jueves, 4 de julio de 2013

LOS RECUERDOS OLVIDADOS (PRIMERA PARTE)


Cuando terminé la EGB, y en vistas de la escasa calidad educativa del instituto público de mi pueblo, mis padres decidieron perforarle otro agujero al cinturón y me matricularon en un colegio privado. Entre tantos niños y niñas de papá, yo era
una niña pobre. Y, además de pobre, era una niña que pensaba de otra forma. Adolescente o no, y con todas mis tonterías propias de la edad, no conocía las marcas que mis compañeras llevaban por bandera en los bolsillos de los pantalones, en los polos del uniforme, en los zapatos… pues mis padres no se las podían permitir. No diré que no me importase: era una niña, y, como tal, me afectaba lo que me rodeaba. No obstante, y por fortuna, aquello me benefició en lugar de perjudicarme. Soy consciente de que, en no pocas ocasiones, mis compañeras se rieron de mí, de mi forma de vestir, de mis intentos por estar a la altura… e iba cambiando de amistades como el que cambia cromos, buscando un hueco donde sentirme a gusto. Aquel colegio me enseñó mucho. Me enseñó que el dinero no vale nada si la persona no vale nada; que la fachada perfecta suele ocultar un edificio en ruinas; que la felicidad no se esconde tras el dibujo del bolsillo de un pantalón; que la mala educación no depende de la clase social; que la clase social no depende del dinero; que dar regalos a un niño no le hace más feliz si no tiene nada más en qué basar su felicidad… Aprendí tanto… Y, por casualidad, esta tarde vi por aquí una cara familiar, de aquel entonces, y empecé a recordar aquellos años. Y recordé algo terrible: que ante la muerte, todos somos igual de pobres.
Había una pareja… Ambos tenían dieciséis años cuando aquello ocurrió, si la memoria no me falla. Él tenía una moto, una de esas motos de trial, creo que se llaman (tampoco entiendo de motos); un niño de dieciséis años con una moto de 250 c.c. no es precisamente un seguro de vida. Una tarde de un fin de semana cualquiera, ambos salieron en la moto del chico. Se querían, se querían muchísimo; yo, que era un culo-corazón de mal asiento, no podía creer que dos adolescentes pudieran quererse con tanta madurez. Les admiraba, aunque nunca busqué ni me interesó su amistad, pero les admiraba por cómo se querían, por la personalidad que tenían, por vivir de espaldas a todo y a todos. Aquella tarde, ambos saldrían de sus casas creyendo que regresarían como cada día, y que volverían a verse al día siguiente para seguir queriéndose como siempre. Aquella tarde, nadie podía decirles, cuando salieron, que todo cambiaría a partir de entonces, que ya nada volvería a ser igual, que sería la última vez. Aquella tarde, tuvieron un accidente y la chica entró en coma como resultado del mismo. Muchas veces he intentado comprender cómo pudo sentirse el chico después, pero creo que nadie podría sentir ni una mínima parte de cuanto pudiera sentir él: culpabilidad, tristeza infinita, necesidad de que el tiempo retrocediera e impotencia al saber que es imposible… Estuvo visitándola a diario; ambas familias intentaban que reaccionara, pero las noticias eran siempre las mismas: seguía en coma. Ignoro si murió, si despertó… No he vuelto a saber de ellos, al igual que de muchos de los compañeros de aquel colegio. Pero yo quiero pensar que ella despertó, que él seguía allí, que aquella tarde quedó como un mal recuerdo en sus memorias, que fortaleció su relación y que siguen queriéndose hoy en día y viven felices. Pensar lo contrario es cruel.
Como cruel fue enterarme, ya en años de facultad, de la muerte, también en accidente de tráfico, de un chico que entró en el último curso, lo que entonces era COU. Un alumno de matrículas de honor, un niño respetuoso, bien educado, tímido, discreto, inteligente, también con una gran personalidad, también omitiré su nombre. Murió el mismo verano en que nos presentamos al examen de selectividad, con dieciocho años.
El dinero no nos aporta valía como personas ni nos protege de la crueldad de la vida. No nos hace mejores, no nos convierte en lo que no podemos ser ni nos libra de ser lo que somos. Nos puede aportar cierta tranquilidad, estado de bienestar; pero sólo al ser social, porque al ser humano, le deja tirado con sus miserias sin posibilidad de evitarlo.

Estudié el BUP y el COU en el Colegio San José de Estepona. Allí estudiaban buenos chicos, buenas chicas, niños insoportables, niñas descerebradas… De todo, como en botica. Pero, sobre todo, estudiaban allí seres humanos, y todo ser humano acarrea una historia que va más allá del contenido de su bolsillo...

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