martes, 6 de agosto de 2013

12. VETE, VERANITO


Lunes, 5 de agosto de 2013: Vete, veranito.
A todas aquellas personas encantadoras que, allá por el mes de Junio, repetían una y otra vez “Y el veranito… dónde está el veranito… es que este año no quiere venir el veranito…”, ruego: hacedme el inmenso favor de coger el veranito y llevároslo a vuestra casa, encarecidamente os pido que lo saquéis de la mía, os juro que yo no lo echaba de menos y estaba muy contenta viendo llover y usando sudaderas y rebecas y botas de agua. El veranito es insoportable, insoportable, insoportable…
Sólo tengo cinco ventanas en la casa, una por estancia, y las cinco están abiertas. Si los mosquitos me quieren comer, yo me echo sal y lo que me pidan, como si me piden que me macere, pero no pienso cerrarlas.  Y no me subo a dormir a la azotea porque no oiría a las niñas si se despiertan y porque, desde que vivo en medio de la nada, he visto insectos que ni sabía que existieran. No puedo conectar el aire acondicionado: es contraproducente para mi ya maltrecha economía. Pero el próximo veranito… me compro un ventilador. De hecho, llevaba varios días sin escribir por culpa del calor. Sudo como una condenada subiendo la escalera del patíbulo, por lo que la espalda y la cara están permanentemente empapadas. Además, me pican hasta las pestañas por algo que, hace cuatro años, el médico no supo concretar si era sudamina, dermatitis atópica o alguna otra intolerancia relacionada con el calor, el sol y la sudoración; y como él no le dio importancia, yo llevo cuatro años desollándome los brazos y los empeines, sobre todo. Estos picores incrementan mi mala leche en los días de calor húmedo e insufrible. Y es harto desagradable estar durmiendo plácidamente y, de pronto, sentir la necesidad mortal de rascarte el dedo meñique del pie derecho. Si alguien entiende de reacciones alérgicas al calor, se agradecerá su contribución a mi causa. Ya intentaron hacerme tragar antihistamínicos, pero el único medicamento que me echo al cuerpo es el tratamiento para la tiroides, aparte de algún ibuprofeno cuando estoy a punto de reventar de dolor.  Por otro lado, los antihistamínicos están entre los medicamentos que yo catalogo como “pan pá hoy y jambre pá mañana”, y, para más inri, adormecen, atontan y tienen una cantidad de efectos secundarios que, en muchos casos, son peores que la propia dolencia para la cual son recetados. He probado con aloe vera, con árnica, con agüita fresca, con jabones neutros, con jabones para la dermatitis… Pica. Sigue picando. Es más: a veces, quema.
Sí, lo sé, estoy muy borde. No es mi culpa: es culpa del veranito.
Llevaba días acrecentándose en mí la imperiosa necesidad de dejar constancia escrita de algunos bellos consejos para mis hijas, ahora que mi chiquitina va a cumplir tres años, hablar de su hermoso nacimiento... Pero esta tarde, a eso de las dos, con el veranito entrando por la ventana de la cocina mientras la parrilla se calentaba para asar el pescado (más calor, más calor, más calor), sólo podía recordar que hace tres años, por estas mismas fechas, pasaba noches enteras sin poder dormir porque ya había salido de cuentas y mi hija se empeñaba en permanecer dentro dando patadas y manotazos, apoyándose donde pillaba, ya fueran riñones, estómago, vejiga… y en cada víscera me producia un malestar diferente. Siempre lo he dicho: la maternidad es lo mejor que me ha ocurrido en la vida, pero para los embarazos no tengo palabras bonitas, lo siento. Que llevar a una hija dentro sea un precioso milagro, nunca lo negaré; que sea agradable… no soy la más indicada para apoyar tal afirmación.
Cuando pensábamos que ya estaba al caer, mi hermana recogió a Ángela para que estuviera con ellas en lugar de tener que acompañarme al hospital. Vino en una ocasión a monitores, y sobra decir que se portó de maravilla, como de costumbre, pero un parto no es lo mismo. Y mucho menos un parto mío: ambos provocados, sin contracciones, sin dilatación… en el primer caso sin epidural porque la anestesista me había dicho que no se podía poner por el tatuaje… en el primer caso sin cuidados porque las auxiliares tenían sueño y la matrona tenía once partos más… en el primer caso sin ginecólogo porque estaba atendiendo a todas y no había nadie más de guardia… en el primer caso a punto de quedarme sin niña, por culpa de aquel montón de seres deshumanizados que llegaron a rodearme como un grupo de zombies, subidos a mi barriga, gritándome “¡¡¡Colabora, colabora!!!”,  tratándome como a un pedazo de carne que llevaba casi diez horas tumbada, con las piernas separadas, sola y gritando para que me atendieran… en el primer caso, con la cara de pánico del ginecólogo, al comprobar por qué mi hija no podía salir, que es lo último que recuerdo antes de que me anestesiaran para llevarme al quirófano a hacerme una escabechina  sin la cual no hubieran podido salvar a mi hija que se estaba asfixiando… en el primer caso, con fórceps, cuarenta y tantos puntos internos y externos, y ni una disculpa… si, por casualidad, la morena estúpida que vino en un par de ocasiones a reprocharme,  con desprecio, “Como se nota que eres primeriza, no colaboras”, como si sus horas de sueño valieran más que la vida de mi hija, llegara a leer esto, que sepa que fue el 15 de marzo de 2007 a las once y veinte de la mañana… y que yo fui la que le dio un puñetazo en la barriga la última vez que entró a decirme que no colaboraba, y porque, las piernas, ya no podía moverlas, no las sentía, que si no…  
En el segundo caso, no fui al Hospital Materno Infantil, sino al Virgen de la Victoria, y nació Valeria, con oxitocina, con epidural, con el personal (más que suficiente) volcado en cada uno de los trece partos, con el cariño de una matrona encantadora (Mari Gracia) con quien estuve bromeando todo el día sobre el parto y el café, quien me tranquilizó cuando empecé a llorar pensando que iba a ser igual que la primera vez, quien, viendo que aquello no iba como tenía que ir, asomó la cabeza, dijo algo sobre “canal… parto… ladeado…”, fue lo único que pude entender, y empezó a dar órdenes a todos los allí presentes, personal del hospital y acompañantes (mi amiga Marialu también se quedó conmigo después de su turno), y me colocó en una postura propia de un contorsionista: en un minuto, me llevaron zumbando a la sala de partos, y allí estaban ya la ginecóloga, la enfermera y la anestesista esperando para atenderme y sacar a la luz a mi preciosa lucecilla… Nunca olvidaré ese momento en que, sucia-sucísima como sólo puede estarlo un bebé que acaba de salir del interior de otro cuerpo, con una toalla alrededor, aún unida a mí por el cordón umbilical, la pusieron sobre mi pecho y yo empecé a colmarla de besos, llorando a moco tendido, sin importarme lo más mínimo de qué estuviera cubierta… y así estuvimos dos maravillosas horas, ella y yo, Valeria y yo, dos horas durante las cuales no podía parar de repetir “Mi niña, te quiero, mi niña, mi niña”…
Después de esas dos horas, Mari Gracia se llevó a mi niña y me trajo comida… y un café.
A la mañana siguiente, Pepe vino a visitarnos por sorpresa, y tuvo el privilegio de ser el primero en coger a Valeria en sus brazos y bromear diciendo que sería mediofondista. Nos visitaron más amigos, nos visitó la familia… pero la visita que con mayor ilusión esperaba era la de mi princesa, mi rubia, que entonces tenía tres años y medio, que nunca, y contra todo pronóstico, ha tenido celos de su hermana, antes bien ha sido un regalo para ella, la primera persona a quien Valeria, cuando empezó a hablar, dijo “Te quiero”… su hermana, mi otro pedacito de alma…
Anda, pues sí que he podido escribir algo más que improperios sobre el veranito… Será porque van cesando los picores de los brazos…

Ah, pues no… 

2 comentarios:

  1. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo,fué un placer inmenso estar ahi....inolvidable!!!!

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  2. Inolvidable para mí que estuvieras. Fue de gran ayuda para nosotros que tú estuvieras presente. Un abrazote.

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