martes, 3 de septiembre de 2013

17. OTRA SEMANA EN BLANCO


Sábado, 31 de Agosto de 2013: Otra semana en blanco.

Pantalla en blanco y sin ganas de escribir. Hasta hoy. No sé si por desidia, o porque me he centrado en leer acerca del Síndrome de Cushing, o porque me llamaron de la aseguradora diciéndome que sólo me cubrirán los gastos de representación y juicio para la reclamación a la constructora (pegatinas de las Monsters High y de Dora la Exploradora al canto), o porque me canso de mí misma… o porque a veces pienso tanto que, cuando me siento, se me agolpan las ideas y ya no puedo escribir… así que me limitaré a los acontecimientos triviales y mundanos, al día a día, a ver si fluyen las reflexiones.
Tenía vagos recuerdos de una playa virgen cerca de Marbella, recuerdos de mi infancia, de esos aparcados indefinidamente… Es cierto que no apreciamos lo que tenemos: ni me acordaba de las playas entre Marbella y Mijas Costa, hasta que Sonia me dijo que fuésemos con los niños. Hacía mucho tiempo que no iba de dominguera, sobre todo por lo incómodo que resulta trasladar media casa a la playa para echar el día. Pero merece la pena cuando el lugar merece el esfuerzo. De hecho, volvimos el sábado con la tita Elena y el tito Daniel, y las niñas no salieron del agua, algo extraño en ellas, puesto que, hasta ahora, tenían cierto pánico al agua del mar, pánico que no es de extrañar en el caso de Ángela, ya que si ve un chanquete en movimiento, se me encarama como si hubiese visto un tiburón gris o un cefalópodo gigante. Ya en casa de la tita y el tito, convencieron a Valeria para cortarse el pelo prometiéndole, a cambio, el privilegio de rasurarle la barba al tito. Y así fue como conseguimos que Valeria lleve ahora, al fin, el pelo corto, más cómodo y, para ella, más favorecedor. Lo único malo es que fui yo quien se lo cortó, para no perder el salto, y al día siguiente, en la peluquería de Silvia, Ángela también pidió cortárselo pero Valeria se negó rotundamente a que le acercasen las tijeras: adorables trasquilones maternos que va luciendo con orgullo. Cuando éramos niñas, mi madre nos cortaba el pelo a nosotras también. Nada de levantar, desfilar, picar… peinar con raya en medio y meter tijera en línea recta y ale, la siguiente. No recuerdo haber sentido vergüenza por los trasquilones. Tampoco recuerdo si alguna vez nos los dejó. Este pequeño ejercicio de memoria autobiográfica me evita, al menos ante mi conciencia, el sentimiento de culpabilidad. Y tan feliz que está mi niña con su corte de pelo raro. Y, después del corte de pelo, llegó el momento más esperado del fin de semana para ellas: esquilar al tito. En cuanto vieron la máquina cortapelo se les iluminó la cara: era cierto, iban a afeitarle la barba al tito. Valeria la cogió como si tuviese en sus manos el secreto de la alquimia, y no paraba de reír. Ángela, vestida de angelito con un traje que ellos le habían regalado, imaginaba que era peluquera y asumía el mérito como propio e intransferible. Daniel acabó sin patillas… La historia de amor incondicional de mis hijas con el tito Daniel es muy curiosa: flechazo. Adoran a mi madre y a mi tía, adoran a mis hermanas, adoran a su Papijose y a mí… pero en cuanto aparece el tito Daniel, el resto de la humanidad se hace invisible…
El lunes tocaba analítica. En la consulta de la endocrina no se me había ocurrido preguntar qué era exactamente el Síndrome de Cushing. Cuando fui a hacerme la analítica, me entretuve leyendo el cuadro de referencias, y volví a recordar el Síndrome de Harvey Cushing. Al volver a casa, me senté para buscar información. En caso de tratarse de este síndrome, cuyos principales síntomas son, entre otros… ¡¡¡tachán!!! la obesidad central con abdomen protuberante, el aumento de peso involuntario, las estrías violáceas en la cara interna de los muslos, la irritabilidad, la debilidad muscular, la fatigabilidad, las cefaleas, los dolores de espalda… éstos son los que coinciden de modo recurrente, aunque los dolores de espalda no son de extrañar, dadas mis lesiones en la columna… en caso de tratarse, que sería extraño porque es un síndrome que se da en  35 o 40 casos por millón de habitantes, y si no me toca la Primitiva pese a echarla todas las semanas, no veo por qué tendría que tocarme el Cushing… ¿Para qué pensar en probabilidades poco probables? Mejor iré a interrogar al médico de cabecera, porque hasta finales de Enero no me dan los resultados de la analítica. El sistema sigue haciendo aguas…
Cuando las niñas se levantaron, nos fuimos a la peluquería, como ya apunté antes. El año pasado, Silvia les cortó el pelo a ambas. Estaban guapísimas, pero a algunas niñas de clase les dio por decirle a Ángela que parecía un niño. No quería ponerse pantalones, quería llevar pendientes (le recordé lo que le dolería que le perforaran las orejas y cejó en el empeño), se ponía frente al espejo a tirarse del pelo hacia abajo… Me costó muchas conversaciones hacerle comprender que la mujer nace mujer, sin maquillaje, sin pelo largo, sin vestido… que la mujer es mujer por su naturaleza, no por sus artificios. Y, cuando el lunes me dijo, de nuevo, que quería cortarse el pelo otra vez, volé, casi literalmente, a la peluquería. El domingo lo había mencionado, pero no la veía muy segura. En realidad, a Ángela le favorece mucho más la melena larga, pero ningún aspecto físico vale más que la seguridad en uno mismo. No obstante, por el camino fui explicándole que podía ser que volvieran a decirle que parecía un niño, y me suelta: “No importa, mami, porque yo sé que soy una niña”. No pude evitar una sonrisita de orgullo…
Por la noche fuimos al cine con Sonia. Ya casi no recordaba cómo era una sala de cine del tiempo que hacía que no íbamos, pero con el carnet de La Banda, en el cine Rosaleda, los niños entran gratis acompañados por un adulto (el adulto, claro está, paga entrada). La sala estaba vacía hasta que nosotros llegamos, cuatro adultos y cuatro niños. Y fuimos los únicos ocupantes durante toda la película, Grú 2. Es una película divertidísima que reúne todos los ingredientes para resultar entretenida tanto a los niños como a los adultos acompañantes. Ya la primera me pareció magistral, pero esta segunda es desternillante. Para los niños, están los Minions; para los adultos, los Minions y los diálogos. Éramos ocho, pero parecíamos ochenta. Aconsejo buscar Minions en Youtube, sobre todo en momentos de bajón: te suben el ánimo en un cuarto de segundo. Y no cuento más: merece la pena verla.
El miércoles, Dani y su primo Antonio vinieron a jugar con las niñas en el miniparque de atracciones acuáticas que les tengo montado en la azotea. Jamás verás a unos niños tan entregados al juego como cuando les enchufas una manguera o un aspersor. Cuando nos “volvemos” adultos, no queremos ni que el agua nos toque, nos desagrada que nos salpiquen, con un chapuzón vamos que nos matamos… pero un niño ve un cubo de agua y no puede dejar de pensar en echársela por encima. Las niñas tienen una plataforma deslizante a la que se conecta una manguera y salen unas pequeñas fuentes de agua formando un arco líquido. El primer día, intenté deslizarme por ella; pero, claro, la gravedad es la gravedad, y eso no hay plataforma que lo supere: cien por cien rozamiento. Así que lo único que hago es reptar por ella o sentarme en un extremo para tirar de una soga a la que atamos una barquita, sobre la cual se suben ellas y se deslizan por los cuatro metros de pasillo resbaladizo. Las inocentes intentaron tirar de mí en una ocasión, y la risa me impedía explicarles que jamás conseguirían desplazarme ni un milímetro… Qué envidia siento a veces al ver lo cerca que les queda todo: el suelo, la diversión, los sueños… y lo lejos que les queda aún la madurez con todos sus problemas… Espero que nunca pierdan del todo a esas niñas que son ahora mismo, para que puedan seguir sonriendo a la vida sin importarles las desavenencias…

El mismo miércoles también fue un gran día para Ángela por otro motivo: el cuarto diente de leche, a las arcas del Ratón Pérez. O, mejor dicho, al cajón de la abuela Paca: le toca, por haber perdido el primero (mira que perder el primer diente que se le cayó a mi hija…), un premio por el despiste… Pero decide la legítima dueña del diente… El jueves la llamamos para cerciorarnos de que el roedor se hubiera dado otro garbeo por San Pedro para dejar el diente: ponte tú a susurrar el color de la bolsita y la forma del paquetito a través del móvil y con mi madre al otro lado de la línea “¿Qué? Ay, hija, yo no te entiendo”, con medio cuerpo por fuera de la ventana para que no se me oyera dentro, y mi rubia merodeando por la cocina… porque antes de que la niña cogiera el teléfono, ya sabía su mami cuál sería la primera pregunta a la abuela… Bendita inocencia… que nada os cambie…

2 comentarios:

  1. Hola, no te desanimes, hay epocas buenas y otras malas. No siempre tenemos el mismo ánimo para escribir. Somos personas con sus subidas y bajadas. No te desanimes, disfruta de tus hijos y de tus recuerdos, todo eso es lo que somos. Aquí estamos muchas sin cara pero en este raro mundillo 2.0 que te animaremos cuando lo necesites. Un besote guapa!!

    http://podemoscharlarjuntas.blogspot.com.es/

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  2. Son gajes, no del oficio (ojalá), sino de la afición a escribir: las musas también se van de vacaciones. Muchas gracias por tu comentario, Mari Paz. Un abrazo.

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