viernes, 12 de julio de 2013

4. HOY VIENE EL RATÓN PÉREZ


10 de julio de 2013: Hoy viene el Ratón Pérez.

Es su tercer diente. Mi rubia es ordenada hasta para mudar los dientes: empezó por un incisivo inferior, después el otro, y ahora el de al lado, ya recordaré el nombre… Éste me toca a mí. Cuando se le cayó el primer diente, le dejó una carta al Ratón Pérez pidiéndole que se lo llevara a su abuela. El segundo, para su tita Ali. Éste me toca a mí, aunque, por derecho, me voy a reservar también uno de los incisivos superiores alias paletones.
Cuando me asomé al dormitorio de las niñas esta mañana, Valeria ya estaba sentada en la cama anunciando la primera luz del día: “Mamá, ya es de día, hay que levantarse”. No importa a qué hora se acueste. En cuanto ve luz natural, Valeria pone en pie a toda la casa: y yo quería llevármelas a vivir a Noruega… Salimos a la terraza “a ver los pajaritos”, y me pregunté cuántos años llevarán ahí esos dos árboles gigantescos, y si no estarían aquí antes de que levantaran las primeras casas del pueblo. En realidad, esta zona es la más cercana a la que fuera la residencia de los fundadores, el antiguo cortijo, por lo que tampoco es demasiado descabellado suponer que ambos puedan ser tan antiguos como el propio pueblo. Aunque, si nos ponemos a echar años, ¿desde cuándo llevan ahí esas montañas que me evocan sensaciones de recuerdos que no tengo? ¿Y la edad del mar, ese horizonte calmo y apaciguador que delimita el fin de un mundo que sigue más allá del propio fin? ¿Y la edad de mis emociones, coincide con la mía o son mayores que yo o yo mayor que ellas? Si nos ponemos a echar años… Hay algo que me inquieta de esos árboles cuya edad ignoro: ¿hasta dónde llegan sus raíces y hasta dónde podrían llegar aún sus ramas y su follaje, si ahora mismo, sentada en la terraza de un ático en la cuarta planta, se ven como dos metros de sus copas? Si se convirtieran en un problema en caso de seguir creciendo, ¿cuánto tiempo tardarían en podarlos? Nunca había reparado en ellos…
Como corresponde a unas vacaciones en la costa (aunque, de hecho, vivimos en la costa), hemos ido a la playa. No nos hemos alejado demasiado, para poder calcular bien el tiempo. Sólo hemos ido a la playa del pueblo. Tanto la orilla como más adelante, es un puro empedrado. No es una playa apta para niños pequeños, porque no pueden disfrutar del baño. Se trata de una playa inmensa, sin espigones ni diques ni nada, abierta a las corrientes. Muchas veces han intentado enmendar este capricho de la Naturaleza echando toneladas de arena artificial o traída de otros lares. Pero sólo hay que ver los bordes completamente romos de los pedruscos del fondo para comprender que las corrientes marinas no van a permitir que el Ayuntamiento se salga con la suya. De hecho, si la playa “quisiera” tener un fondo arenoso, lo tendría. Así que verter toneladas de arena es pan para hoy y hambre para el resto del verano. Pese a los cantos, hemos disfrutado del rato de playa jugando en la orilla, a saltar las olitas, nos hemos dado un masaje de espuma de mar… Bajé hasta la playa caminando, con las niñas muy tranquilitas en el remolque de la bici. En el maletero cupo el remolque porque se pliega; la bici nos la tuvimos que dejar en casa. No obstante, es un remolque ambivalente que tiene una rueda desmontable para usarlo como carro de senderismo. A las niñas les encanta en su faceta manual, porque como remolque de bici tienen que llevar puestos los cascos, y les molestan. Hemos sido la atracción del pueblo. Imagino que de aquí a que nos vayamos, ya se habrán acostumbrado. La verdad es que el carro es aparatoso y tiene incluso amortiguación en dos de sus tres ruedas, pero me parece gracioso que llame la atención: sólo es un carro para llevar niños. Menos mal que no me traje la banderita…
Una caminata de media hora ida y media hora vuelta, me ha venido de maravilla. Sin embargo, la playa donde mis hijas pueden disfrutar del baño está un poco más alejada, por lo que mañana cambiaremos el itinerario y caminaré un poco más; si hoy han sido unos cuatro kilómetros, ida y vuelta, mañana serán unos diez. Sudaré más, pasaré más calor, me dolerán más unas piernas que se estaban acostumbrando al sedentarismo (cosa que no me hacía nada feliz), y, como premio, lo pasaremos el doble de bien porque podremos bañarnos DENTRO del agua y no JUNTO al agua.
Almuerzo, abuela, tito y titas, baño para deshacernos del salitre y la arena… y una granizada de café en una cafetería de la calle principal del pueblo, la que conocí toda la vida como “la calle de en medio”, donde mi madre, mi tía y sus amigas van cada tarde a tomarse el café, el té o lo que les apetezca, y a hablar de sus nietos (sobrinas-nietas en el caso de mi tía). A la vuelta, ya en casa de los abuelos, oigo a Ángela gritar como una posesa, y me asusto porque no entiendo qué está diciendo: al fin se le ha caído el tercer diente, el que miraba cada día en el espejo, el que empujaba con la lengua albergando la esperanza de que cayera de una vez para obtener su merecida recompensa del Ratón Pérez a cambio de una de esas piezas tan preciadas para el roedor. Pérez, que es muy desorganizado para algunas cosas pero muy previsor para otras, sabiendo de la inminencia del acontecimiento, tuvo la precaución de traer el regalo al pueblo: un bloc de dibujo con plantillas para diseñar la ropa de papel de unos maniquíes pintados en diversos folios. También tiene pegatinas y diversos lienzos con distintos “tejidos” para recortarle trajes. Le encantan estos entretenimientos, y recuerdo que yo, de niña, tuve una de esas ruedas de diseñar moda con la que pasaban las horas como una exhalación: somos clónicas.
Está preocupada por si el ratón no recuerda que ella está ahora aquí (no te preocupes, cariño, es un ser mágico que adivina los movimientos de todos los niños), por si se lleva el diente y no recuerda dejármelo a mí, pues olvidó mencionarlo en la carta que le ha escrito (no te preocupes, cariño, es sabio y te adivina el pensamiento).
Hemos cenado barbacoa familiar en casa de la tita Ali, y Ángela se ha ido a la cama con la ilusión del regalo que encontrará mañana por la mañana.

Y de nuevo, en la soledad de la noche, me he sentado frente a la pantalla para dedicarle un ratito a mi vía de escape, para disfrutar de lo único que conservo para mí misma: mi propia ilusión, mi propio sueño, lo único que todavía es sólo mío… escribir.

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