jueves, 18 de julio de 2013

6. MONSTRUOS, VÍRGENES Y TRADICIONES



Miércoles, 17 de Julio de 2013: Monstruos, vírgenes y tradiciones.
Para emprender el viaje hacia Maternidad, tuve que cambiar todas mis monedas.
Lo normal es que una niña pequeña juegue a ser mamá con sus muñecos y sus peluches, que les dé el biberón, les cambie los pañales, les cure las pupitas… Si al cabo de los años esa niña se ve capacitada para ser madre o, por el contrario, la llamada de la Naturaleza no va más allá de ir al baño cada mañana, ya es otra cuestión. A mí, sin embargo, me ocurría lo contrario.
Mi instinto maternal, más que dormido, parecía estar muerto. Era una rubiaza despreocupada, carente del nivel de responsabilidad que supone criar a un hijo, me gustaba una marcha más que a un gorrión un tejadillo y, cuando me aburría de todo, me recluía en casa a leer, escribir, ver películas de alquiler (entonces aún subsistían algunos videoclubs)… Elegía mi ocio, trabajaba casi todo el día, algunos fines de semana y vacaciones me iba con la bicicleta de montaña donde me parecía… Si me aburría de vivir en un sitio, me iba a otro… Y siempre andaba en busca de la felicidad.
Del instinto maternal, ni rastro.
Pero un día apareció, y cambié todo lo que tenía por tener en mis brazos a mi primera ninfa, mi hadita, mi princesa… Cómo pasa el tiempo…
No me quedé ni un solo billete, nada. Lo cambié todo. Absolutamente todo. Mi vida dio un giro de trescientos sesenta grados.
Y dejé de buscar la felicidad, porque apareció con ella.

Tres años después, y segura ya de que no me quedaba ni una sola de las antiguas monedas, ni una de recuerdo, en el bolsillo, llegó la segunda ninfa, sin esperarla. Pero llegó, gracias al Universo…
Mi madre y mis hermanas, el tito Daniel, la Titacarni… No soy la única para quien las niñas, mis hijas, son lo primero y principal. 
A veces las miro, y pienso en cómo dos personas tan pequeñitas, con tan poco mundo recorrido, con tan poca vida vivida… pueden serlo todo para tantas personas adultas. Una sonrisa, un gesto, un beso, un abrazo, una mueca y hasta un mohín… Cualquier cosa que hagan, nos hace sonreír.
Y sí, mi hermana caminó hasta la playa de El Rodeo, diez kilómetros, si no más. A la vuelta ya ni me hablaba. Las niñas se quedaron dormidas en el carro de senderismo (el cual, por cierto, siguió levantando expectación hasta el último día) casi llegando a casa de los abuelos, y mi hermana iba secándose la cara y sin hablar.
No contentas con esta caminata, en El Ingenio, una barriada (o sub-barriada, si tenemos en cuenta que mi pueblo natal no es municipio, sino barriada de un municipio), había verbena, la feria de la Virgen del Carmen. Ángela, que oye la palabra feria y se coloca la peineta (el vestido se lo pone hasta para ir a la heladería), no podía faltar ¿Una feria a menos de tres kilómetros y ella en casa? ¡Ni loca! Así que ahí nos terminamos de colocar la medalla, porque, como es de suponer, fuimos caminando. Pese a estar poco tiempo en la feria, Ángela amortizó la caminata subiéndose a todo lo que pudo y chantajeando a su tito Daniel y a su papi Jose para que tirasen pelotas con el fin de conseguirle un peluche. Obviamente, por el hecho de decir “Me han conseguido esto en una caseta de feria”, porque en cualquier bazar te gastas menos en un peluche. No obstante, tito y papi son pésimos tiradores de pelotas, y Ángela tuvo que volverse a casa sin muñeco. Tal vez otra niña habría insistido en continuar gastando dinero; a ella, a mi princesa, a mi inteligente, racional y encantadora hadita, sólo le hace falta que mamá le explique por qué no puede insistir, y se acabó la película. Aún no entiende por qué, si está de vacaciones con sus titas, tiene que irse el sábado con su padre biológico, cuando otros años no la ha reclamado, aunque eso no lo entiendo ni yo. Pero sí comprende que el gasto desmedido no tiene sentido, y lo acepta sin protestar.
Al día siguiente, el domingo, llevamos a las niñas a un parque que inauguraron en el pueblo hará un año, un parque con muchos carriles, distintos espacios, ánades, merenderos… a las doce del mediodía de un hermoso domingo del mes de julio: 42 grados, como mínimo. Pese a las risas en la tirolina, las ocurrencias, las monerías de las niñas… el mejor momento, sin lugar a dudas, fue el “momento fuente”, cuando pudimos “remojarnos” sin pudor (¿qué pudor vas a tener cuando no hay nadie más que tú en un parque de no sé cuántos mil metros cuadrados?). Me costó la misma vida despegar a las niñas de los “chorrillos” (¿por qué les gustará tanto a los niños jugar con el agua?). Valeria no paraba de humedecer una toallita diciendo que se la iba a enseñar a la abuela. Ángela no necesitaba excusas.
Cuando íbamos hacia casa de los abuelos a almorzar, le dije a mi hermana, bromeando: “Qué tranquila te vas a quedar, tita Ali…”, y empezó a silbar. Las echará de menos.
Por la tarde tuvimos que seguir dándonos “manguerazos” en la terraza para esquivar el calor. Las niñas tuvieron más suerte: caben en la piscina hinchable.
Era el último día en casa de la tita Ali. El lunes nos veníamos a pasar la segunda semana de vacaciones a casa de la tita Elena y el tito Daniel (el admirado, adorado, venerado e idolatrado tito Daniel, sobre todo para Valeria).
Mis hijas no van a contar unas vacaciones en un hotel con piscina y spa, ni un viaje a algún parque temático… Mis hijas van a contar que han hecho mil cosas diferentes con quienes más felices las hacen porque son quienes más las quieren: su familia. Y, gracias a su familia, mi familia, mis hijas están disfrutando de sus vacaciones.
La tita Elena y el tito Daniel viven en Estepona, son menos protectores y más inquietos. El lunes por la noche fuimos a carajo sacado porque el plan era ir a ver Monstruos University al cine de verano, que está instalado en la antigua plaza de toros, junto a su casa, deo gratias. Y digo deo gratias porque llegamos con la lengua fuera, y porque a la vuelta Valeria ya llevaba media película durmiendo. La primera mitad se la pasó hablando, y la segunda mitad, durmiendo, y el tito Daniel tuvo que traerla de vuelta en brazos…
El martes por la mañana las bajé un rato a la playa. Tenemos una playa a cinco minutos: cruzar la calle y bajar a la arena. Adiós a mis largas caminatas. Lo siento por las personas que no podrán quedarse mirando nuestro carrito de senderismo… Después de ducharnos, hacer el almuerzo, recoger la casa, la ropa, la cocina, barrer, poner la lavadora, tender la colada… estuvimos viendo una película (de Disney, por supuesto) y Valeria se quedó dormida.
Estepona es un pueblo de mar y de tradición pesquera. Su patrona, por supuesto, la Virgen del Carmen. Ayer era día festivo en la localidad, y fuimos a ver la procesión de la Virgen y a los barcos aproximándose a la orilla del mar, engalanados con flores y banderines, para saludar a su señora. Soy nada creyente y menos devota, pero respeto la devoción ajena cuando es sincera y deriva de una fe verdadera. No comprendo una religión por tradición, pero sí una creencia por convicción. No me gusta una procesión por sus ancestros, me gusta una procesión por su trascendencia artística (aunque el arte me resbale y no es algo que me enorgullezca pero tampoco es algo que me avergüence, simplemente es así) y su relación con la fe. Me gusta ver a personas bajo el trono con cara de estar pasándolo mal y, sin embargo, felices, orgullosos de portarlo por estar seguros de estar rindiendo culto a su santo; detesto ver figurantes bajo los tronos, me parece una burla y una falta de respeto a quienes de veras sienten y creen en lo que hacen. Sólo he visto cuatro vírgenes del Carmen, y ninguna de ellas era ostentosa. Imagino que sería absurdo que los pescadores, cuya humildad se da por supuesta por lo esclavo y peligroso que es su trabajo y lo mal recompensado que está, sacasen un trono de siete metros con ornamentos de gran valía. Además, mete tú en el agua un tronazo de las dimensiones de una Esperanza… A las niñas les encantó la experiencia. Después las llevamos a un parque a que jugaran un rato y cenamos en un bareto de los que a mí me gustan, donde nadie te mira mientras comes y puedes beber un trago de cerveza mientras engulles unos calamares fritos o unos trozos de jibia a la plancha, donde te puedes poner púa sin que el de la mesa de al lado esté pensando “Así está…”. Comer es comer, qué leches, y no entiendo la nueva cocina, las tapas modernas con nombres imposibles y platos enormes para servir una gamba con dos canónigos y una rayita de salsa de higos chumbos al vino de no sé qué cruzándolo sin llegar a los bordes. Hace muchos años, unos veintitrés o veinticuatro años, cuando mi padre aún estaba en activo y todavía íbamos a Madrid a ver a la familia en pleno mes de Junio con el aire caliente del interior cuarteándonos los pulmones… le encomendaron la misión de captar información sobre la cocina de un restaurante de los de cinco mil de las antiguas pesetas por cubierto (y hablamos de los ochenta), lo que hoy en día se traduciría en unos sesenta u ochenta euros por comensal. La cena: un plato enorme lleno de aire en cuyo centro había que buscar (sin lupa, lo cual complicaba la tarea) un nido de patata con algo en su interior, a cuyo alrededor habían dispuesto unas hojitas QUE NO ME DEBÍA COMER porque eran la decoración, y con un manchurroncillo de salsa de algo a un lado. Un camarero que más bien parecía una esfinge salvaguardando la entrada a las pirámides, tieso como un junco, vigilaba que las copas no se vaciaran; no hacía falta avisarle: él mismo volvía a llenar. De no haber sido casi una cría o no haber estado mis padres, habría puesto la mano en la copa sólo por comprobar si me lo habría servido igualmente. Pero la gracia me habría costado una bronca, así que me la guardé para mí. En una de las mesas del restaurante había un político, un ladrón en ciernes, pero ahora mismo no recuerdo si era Chaves o Gallardón. Tanto da: ambos vivían ya, por aquellos entonces, del erario público. Y estaban comiendo en el que era el restaurante más caro de Madrid. Políticos aparte, después de la crema de pululú con putufuá invisible, el ya mencionado nido de patata también invisible, los patés de cremas extrañas que daban para un colín y medio, y lo que parecían ser sesos de algún bicho en salsa de algún vino, nos trajeron una bandeja de pastelitos enanos, pero tampoco dieron para paliar el hambre que estábamos pasando. Cuando llegamos a casa de mi difunta abuela ya era demasiado tarde y mi madre no podía ponerse a cocinar, así que nos hicimos un pedazo de bocata de jamón con media barra de pan cada una. Desde entonces odio la cocina tonta, y siempre que veo a alguien comiéndose una minicroqueta de boletus y cabrales con salsa de Jerez sobre lecho de rúcula o alguna pijada similar… pienso: “Tú te vas a hincar un pedazo de bocata de jamón en cuanto llegues a tu casa…”.
Después de inflarse de almejas y pescaíto, Valeria se quedó dormida en su silla de paseo. Hacía tiempo que no quería salir en la silla. De hecho, tengo una en Málaga que lleva, poco más o menos, un año en el trastero, y ni la recuerda. Sin embargo, aquí, donde los trayectos son más cortos, pide silla de paseo. Y, mientras ella dormía, la tita Elena, el tito Daniel y yo jugábamos a palabras encadenadas con Ángela.
Cayeron rendidas en la cama.
Hoy ha sido un día más tranquilo, con sesión de playa vespertina con las titas y el tito.
El día se ha visto empañado por un incidente con Ángela. Sigue sin comprender por qué su padre quiere que se la lleve a Málaga el sábado en lugar de venir él a verla aquí como ha hecho otros años, o como hizo su papi Jose el fin de semana pasado para verlas a ella y a su hermana. Me pidió que le llamara y volviera a pedirle que sea él quien venga aquí, pero le dije que yo no podía obligarle y que no dependía de mí. Quiso llamarle ella misma, y su padre, por supuesto, se colocó el halo para decirle, de nuevo, que no y soltarle un rollo sin pies ni cabeza. En teoría, un padre y una madre deben pensar en el bien y la felicidad de sus hijos, y no en fastidiar al excónyuge haciendo invisibles a los niños, sus intereses y sus sentimientos. Por los motivos que sea o por los factores que hayan cambiado en su vida, y me reservo la opinión, prefiere pasar por alto el bienestar de su hija con tal de salirse con la suya. Porque fue siempre uno de sus grandes defectos: tratar de salirse con la suya pese a todo y a todos. El otro… o uno de tantos… manipular a los demás haciéndoles creer que es quien, no digo que no, le gustaría ser pero nunca logrará ser… y no gasto ni un minuto más en hablar de alguien que hoy le ha dado el día a mi hija… Por fortuna, tiene muchas personas a su alrededor que sí la quieren y piensan en ella, y la han hecho feliz el resto del día.
Mi hermana Alicia vino por la tarde para ver a sus sobrinas (ya sabía yo que las estaba añorando), y bajaron a la playa las dos titas y el tito con mis dos princesas; yo fui a comprar tabaco con tres factores en mi contra: hacía calor, no sabía dónde había un cajero, y tampoco dónde había un estanco. Otra caminata sudando como un gorrino. Y, como si alguien me estuviese vigilando con una cámara para reírse de mí… el estanco más cercano, cerrado; el cajero más cercano, fuera de servicio… Así que, en el estanco más alejado, tuve que comprar tres sobres de tabaco de liar para que me permitiesen pagar con tarjeta. Tengo tabaco para más de un mes.
Prefiero la playa a altas horas de la tarde o a primera hora de la mañana; el resto del día, la playa se la pueden quedar los pulpos. Sin embargo, cuando hay que llevar a las niñas, la hora de ir a la playa es cuando se pueda. Hoy, al menos, hemos podido ir por la tarde, a partir de las seis, a esa hora maravillosa y mágica en que el sol se refleja en la arena mojada y las olas llegan limpias a la orilla, la espuma es blanca en lugar de parduzca, y no es absolutamente necesario embadurnarse de potingues porque el astro rey calienta pero no achicharra la piel; a esa hora no hace falta recorrer los doscientos metros lisos para que no te quiten el único hueco libre cerca del agua, porque puedes colocarte en cualquiera de las posiciones que los bañistas ya empiezan a abandonar. Nos hemos bañado, hemos jugado con la arena, y hemos descubierto que mi Valeria es más maruja aún que su madre: le gusta pasear por la orilla de la playa.
Mi hermana Alicia ha vuelto a su casa y, después de cenar las niñas, hemos cenado nosotros tres con vinito incluido.

Unas buenas vacaciones, como dije anteriormente. Vacaciones en familia, con la familia. Os quiero; y mis hijas, más. Guiño y besito.

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