miércoles, 10 de julio de 2013

3. BENDITO VERANO


Martes, 9 de Julio de 2013: Bendito verano.

Ya hace dos semanas que terminaron el cole. De momento, sin incidentes. No sé si existirán los ángeles ni cómo serían en caso de existir, pero seguro que tendrían un aspecto muy parecido a mis dos niñas. Al margen de las típicas discusiones de hermanas (yo quiero esto, pues yo también lo quiero, aunque tengan una habitación llena de juguetes y el objeto de la discusión sea una caja de cartón de un Happy Meal), y algún que otro acto de desobediencia que, por otra parte, les confiere cierto carácter de rebeldía y eso me gusta porque las predispone a ser antisistema… Por lo demás, nada relevante. Lo típico: Ángela, come, Valeria, que podrías caerte… Siempre procuro no decirles “Que te vas a caer”, porque lo hacen igualmente y, cuando terminan (de saltar por los sillones, de brincar en la cama, de correr por la terraza con los pies mojados, de hacer equilibrio en los bordillos de las aceras…) y no se han caído, me dicen: “¿Lo ves? No me he caído. No llevabas razón”. Y porque son demasiado pequeñas, si no añadirían “Chúpate ésa”. Con dos niñas que han aprendido a hablar inusualmente pronto y lo captan todo, hay que cuidar bastante el lenguaje y, sobre todo, la forma de enviar los mensajes para no acabar con la lengua metida por ahí.
Eso sí: estoy muy cansada. Soportar mi propio peso durante todo el día es agotador: 87, 90, otra vez 87, peor aún otra vez 90… Esos tres de diferencia pueden deberse a que la báscula no funcione correctamente. No obstante, ya no son 94, que era por donde se habían subido ya mis dimensiones con el maldito hipotiroidismo. De momento, mantengo la tiroides a raya, pero tampoco me puedo confiar. Además, y aunque lleve ya unos días con la espalda en silencio, Valeria ha vuelto a sus tradicionales desvelos nocturnos, y la noche que no vomita, viene a buscarme pidiendo agua, chupete, biberón, pipi… o simplemente a decirme “Quiero contigo, mami”. Y entonces le digo “Vente a la cama de mami” y ella me responde, con los ojillos medio cerrados y los movimientos torpes propios de quien camina entre el mundo real y el de la inconsciencia “No, te sientas en el banquito”. Por banquito entendemos el taburete que hay en su dormitorio y sobre el cual me siento para leerles el cuento y cantarles la canción en las noches de rutina, y del cual, a veces, me he caído tras dormirme sin darme cuenta. “¿El banquito, Valeria? Cariño, mejor a la cama de mami…”, pero no la convenzo, “Vale, en el sillón”. El sillón es el sofá del salón. De ahí no me caigo, pero también me quedo frita. No han sido pocas las veces en que, habiéndose despertado ella y habiéndola devuelto a su cama dormida, yo me he sentado a esperar por si despierta, unos minutos de espera… y me he despertado a las seis de la mañana en la misma postura en que me senté.
Bendito verano, decía. Bendito y paupérrimo. Por este motivo, la amabilidad de mis hermanas y mi cuñado va a salvar nuestras vacaciones. Mis hijas adoran a sus titas y a su tito Daniel, y pasar unos días en sendas casas les hace muchísima ilusión. La debacle ha sido organizar todo lo necesario para pasar dos semanas fuera de nuestro piso (todo lo necesario salvo lo que se haya olvidado, cuya ausencia, de momento, ha pasado desapercibida). Precisamente ayer se fundieron las luces de cruce y las de posición. El coche llevaba tres días parado (el ahorro en gasolina está siendo otra bendición desde que acabó el curso escolar). Las niñas, aburridas y media de estar encerradas en casa sin poder siquiera subir a la azotea porque su histérica progenitora tiene que hacer maletas y cargar maletero. La madre, pues eso, histérica dando vueltas por la casa y con la mente abarrotada de “datos de equipaje”: los biberones, el ciento y la madre de pijamas para Valeria que está todo el día tirada en el suelo, las mil y una braguitas necesarias por si por si por si, no sé cuántas braguitas de bikini también por si por si por si, equismil camisetas, tropecientos cuentos, los cuadernos de actividades para seguir intentando controlar la rutina, ay que me olvido de las cosas de aseo, lamadrequemeparió que me dejaba el cargador del móvil… Y, como vamos a casa ajena, la bolsa de reciclaje utilísima para transportar viandas varias y evitar que se pudran en la nevera.
La hora de partida era antes del almuerzo. Pero la hora REAL de partida acaba siendo después de la merienda ¿Por qué camino, mamá? Por el bonito ¿El más corto o el más rápido? Ángela siempre pregunta lo mismo. El más rápido es la costa, pero también es el más congestionado de tráfico, el más peligroso, el más trillado y el menos atractivo. Yo, que soy más de campo que las amapolas, prefiero el más corto aunque sea el más lento, porque también es el más tranquilo, el menos peligroso y el más vistoso: bosque, pinos, alcornoques, castaños, montes, montañas… Sí, también algún que otro desaguisado por culpa de las canteras; pero, en general, atravesar pueblitos y respirar el olor de la Reserva de la Biosfera me es más grato que esquivar coches de alquiler por una carretera más antigua que las propias playas con innumerables incorporaciones desde las que los conductores se lanzan como si estuviesen solos en el mundo.
El camino más corto, tranquilo, sin apenas tráfico y más bonito desde nuestra casa a mi pueblo natal, me traslada, casi siempre, a épocas en que mi culo aún cabía en el asiento del coche y mis pechos apuntaban al frente. Esta misma tarde, antes de entrar al baño, mi hija mayor me recordó que “tienes la barriga grande y las tetillas hacen así” y mueve las manos hacia abajo. Muy observadora, cariño mío, muchas gracias. Y es cierto: apenas nos damos cuenta de cómo vamos cambiando, y un día te cruzas con alguien por la calle y no te reconoce, o no está seguro de haber acertado en el reconocimiento, y te das cuenta de cómo ha pasado el tiempo. Para mí hubo un antes y un después… porque yo era Campanilla y seguí siendo Campanilla aun después de la maternidad… Pero no voy a contarlo ahora. En otro momento, tal vez.
El paisaje… el sol vertiendo sus últimos rayos sobre el perfil de los montes, derramando su sonrisa anaranjada entre las ramas de los árboles, el aire revolviendo los cabellos que se me van escapando de la coleta (muy mal hecha, por cierto, porque el coletero era demasiado pequeño: ya apareció el primer objeto necesario olvidado), el olor a pino y a no sé qué más porque del pino y el algarrobo no salgo (soy de campo porque me gusta el campo, pero de campo entiendo lo que yo me sé), las chicharras, las mismas que oía de pequeña cuando iba a pasar el día al río (cuando digo “las mismas”, obviamente no me refiero a que sean las mismísimas chicharras de entonces, porque ésas sabe dios cuándo murieron, sino el mismo tipo de insecto con la misma música estival)… Mi madre se crió en el río. No dentro del río, no es una tortuga; se crió a orillas de un río. A ese mismo río nos llevaban algunos domingos a pasar el día. Las abejas no dejaban de revolotear alrededor de la comida, las moscas se pegaban a todo lo que veían y las hormigas trataban de llevarse hasta la tortilla de patatas; pero merecía la pena por jugar con mi abuelo en las corrientes a botar barquitos hechos con juncos, buscar espárragos, comer tallos de palmito (especie protegidísima hoy en día)… Almorzar a la sombra de los eucaliptos es como almorzar sin sombra, porque no suelen ser tan frondosos como para no dejar pasar el sol, así que acabas almorzando al solysombra. Pero son recuerdos adorables.
Al fin llegamos. Después de descargar todos los bártulos, cojo el bolso y aviso a las niñas: “Voy corriendo a comprar la leche antes de que me cierren el supermercado. Os quedáis con tita. Portaos bien”. Corriendo es poco: volando. Sé que mis hijas son encantadoras, y sus travesuras no van más allá de saltar y gritar, si acaso pintar donde no se debe en el caso de la pequeña, porque aún no ha comprendido bien las normas: hasta agosto no cumple tres años. Pero a mi hermana la pueden volver loca en cero coma si no me doy prisa. Casi me dejo la tarjeta en el datáfono. Vuelvo y mi hermana sale a la puerta: “Tú, pon orden aquí porque a mí no me hacen caso”. Ángela y Valeria están en la terraza, desnudas, jugando a echarse agua con la manguera. Salen corriendo y gritando mamámamámamá, y vuelven a correr hacia la terraza. Sin mediar palabra, empiezo a contar en voz alta: uno, dos, tres, cuatro (Ángela firme), cinco, seis (Valeria firme). “¿Ves, qué fácil es?”, “Sí, fácil para ti…”, mi hermana con las toallas preparadas. No sé por qué, pero los mismos métodos que utiliza una madre, con los mismos niños no los puede utilizar otra persona; simplemente, no funcionan.
A Valeria le da miedo el maniquí (“manillar” según ella, “manatí” según Ángela) que mi hermana tiene en la entrada de su casa, y no se atreve a ir hacia la cocina. También le da miedo un muñeco Chewaka o Chewbacca o como se escriba. Ella tiene uno que le regalaron los Reyes Magos en casa de tita Elena y tito Daniel, pero es muy pequeñito y emite ese rugido de oso grizzly que emite el personaje de Star Wars. Éste es más grande y silencioso y le da miedo.
Cena y a dormir. Primer día de vacaciones liquidado. Y mañana…

6 comentarios:

  1. Enhorabuena a esa madraza y buena amiga, además de interesante escritora. Joloro.

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  2. Antonio C. Conejo15 de julio de 2013, 9:48

    Qué arte..... no ha llegado a carcajada, pero me has dejado la sonrisa del lunes. Me ha encantado. Precioso. Gracias.

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  3. Muchas gracias, amigos, por vuestras palabras y por vuestra lealtad :-). Un besote.

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  4. Me ha encantado, he visto perfectamente la cara de tu hermana... Me has hecho reír. Besos? Juan Diego

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  5. Gracias, amigos, por vuestra colaboración ;-)

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