martes, 16 de julio de 2013

5. TREINTA KILOS DE ESTRÉS



12 de Julio de 2013: 30 kilos de estrés.
Otra visita a mi amigo el médico de cabecera. No me ha hecho falta rogarle una cita con el endocrino: él mismo me la ha dado, no sé si con convicción o para que le dejase en paz, y ha escrito, en el informe en que basa el requerimiento
de la cita, la palabra OBESIDAD. Soy obesa. No gorda, no: obesa.
Todo comenzó hace casi un año.
Tras un período de inactividad después de ser despedida, seguía en paro y, por el motivo que fuese, empecé a coger kilos. Al parecer, según las analíticas que me han hecho y sin que yo pueda explicar cómo, aunque para el médico sea evidentísimo, he padecido estrés (en base a no sé qué niveles de no sé cuántos componentes de la sangre) y mi sistema inmunológico que, según me contó en unos términos imposibles de reproducir para mí, es una mala bestia, empezó a generar anticuerpos para defenderse de tal desequilibrio. Mi tiroides se aceleró, y a mi vikingo sistema inmunológico no se le ocurrió otra cosa que ralentizarla; mira qué mono. Desde hace ya años tengo una hernia, una protrusión y una deformación en una vértebra, todo ello en un reducido tramo de la columna vertebral, el que va de la L4 a la S1; además, una lesión plantar y las rodillas hechas migas. Sobra decir que treinta kilos más de peso no ayudan. Pero no puedo adelgazar y sí seguir cogiendo peso aun con un tratamiento para el hipotiroidismo. Total, al endocrino el día 19 de agosto. A ver qué me cuenta el especialista.
Aproveché que me acercaba a mi hogar, en este interruptus vacacional, para regar las plantas. Mis plantas no son precisamente hermosos ejemplos de los milagros de la Naturaleza, a menos que tengamos en cuenta lo milagroso que resulta sobrevivir dentro de una maceta  cuando la mitad de los días no se acuerdan de regarte y tu ubicación es poco menos que la fábrica del viento. Hará un mes, mi cuñado nos dio unos planteros de chícharos y los puse en un arenero reciclado como micro-huerto para que mis hijas los cuidaran. No he visto ser vivo con más arrestos que esos chícharos. A los pocos días de plantarlos, a mis niñas les pareció una buena idea hacer barbecho en la tierra ocupada, y sacaron una quinta parte de dicha tierra; no pudieron vaciar el micro-huerto porque las pillé antes. También tengo un jazmín. Normalmente, un jazmín de casi seis años ya estaría ocupando media casa; además, es el inquilino del mayor tiesto, me hicieron falta dos sacos para llenar de tierra el macetón que alberga sus raíces. Pues no. Mi jazmín mide, a lo sumo y contando con la maceta, metro setenta. Pero también es un ejemplo de supervivencia: se ha secado tres veces y, cuando parecía muerto del todo (el pasado invierno), renació cual Ave Fénix y ya vuelve a tener flores y todo. El rosal, otro walking dead que no quiso rendirse. Y así, una azotea llena de plantas a medio camino entre el verde y el amarillo moribundo. También hay un par de “féretros” con cadáveres vegetales en su interior; a simple vista, son macetas con tierra, con alguna planta a punto de germinar. Pero sólo son tiestos en cuyo interior un día hubo un ser vivo y hoy en día sólo hay muestras de lo mal que se me da la jardinería.
Y, a todo esto, ¿de qué estaba hablando yo? Ah, sí, retomo el hilo.
Como estaba diciendo, fui al médico para conseguir una cita con el endocrino. Después, para romper un poco con mi rutina de no comprarme ropa y para poder ir medio decente a la boda de una amiga, me pasé por la macrotienda más barata de la ciudad y, de todo lo que me probé, que vino a ser medio establecimiento, me gustaron un par de cosillas que me llevé para probármelas de nuevo, esta vez ante los objetivos ojos de mi hermana por si alguna obtenía su visto bueno. Yo nunca me había comportado así; quiero decir, no necesitaba que nadie me diera su opinión, realmente, porque me gustaba de cualquier manera. Pero es que no sé vestir con los treinta kilos de más. Y no es que yo piense que la gordura no es estética: es una forma del cuerpo, ni mejor ni peor, unas personas son delgadas y otras son gordas. Pero yo no sé ser gorda, y siempre que lo he estado, no he conseguido aprender a vestir en consecuencia. Veo personas que están más gordas que yo, y van guapísimas con una camiseta y unos vaqueros. Yo voy hecha  una andrajosa. Sin embargo, encontré un top muy baratito y muy favorecedor que me puedo poner con mi eterno vaquero negro y voy de maravilla. Creo que va a ser la próxima prenda mejor amortizada de mi armario.
Cuando iba a recoger el coche del parking me atendió una chica en la ventanilla de validación de tickets . Me llamó la atención su simpática naturalidad de cara al cliente. Era una de esas personas que te obliga a sonreír sin que te des cuenta, siquiera. Cuando llegué al coche me di cuenta de que esa chica era gorda.
Y lo reconozco: últimamente, los comentarios de algunas personas, patéticamente cercanas, me estaban haciendo sentir mal por estar gorda. Pero esa chica de la ventanilla de los tickets, sin saberlo, me ha hecho un bien tremendo: la mayor parte del tiempo no vemos gordos y delgados, sino personas agradables o personas desagradables.
Llegué a casa casi a las seis de la tarde, y mi hermana aún conservaba la calma. Si ya lo digo: mis niñas son dos ángeles. Claro que la mayor parte del tiempo han estado en la oficina con mis dos hermanas y mi cuñado; igual, sin la caballería, habría sido más difícil. De todos modos, mi hermana es para mí una de las personas más fidedignas para cuidar de las niñas, porque es sobreprotectora al máximo (ya lo era cuando éramos niñas, y a veces hacía más daño el tirón del brazo que el peligro en sí). La sobreprotección en los niños no es adecuada porque suele restar autonomía en el desarrollo; pero, para quedarme tranquila mientras yo no estoy, prefiero este inadecuado método, la verdad. Y, hablando de mi hermana, mañana vendrá a la playa con nosotras, ya que los sábados no trabajan. Le he pedido que vayamos caminando y me ha dicho que sí. Conociéndola como la conozco (casi mejor que a mí misma), creo que o no se lo ha pensado bien, o se ha envalentonado porque vienen las niñas y es más fuerte estar con ellas que su propio miedo al tándem calor-ejercicio.

Mañana lo averiguaré.


4 comentarios:

  1. Tan real como la vida misma y muy identificada. Ánimo y sigue escribiendo. Me encanta como escribes!

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  2. Muchas gracias, reina ¡¡¡Así da gusto!!! :-)

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  3. Todavía me duele un pie de la caminata, que lo sepas :)

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  4. X-D ¿Comentario Anónimo? Jajajaja, ¡¡¡más de ésas nos hacen falta, que estamos entumecidas!!!

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