martes, 30 de julio de 2013

10. ORDEN, DESORDEN Y LAS FASES DEL SUEÑO


Lunes, 30 de julio de 2013: Orden, desorden y las fases del sueño.

Mientras vuelvo a ver “Network: Un mundo implacable” y disfruto de la siempre extraordinaria calidad interpretativa de Robert Duvall, pienso en todo lo que tengo que ordenar: las fotos, los armarios de la cocina, los papeles de las cajas (cajas de ordenación, las llaman…), el espacio bajo la escalera de caracol, el casetón, mi vida, mis ideas, mis sentimientos, mis sueños… Por eso siempre os insisto tanto en que ordenéis el cuarto de juegos: no quiero que seáis como yo.
“Network: Un mundo Implacable” es un rodaje estrenado en 1976. Siempre he dicho que, de haberme sido concedida una mejor memoria, podría haberme considerado cinéfila; pero nunca recuerdo los nombres de directores y guionistas… Está protagonizada por Faye Dunaway, Peter Finch y William Holden (siempre que menciono a Holden, me acuerdo de “El Puente sobre el Río Kwai”), y, como secundario de lujo, Robert Duvall. Para mí, y pese a la genialidad de este actor, Duvall siempre será Tom Hagen, el abogado de los Corleone. No sé qué hago hablando de cine norteamericano, cuando tengo tanto por ordenar…
Mientras escribo estas líneas, te has levantado de tu cama y, con Toti bajo el brazo y restregándote los ojillos, me has dicho: “Mami, ya no tengo hipo”. Justo antes de dormirte, me pediste un biberón, pero entonces tenías hipo y no quería arriesgarme, porque no sería la primera vez que vomitas después de tomarte un bibi con hipo. Como de costumbre, tú, mi chiquitina, de ideas fijas: te has dormido pensando en el biberón y te has despertado como si hubiesen transcurrido cinco minutos en lugar de cuatro horas. He vuelto a dejarte en tu camita, te he preparado un biberón, te lo has tomado, te has dormido… y no han pasado ni diez minutos cuando ya te tenía otra vez en el salón: “Mamá, no me gusta mi cuarto esta noche”. Te he preguntado si preferías dormir en mi cama, con tu hermana y conmigo, y has afirmado con un movimiento de cabeza. Tu hermana se vino de okupa a mi cama cuando finalizó el curso, y ya ni siquiera pregunta: cuando digo “A la cama, que ya es tarde”, ella se dirige a mi habitación.
Y ahí sigues durmiendo junto a tu hermana, más a gusto que un gorrinillo en un charco y sin plantearte escapar de la fase REM, o cualquiera que sea la fase del sueño en la que te encuentres ahora mismo. Hace tiempo, leí bastante acerca de las fases del sueño, cómo y por qué se producían, cómo influían en nuestro subconsciente y en nuestra vida “despiertos”… Pero, como tengo esta memoria de pez… O, como suele decir tu tito Daniel, “A ver cuánto tarda mi cerebro en eliminar la información que acabas de darme”, como alternativa eufemística al más doloroso “Me importa una mierda lo que me acabas de contar”. Pues eso mismo debió de importarle a mi cerebro todo el asunto de las fases del sueño… Hace años que pienso que mi cerebro y yo no seguimos la misma senda, porque me interesan muchos temas que él se empeña en archivar en sabe dios dónde. O será que lo tengo tan ordenado como el resto de mi todo…
Y mira que me esfuerzo… pero nada…
De hecho, he levantado la vista para tomar un sorbo de café, y ahí está: la colada de ayer recogida en una cubeta esperándome para ser doblada; y yo, esperando a que se doble sola… y la una por la otra…
Fíjate si soy desastrosa, que el jueves por la noche me puse a escribir una entrada y, cuando ponía la fecha, automáticamente me saltaba un día diferente. Yo estaba segura de que era JUEVES 24, porque el SÁBADO 26 era la boda de nuestra amiga Sonia. Pero el ordenador se empeñaba en engañarme y decía que no, que la boda de Sonia y Antonio era al día siguiente, el VIERNES 26… ¡¡¡Pero si acabamos de llegar de las vacaciones, y tengo que planchar nuestros vestidos!!! Como las hormigas cuando se les coloca un obstáculo inesperado en el camino… ésa era yo, una hormiga desorientada con un ataque de nervios. No podíamos faltar a la boda de nuestra amiga Sonia, así que le escribí un mensaje: no sé en qué día vivo. Tratándose de Sonia, tampoco era tan grave: ella es igual que yo, y es, entre los cientos de motivos, uno de los que nos permiten comprendernos tan bien. Estábamos invitadas, nosotras y tu padre, desde hacía seis meses, pero aún no nos había dado la invitación, pese a habernos visto y haber hablado del día D en varias ocasiones ¿Solución? Me mandó la imagen por whatsapp tres días antes. Por eso no era tan grave el despiste, ya que, al fin y al cabo, y aun teniendo que planchar los vestidos a carajo sacado esa misma mañana, íbamos a estar allí sí o sí porque se trataba de Sonia. Y con la prometida pamela negra.
El VIERNES 26 me levanté muy temprano, aun habiendo dormido mucho menos de lo que mi cuerpo y mi cerebro necesitaban, desayunamos, nos duchamos, planché vuestros vestidos y mi top, y llegamos al Juzgado un cuarto de hora antes de que la boda diera comienzo; la boda formal, como firma de un contrato entre dos adultos que, en plena posesión de sus facultades mentales, acuerdan acogerse, en lo sucesivo, a lo establecido por el Código Civil sobre el matrimonio (la jueza mencionó todos los artículos, pero ni los recuerdo del tiempo que estuve en Derecho, ni me molesté en atender el otro día: era una boda, no una clase de Derecho Civil); la celebración era más tarde. Tu padre llegó después de los aplausos.
Ahora mismo estoy dudando sobre si estás en la fase REM o en alguna etapa de la fase NOREM, porque no paras de hablar en sueños y protestar por algo ininteligible. Has vuelto a despertarte, me has pedido agua, has vuelto a dormirte… Espero que sólo sea por esta noche, que no vuelvas a tus terrores nocturnos de los casi tres primeros años. Ya llevas unos cuatro meses durmiendo más o menos del tirón, con alguna salvedad. Los dos primeros años de tu vida fueron de pesadilla; recuerdo una noche del verano del 2011, unos meses antes de que me despidieran definitivamente. Pasaste dos noches de insomnio, y otras cuatro despertando cada diez minutos. Resultado: yo pasé seis noches de insomnio. Y cada mañana volvía a enfrentarme a mis cuatro horas de clase, la primera a las ocho y media. Y sin queja, sin sueño, dándolo todo… y aun así, prescindieron de mis servicios (otro eufemismo)… Aquella semana fue, sin lugar a dudas, la peor semana de tu vida: ni tú ni yo logramos descansar. Después estuviste una semana durmiendo de maravilla, pero no duró mucho. Y la santa paciencia que hace siete años no hubiera imaginado que podría tener, nos acompañó cada noche a ti y a mí, mami sentada en el maldito banquito psicópata que me hizo caer al suelo en tantos momentos de la fase del sueño ligero, mami cantando la misma canción una y otra vez, arrullándote y susurrándote “Tranquila, mamá está aquí, tranquila, mi amor” mientras tú dabas patadas al aire y manotazos que aterrizaban donde podían (normalmente, sobre mí), hasta que volvías a quedarte dormida, y otra vez el bucle hasta que el sol empezaba a dar los ¿buenos? días…
Y así, hasta hace unos cuatro meses. Sí, supongo que lo de esta noche se debe al calor. O eso espero…
Después de un fin de semana bastante tranquilo, disfrutando de nuestra casita y nuestra azotea, con visita de la tita Elena y el tito Daniel, un poco de playita hoy para recordar que es verano, ya os lo avisé hoy a tu hermana y a ti: mañana por la mañana toca limpieza general, y tengo que pasar la aspiradora, aunque te dé miedo. De hecho, has arrugado el gesto cuando te lo he dicho. No sé por qué le temes tanto a todo artilugio que genere aire, si vivimos en medio de un valle donde, el día que no hay viento, me quedo mirando al cielo con el corazón encogido por si es que ha llegado el fin del mundo. El viento es una constante en nuestras vidas. Al principio, cuando adquirí la vivienda, no subía a la terraza los días de viento. Más tarde pude comprobar que, o subía con viento, o no subiría nunca. Y ya veo volar los objetos por la azotea como el que ve brillar el sol.
Pero tú le tienes miedo a los aparatos eléctricos que “hacen” viento, ya sea hacia dentro o hacia fuera: secadores de pelo, secadores de mano, aspiradoras, ventiladores…
Pues sí, princesa mía, soy un desastre. He sido un desastre como hija, un desastre como pareja, un desastre como ama de casa, un desastre como administradora, un desastre como estudiante… Pero os miro, a tu hermana y a ti, os veo, os escucho, a diario, vuestra evolución, vuestra educación, vuestra felicidad… y puedo asegurar que NO soy un desastre como madre. Y, aunque nunca he sido conformista, yo, con eso, me conformo.
Dentro de un par de semanas cumplirás tres años. Me siento orgullosa de ti, de ser tu madre, de que llegaras a mi vida aunque fuese sin avisar… Si volviera atrás, volvería a decidir SÍ, SÍ y cien veces SÍ. Aun inesperada, fuiste una de las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. La otra, por supuesto, tu hermana.

Parece que ya te has dormido… y aunque no sé por qué fase andarás… yo también haré lo propio. Os quiero, princesas mías. Que descanséis.

2 comentarios:

  1. Con este diario, tus hijas tendrán un precioso recuerdo... y tú también cuando pintes canas. ¡Un beso, amiga "desastre"!

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  2. Gracias, Pepe. Lo de las canas... igual no tarda tanto como yo en engrosar el blog, pero espero que mis hijas, el día de mañana, puedan recordar a partir de él.

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