martes, 3 de septiembre de 2013

16. NEGOCIOS ASIÁTICOS Y OTRAS INCORRECCIONES


Jueves, 22 de Agosto de 2013: Negocios asiáticos y otras incorrecciones.

Si  A nos lleva a  B  y  B  nos lleva a  C, y así sucesivamente, al llegar a  Z, habrá quien se pregunte si  A  le llevó a  Z. Pues bien: no vuelvo a comprar en un chino porque me olvidé los trajes de gitana de las niñas en casa de mis padres. Quisiera evitar incurrir en el error de denominar de un modo políticamente incorrecto a los “negocios de dudosa legalidad regentados por señores asiáticos”, pero, como se puede comprobar, en el eufemismo se pierde el hilo.
Ayer tocaba feria. Único día de feria por la ilusión que les hace a las niñas, porque cada año hay menos ganas y menos posibilidades. Pese a haber estado el fin de semana en el pueblo que me vio crecer, y entre cuyas calles se hallan las paredes que custodian los trajes de gitana de mis hijas… me vine de vuelta a Málaga sin ellos, y sin complementos: peinetas, flores, pulseras… todo en casa de mis padres. La ilusión de las niñas por ir a la feria va allende disfrutar de las atracciones, pues el atavío es tan importante para ellas como la diversión de los “cacharritos” (pasarán siglos, y seguiremos llamándoles así…). Solución de maiasauria: vaqueritos, blusas blancas, y complementos de faralaes ¿Y dónde es más barato obtener los ornamentos? En un negocio de dudosa leg… en un chino. A las cuatro de la tarde, con un calor insoportable, carril y al chino para adquirir unas pañoletas, unas peinetas, unas flores y dos pares de tacones. En estos comercios, ya se sabe, los seguros contratados son el “seguro que se rompe en cuanto me lo ponga” y el “seguro que no hay ni un español trabajando aquí”. Alguno más tendrán, pero dudo mucho que alguno se conozca como “seguro de responsabilidad civil”. Pues bien, Valeria empieza a mover la ropa de un perchero y la repisa de cristal que estaba “sujeta” a él se le cayó encima. Por fortuna, y aunque a mí me temblaron las piernas y empecé a perder el aire y a sentir ganas de gritar, le dio tiempo a meterse entre la ropa y sólo le rozó la cabecita antes de estrellarse contra el suelo. Ningún cristal le hizo nada, ni hubo golpe contundente ni nada aterrador para una madre. Cuando me repuse, mientras la china más joven era instada a recoger los cristales o lo que quiera que estuviese diciendo el mandamás con cara de no haber defecado desde que salió de su país, seguí buscando los complementos, pero sólo hallé los pendientes. Llego a caja y esperan a que los abone para decirme… redoble de tambores… ¡¡¡que tengo que pagar el cristal!!! Pero no el mandamás ni la mandamás, con la misma cara, sino otra de las más jóvenes, probablemente porque los mayores ni siquiera se han molestado en aprender el idioma del país en el que viven. Le respondo, indignada pero sin alzar la voz, con el dedo acusador frente a su cara, que den gracias a que no les denuncie, y me dice que esos cristales están bien puestos y mi hija lo ha tirado. Mueve otra de las repisas con fuerza, pero no se desploma. Me río y le digo: “Eso, tú no puedes tirar ése, y mi hija de tres años que no tiene ni estatura para llegar a él, ha tirado el otro cristal. Tú misma estás demostrando cómo estaba”. Se queda con cara de “qué idiota soy” (no sé cómo se dice en chino), y vuelve a decirme que tengo que pagarlo. Le digo que se lo pague el seguro y que si prefiere que llame a la policía para que se lo explique y da un paso atrás. Ale, asunto resuelto.
No les denuncié por un sencillo motivo: si en el gobierno ante un caso de corrupción caen todas las cabezas menos la que tiene que caer,  en un negocio de este tipo no quiero ni pensar quién caería antes que los peces gordos ¿A quién responsabilizarían ellos del desastre? A la chica que está en la caja, al chaval que da vueltas y te persigue por la tienda para que no les robes un zurullo de sesenta céntimos… pero no al estafador del maletín y el cochazo que no paga seguro de responsabilidad civil ni de ningún otro tipo. Lo que no puedo entender es por qué no se les exige lo mismo que se nos exige a nosotros. Sin un seguro, no sólo no puedes obtener una licencia, sino que, simplemente, no puedes abrir al público. Yo tuve un negocio, y cada paso adelante para la licencia de apertura, era otro paso atrás que me hacía dar Urbanismo: mayor cobertura imprescindible, nuevas exigencias en las instalaciones… Y viene un extranjero con un maletín… y ya puede hincharse. Y conste que, aunque suene a tópico, de racista no tengo ni  un atisbo (de ahí que no les denunciara, porque pienso en las criaturas que vienen buscando una vida mejor y se ven como en su país y explotados por sus propios compatriotas, pero, además, lejos de sus orígenes). Si nos fijamos, no es sólo una repisa de cristal mal puesta: es la forma en que están colocadas las mercancías en los pasillos, son los objetos cortantes y/o punzantes y dónde y cómo están expuestos… ¿Proporcionan trabajo? Sí: veinticuatro horas al día a sus compatriotas ¿Españoles que trabajen en dichos negocios? Uno y gracias, he conocido yo, sin cobertura alguna y sin contrato, por supuesto. Requiescant in pace, por lo que a mí respecta, todos estos comercios mientras pueda evitarlos. Ayer fue mi última incursión en ellos, incluso en el que después compré los tacones y las peinetas, pues no se nos calló nada encima, pero pertenece al mismo grupo de negocios de dudosa legalidad regentados por señores asiáticos que explotan a sus compatriotas y desprecian a sus anfitriones territoriales.
Afortunadamente, pudimos pasar una noche de feria estupenda con Sonia, Antonio y Dani. Las niñas lo pasaron genial y, aunque en mis venas seguía activo el veneno del incidente, ellas lo olvidaron rápidamente. Me preguntaron varias veces “Por qué le has dicho a esa mujer que ibas a llamar a la policía”. Delante de ellas, procuro no emplear gentilicios; yo crecí oyendo “el moro”, “el chino”, “el sudaca” (el peor de todos, porque en todo caso es el sudamericano”…), “el guiri” (los de escasa pigmentación y de origen sajón o germano, sobre todo)… Pero quiero que mis hijas aprendan a ver a las personas, y nada más, y comprendan que la codicia, el egoísmo, la aversión, la envidia, el odio, la misoginia… y mucho más… son enfermedades del ser humano, con independencia de su lugar de procedencia. Por eso ellas la llamaban, simplemente, “mujer”, pues era lo que veían, una mujer cabreada o asustada (tiendo a creer que más lo segundo, por las posibles represalias del mandamás si no hacía lo que se le ordenaba). Pero las atracciones lograron que olvidaran todo.
Atracciones en las cuales, dicho sea de paso, ya no saben qué hacer para amortizar la semana de feria. En la primera les dieron una espada de luz, en la siguiente unos globos con forma de guitarra eléctrica (qué bien habrían venido en la fiesta de graduación de Ángela…), y en otra a la que se subió sólo Valeria, un globo con forma de lanza. Esos globos no pasan del par de días por muy brillantes que sean, y acabas tirando a la basura enormes trozos de papel metalizado una vez te has hartado de darles patadas accidentales porque caen desde los lugares más insospechados cuando entras en la habitación. Pero a los niños les encantan. La espada de luz ya tiene tres centímetros menos que ha habido que “amputarle” y un largo trozo de esparadrapo blanco alrededor, pues no llegó entera a casa. Sabemos que eso no vale ni un uno por ciento del precio del ticket para la atracción, pero… a los niños les encanta… y todo sea por los niños…

No obstante, la próxima vez, que se vistan de bombero o de alguacil, porque no vuelvo a entrar a un chino.

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