de puta, y tú eres buena persona”. Total, me hundió. Es la única vez que me ha sentado tan mal ser considerada una buena persona.
Pero es cierto, llevaba razón: me pienso cientos de veces si escribir algo negativo sobre alguien, pese a merecerlo… o merecerlo según mi criterio… pues me planteo si puede ser injusto, dado que sólo se derivaría de mi criterio sobre esa persona y/o sus acciones, y yo no estoy en posesión de la verdad absoluta… Al parecer, según aquel periodista de vacaciones, para ser escritor profesional hay que olvidar los sentimientos ajenos y dejar a un lado la conciencia. Yo, esto, sólo puedo hacerlo con los políticos y la familia “irreal” (que no, que no me da la gana de escribirlo en mayúsculas), u otros especímenes similares cuya codicia y falta de conciencia social son tan evidentes que mi criterio, en realidad, importa un carajo. Pero me cuesta más con alguien como yo, alguien anónimo, una persona cuyo único delito sea ser antipática, manipuladora, egoísta… o algo semejante.
Sin embargo, pensando hoy en esta entrada del blog, dando vueltas al título, que me gustaba pero no me convencía porque era reírme de alguien cuyo único delito es ser antipática, manipuladora, abusar de su posición frente a los niños para intimidarlos, ningunearlos, hacerles sentir seres inferiores, crearles complejos, presionarles… y todo sólo para que sean según ella, en su fervor educanazi… perdón, educativo, quise decir… entiende que deberían ser unos niños con quienes sólo pasará tres cursos, a lo sumo, de su vida, y ni siquiera enteros porque estuvo casi los tres de baja… pensando en el título, decía… aún quería verle el lado bueno, que ha de tenerlo, aun cuando yo no supiera encontrárselo. A mi hija, directamente, no le hizo nada grave salvo llamarla “chivata” (supongo que por contarme cada paso que su seño daba, fuera o no con ella). Dicho término me parece uno de los más horribles que podemos emplear para calificar la actitud de un niño que sólo, ÚNICAMENTE, está contando aquello que no le parece correcto (que le peguen, que le insulten, que le ofendan, que le humillen…), tenga o no que ver con él o ella, para tratar de evitarlo en lo sucesivo. Suele contarlo a quien o quienes cree con capacidad para resolver el conflicto, normalmente a padre o madre. En el caso de mi hija, a la leona. Odio que a un niño le llamen chivato por la delación de las actitudes que considera injustas. Pero más increíble me parece que, en lugar de  loar dicha actitud, le reprendamos y le tildemos con dicho término, con lo que estamos diciéndole que, si alguien le hace algo, ha de callarse y sufrirlo en silencio, para no ser catalogado como “Chivato”. O sea, que estamos hablando continuamente del bullying, y, por el contrario, estamos diciendo a los niños que contar el abuso es más grave que abusar, que delatar a un delincuente es más grave que delinquir.
El mensaje directo que yo transmito a mis hijas es “Si alguien os dice, hace, cuenta algo que consideréis incorrecto, o veis actitudes incorrectas en los demás hacia otros amiguitos o amiguitas, debéis contármelo, para que podamos ponerle freno”. También les suelo decir que “No actúa mal quien cuenta lo que ha visto hacer a otros, actúa mal quien ha hecho algo incorrecto. Si os dicen que no lo contéis, es porque ellos mismos saben que está mal y que les pueden castigar por ello: debéis contarlo”. Las bombardeo con el chascarrillo “El mentiroso es un cobarde, para decir la verdad hay que ser muy valiente, y vosotras lo sois”. Tampoco me gusta que se enseñe a los niños a callar lo que no vaya con ellos, y después nos pongan carteles en todas las marquesinas sobre la importancia de denunciar los abusos a personas ajenas a nosotros. Eso no hay que enseñárselo a los adultos: hay que enseñárselo a los niños.
Lady Lombarda la llamó “chivata” en alguna que otra ocasión por contar lo que no le parecía correcto…
Peccata minuta, por supuesto, en comparación con amargarle la vida a un niño de dos años hasta el punto de lograr que sus padres le cambiaran de colegio, calificar los dibujos de algunos niños como “mierda” o “guarrería”, decir a una niña que es una guarrada que se te caiga algo al suelo, llamar idiota a un niño de cinco años por no saber responder a una pregunta, pasar por detrás de algún niño o niña y darle un manotazo en la cabeza por no estar quieto…
Como el apodo de Lady Lombarda no se debe a su actitud, sino a una característica física, no explicaré su significado. Pero cuando, en la reunión de presentación para los cursos de Segundo Ciclo de Educación Infantil, Lady Lombarda mencionó los nombres de los niños y niñas que estarían en su clase y el de Valeria no sonó, casi se me saltaron las lágrimas de la alegría. Su maestra será la Seño Naty, cuyas referencias por parte de padres y madres que ya han tenido a sus hijos o hijas con ella, no pueden ser mejores. Lady Lombarda me vio echarme un bailecillo canturreando “Nos hemos librado”, y, pese a ser una reacción bastante infantil, me dio igual. Ella sabe que no es santo de mi devoción, y yo sé que no lo soy de la suya. Para qué engañarnos, pues. Sólo asistí a dos tutorías con ella; al fin y al cabo, mi hija no creaba conflictos. Fueron dos reuniones para intentar zanjar un asunto que ella no quería comprender, sobre cuestiones personales donde alguien ajeno a la familia no debe entrar sean cuales sean sus convicciones. La primera reunión fue infructuosa, pero en la segunda ya me tenía harta, y con mucho respeto y educación, le transmití mi parecer: sí o sí, venía a ser el mensaje. Supongo que, para ella, fui un grano en sus delgadas posaderas, de las cuales debía de sentirse muy orgullosa, a juzgar por cómo hablaba a los niños y niñas de complexión diferente a la suya: “Estar gordo no está bien”. Increíble. Se coja por donde se coja, eso no hay quien pueda comprenderlo. Así, en una sociedad que lucha por deshacerse del fantasma de la anorexia, hay maestras, referentes esenciales para niños de escasa edad, que acusan a sus alumnos de glotonería.
Valeria no es dócil, como su hermana; no es delgada, como su hermana; no utiliza el raciocinio del mismo modo que su hermana ni tiene la misma madurez que su hermana. Pero es PERFECTA, como su hermana. Para mí, mis dos hijas, diametralmente opuestas, son perfectas aun con sus imperfecciones. De haber tenido que pasar tres cursos con alguien cuyo ideal de niña es una marioneta de ligeras dimensiones… habríamos acabado haciendo tutorías en el juzgado…
No, probablemente no llegue nunca a ser escritora, porque no soy una “hija de puta”, como apuntó aquel periodista de visita. Pero expreso lo que siento, como mis hijas, según mi criterio. Y, aunque sólo sea mi criterio, ahí queda. A ningún adulto, al fin y al cabo, se le puede hacer tanto daño como a un niño, inocente e indefenso, carente aún de criterios firmes que apoyen su autoestima… no sé si me explico…

Adiós, Lady Lombarda. Supongo que nos veremos cada mañana por las filas, pero, afortunadamente, no en la tuya. 

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