martes, 20 de agosto de 2013

13. GAITAS DE FONDO


Miércoles, 14 de septiembre de 2013: Gaitas de fondo.

En cuarenta y un años se acumulan vivencias y recuerdos difíciles de procesar en conjunto. Más difícil aún es traerlos de vuelta a la memoria desde doquier hayan querido esconderse. Dicen que algunos recuerdos se esconden en la memoria y otros se ocultan en el corazón. Vale, no “dicen”, lo digo yo, pero seguro que no soy la primera en decirlo, porque es poéticamente cierto. Hacer regresar a los de la memoria no es sencillo, pero hay técnicas para ello. Sin embargo, para invocar a aquéllos que se refugiaron en el corazón, camuflados entre los sentimientos, velados por el tiempo y guarecidos del olvido, sólo se me ocurre un método: la música. Y sólo un inconveniente, al menos en mi caso: no sé con qué música afloran mis recuerdos del corazón. Salen de un modo espontáneo. La música céltica (gaitas, violines, bodhram, flauta dulce…) no empezó a llamar mi atención hasta, al menos, mediados de los años noventa. Sin embargo, esta noche oigo gaitas y me emociono, tiemblo, y mi corazón se remonta a ni se sabe, tal vez al principio de los tiempos para mí. Me inventé una vida… ¿Es más real la vida que tienes o la que sueñas vivir? Cuando el sueño es tan real que te lo crees, se convierte en TU realidad y en la única que existe para ti, por tanto. No tiene nada de malo inventarse una vida y vivirla como si fuera real; el problema es cuando despiertas de esa realidad personal y la visión del mundo frente a tus ojos te muestra la cruda realidad del sueño roto. Puedes inventar cualquier cosa: una vida, una personalidad, un carácter y hasta un idioma. Es tuyo: es real. Pero hace años que aprendí que una vida soñada se puede vivir aun sin ser real siempre y cuando no se pierda de vista la realidad. Los sueños son etéreos, la realidad es empírica. Y con tanta realidad me va a doler la cabeza realmente…
Mis princesas duermen. Ayer descubrimos una cala donde nunca habíamos estado: unos metros más allá, unos metros más acá, pero nunca allí. Al atardecer, mis sueños aparecieron en la orilla, entre la espuma del mar, traídos por las olas, mecidos con suavidad. Allí estaban, de nuevo, mis sueños. Sería la playa más cercana a nuestro lugar de residencia de no ser porque el tramo del cinturón que nos evitaría la vuelta que hemos de dar para llegar a ella aún no está abierto, el tramo que conecta el aeropuerto con Campanillas (qué ironía: fue, al venirme a Campanillas, cuando Campanilla me abandonó para siempre y me dejó con la adulta aburrida y achacosa que soy…). Junto a la cala, un paraje natural de extraordinaria belleza. Al fondo, el sol ocultándose tras los montes que coronan a la ciudad. Paz. Las caritas de mis ángeles doradas por la luz. Una de esas tardes sin nada especial en apariencia pero que el corazón siempre recordará al oír una gaita...
A la vuelta, Valeria ya había caído en un profundo sueño, y Ángela no tardó mucho después del baño y la cena. Yo traté de hacerme un café, pero la cafetera (la enésima desde que me vine a vivir aquí… esta casa debe de estar construida sobre un cementerio indio…) había exhalado sus últimos suspiros y tuve que volver al tradicional método del pucherete. Al verter el agua, se ve que anduve un poco torpe y la consecuencia fue la mano izquierda achicharrada. No sé si seré muy rápida ante las adversidades o es que el vivir sola tantos años me ha servido para algo, pero corrí a por la crema milagrosa anti-quemaduras y sólo me quedó una mancha enrojecida que ni siquiera duele. Eso sí: solté todos los tacos que no suelto en todo el día por respeto a la educación de mis hijas, culpando a la cafetera por estropearse, al cacito porque sí, al café y hasta al cabrero etíope que se dio cuenta de que las cabras lo flipaban al masticar los granos rebosantes de cafeína. Cuando acabé de fregar y recoger el desaguisado, echarme la crema y liarme la mano cual momia de Tutankamón, en un alarde de chulería volví a calentar agua, esta vez sin incidentes. Después, mientras me tomaba el café, me dio por pensar que yo quiero una cafetera que de veras sea americana, como ésa que Molly, la camarera del mandilito blanco del bar-roulotte, tiene todo el día encendida y nunca se estropea, sirviendo cafés a destajo a todos los clientes polis de sol a sol. Qué mentirosos son los guionistas de las series policíacas americanas: las cafeteras americanas no pueden estar todo el día encendidas, porque se sobrecalientan en un abrir y cerrar de ojos. Y nunca he visto a Molly con la mano vendada.
El sábado fue el día más esperado de Valeria: su fiesta de cumpleaños. Tres años, tres preciosos años, tres veranos maravillosos lleva ya mi chiquitilla haciéndome reír como una tonta con cualquier cosita que diga o haga. Una payasada suya, y salta el resorte y me la como a besos. Tres veranos haciéndome sentir única en el mundo. Me sigue a todas partes como si fuese a marcharme o a perderme. A veces, mientras cenamos, pone su piecito sobre mi pierna, o coloca su manita sobre la mía. Como también ha instalado sus sueños en mi cama, como su hermana, hay noches en que, no sé si porque me añora o porque tiene miedo, busca la seguridad del contacto materno y rueda por encima de su hermana hasta llegar a mí y se sube a mi pecho para seguir durmiendo como un oso en invierno. Me tiembla el alma cada vez que pienso que, durante los nueve meses de gestación, lloré en muchas ocasiones sin consuelo alguno porque quería sentir a aquella bebé con la misma intensidad con que había sentido a su hermana y no podía: yo no esperaba una segunda hija. Hasta el día de su nacimiento. En cuanto la pusieron sobre mi pecho, supe que la querría igual, que sería para mí tan importante como su hermana. Se fueron el sentimiento de culpa, la inseguridad, el estrés… Aquella personita diminuta salió de mi cuerpo y entró en mi corazón. Y ahí sigue y seguirá por siempre jamás. Y cuánto me ha dolido que no haya venido ninguno de sus amiguitos de la guarde… Ella no es como su hermana; Ángela invita hasta al apuntador a sus cumpleaños y fiestas de Halloween, y ella recibe invitaciones de todo Cristo. Pero Valeria es mucho más selectiva, no es tan abierta, es más introvertida y tiene unas reglas más estrictas en el terreno de la amistad. Y seleccionó a cinco amiguitos. Y a su seño. Y ninguna madre ni padre llamó, siquiera para decir que no podrían venir. Mi niña se había pasado todo el verano diciendo que sus amigos tal y cual y su seño iban a venir porque ella les había invitado… Después me preguntaba por qué no habían venido sus amiguitos, y se me partía el alma viéndole los ojillos tan redondos, esa inocente incomprensión… “Mami, si yo les he invitado”… Supongo que, para la mayoría de los padres y madres, llevar a los niños a un cumpleaños es un fastidio, y algunos hay que van obligados por los niños, pero muy pocos que piensen en la ilusión del anfitrión, el niño que cumple los años y espera, emocionado, compartir ese día con los amiguitos del cole, su primer círculo social independiente de la familia, tan importantes para ellos… Sobra decir que mis hijas van allá donde las inviten. Sólo hemos faltado a dos cumpleaños; uno, porque estábamos invitadas a dos en la misma tarde y tuvimos que elegir, y otro, porque mis hijas no estaban en Málaga. En ambos me disculpé. He perdido la cuenta de los cumpleaños a los que hemos ido ya desde que Ángela entró en la guardería, y va a pasar a Primaria… Pero, como solía decirme siempre mi madre, “No todo el mundo es como tú ni piensa como tú”… De todos modos, lo pasó bien con su hermana, sus primos y sus otros amiguitos, disfrutó con su tarta, con sus abuelos, con sus titas, con su padre y con su madre, con sus regalos, con la comida (con esto, siempre disfruta)… Y, cuando se cansó, hizo mutis por el foro y se bajó a la habitación a jugar con la tita Carni. Apunta maneras… Mi sol… haya quien haya, esté quien esté, se presente quien se presente y se ausente quien se ausente… tu madre siempre estará contigo, y siempre te querrá por encima de ella misma. Y seguiré estando tan orgullosa de ser tu madre como lo he estado los tres años que ya llevas conmigo.

Y de nuevo oigo las gaitas y los violines… Qué carajo, es la cítara de Morfeo, llamándome para que me vaya a dormir de una vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario