viernes, 25 de noviembre de 2011

1. PROFESIÓN: SUS LABORES


Jueves, 24 de noviembre de 2011: Profesión, sus labores.

Hoy ya es oficial: profesión, sus labores.
Y es que, tras un largo periplo por el mundo del fitness,
durante el cual he recibido tantas satisfacciones como disgustos, y he saboreado tantos éxitos como momentos de dudas sobre mi continuidad en la profesión, hube de darme de baja por una lesión bastante más seria de lo que la médico de cabecera –cambié de médico- quería hacerme creer, apuesto a que por evitar derivarme al especialista en traumatología, ya que, al parecer, y la fuente es un médico, el cabecera que menos derive, cobra un sustancioso plus al final del año laboral; pero dejemos al margen la capacidad para hacer mortales con doble flig-flag por encima del código deontológico del sector que poseen algunos facultativos, pues me consta que hay muchísimos otros, deo gratias, que lo siguen a, y con, conciencia.
Continué de baja hasta decidir qué hacía: si pedía incapacidad o me daba de alta e iba al paro. Económicamente, no había gran diferencia, ya que en ambos supuestos obtendría el mismo resultado: a big shit, equivalente a mi base salarial. Sólo me podía interesar por el hecho de no perder la prestación en caso de ser llamada a filas para un gimnasio desde el INEM y tener que decir que ya no me es posible darle esa paliza al cuerpo; pero, qué leches, pensé, ¿a quién llaman desde el INEM para ofrecerle un puesto de trabajo? Qué gracia: ayer, cuando fui a “apuntarme al paro”, o sea, a darme de alta en el INEM, la funcionaria que me atendió me preguntó: “Anda, ¿eres atleta profesional?”. Dudé por un instante, sin saber a qué se refería, y al ver que eso era lo que figuraba en mi certificado de empresa, le respondí: “A ver: soy atleta, y soy profesional… pero te aseguro que no cobro como si lo fuera. Así que debe de haber un error”. Bueno, hice reír a la mujer, que igual ya había vuelto del desayuno y tenía toda una larga mañana por delante viendo una cara tras otra y oyendo el desesperante “Biiiip” del correturnos (seguro que esos cacharros tienen un nombre, pero ignoro cuál es). Estuvimos unos minutos hablando sobre la falta de regulación estable de mi profesión, que ha sido la hija en acogida de no sé cuántos sectores profesionales ya, así como ha tenido doble y triple nacionalidad, pues pueden ponerte como monitora, como ayudante de mantenimiento de material deportivo o algo así, como, al parecer, atleta profesional… y todas éstas, y muchas más, como denominaciones lícitas, porque no existe titulación oficial para los que ofrecemos, a diario y por un mísero sueldo, la salud de nuestras articulaciones al servicio de la mejora en la calidad de vida de cientos de personas, y con una sonrisa sempiterna. Quince años de profesión, y sólo tengo derecho a seis meses de prestación; una hernia y una protrusión, artrosis en varias articulaciones, rectificación cervical, tendinitis crónica en un hombro, un espolón, fascitis plantar… y sólo tengo derecho a seis meses de prestación… Fue grato mientras duró, pero creo que ha llegado el momento de poner punto y final a esta carrera deportiva. Ya veré si puedo hacerlo, porque, como el torero ama al ruedo, como el actor ama al teatro, como el cantante ama al escenario… el monitor deportivo no puede hacer deporte sin gritar el “cuatro, tres, dos, y”, sin hacer la gracia para destensar ambiente, sin echar una mano a aquél que se está equivocando, sin explicar por qué así no y así sí, sin tratar de arrancar una sonrisa al que viene triste o desesperanzado… Hay una diferencia entre ser deportista y ser monitor deportivo: el primero piensa en el beneficio que obtendrá para sí mismo; el segundo, sólo piensa en el modo de obtener cada vez mayor beneficio para los demás. El monitor deportivo tiene que tener vocación. Y yo la tuve, la tengo y la tendré siempre; lo que ya no tengo es la misma edad que cuando comencé: tengo casi 40, y el cuerpo muy castigado.
Hoy he llevado el documento que me faltó ayer, y me he apuntado en la lista para la adjudicación de plazas de los talleres de empleo del IAE. Ayer cometí el error de tratar de encontrar aparcamiento en plena Avenida de la Aurora, sin éxito, por supuesto; a los cincuenta minutos de dar vueltas, tuve que optar, como siempre, por aparcar en el centro comercial y comprar algo que aún hiciera falta para no pagar el parking: un pack de slips para el hombre de la casa (no como título, sino como realidad: de cuatro, es el único hombre), unos jerseys polares y unos rotuladores para las niñas, y el intento fallido de adquirir unos leotardos azules para el uniforme de Ángela y unos zapatos que no destroce a los cinco segundos de estar en el cole, así como unos bodies blancos para el uniforme de Valeria. Llegué tarde a la oficina de empleo, y no salí de allí hasta casi la una del mediodía. Es curioso que, hasta las once y media, todo es lentitud y eterna espera. A partir de esta hora, empieza a parecer que vuelen por encima de las mesas: ni un minuto más de lo acordado en el puesto de trabajo. Por cierto, hoy vi salir a dos de los funcionarios que ayer había en las mesas y, cuando me marché, hora y media más tarde, aún no habían regresado. De nuevo deo gratias, todos los funcionarios no son iguales. Se podría pensar que, a mala leche, estuve a la expectativa durante ese tiempo: sí, es cierto, lo estuve; y no me equivoqué.
Como decía, ayer erré en la búsqueda de aparcamiento, pero esta mañana, después de dejar a las niñas en el colegio, salí hacia el centro sin demora alguna y entré, directamente, en el parking de la estación de trenes, que es el único vinculado a un centro comercial y que está abierto a esas horas de la mañana. Un reconfortante paseíto hasta la oficina del INEM, no demasiado largo, me devolvió a la vida cotidiana, ésa que amo desde hace ya algunos años: el movimiento de caras en horario matutino, el ir y venir de gente con paso apresurado, el tráfico rodado, las ambulancias, la policía, los furgones de reparto, los bares que desprenden olor a café, los barrenderos… La sociedad. La vida. El mundo. Llamó especialmente mi atención un grupo numerosísimo de personas que esperaban a la puerta de un comercio de compra-venta de cachivaches varios cercano a la estación de autobuses: cada vez se nota más la crisis. Y pienso en qué porquería les ofrecerán a ese señor que vigila con recelo su viejo televisor, o a ese muchacho que se aferra a la maleta de una guitarra, o a esa señora que lleva un tostador bajo el brazo y se apoya en una lavadora… Qué porquería les ofrecerán, porque los especuladores viven de la desgracia de los demás, y eso es tan real como la situación en que nos encontramos. Y entonces empiezo a soñar mientras camino: si yo pudiera, si tuviera un espacio lo suficientemente grande, lo ofrecería gratuitamente para que los ciudadanos fuesen a vender allí los objetos de los que quisieran desprenderse, o tuvieran que vender por necesidad; crearía un sistema para que todos pudieran vender: una lista de espera con un nombre de usuario por persona, sin poder ir dos días seguidos, teniendo que esperar de nuevo una vez extinguido el turno de venta… nada de comerciantes, sólo ciudadanos con cosas que ya no necesitan, o que necesitan más el dinero que pueda proporcionarles esos objetos… Y así llegué a la oficina del INEM.
Cuando terminé de rellenar espacios en blanco, salí de nuevo a la calle como parada oficial, pensando en todo lo que me había dejado por hacer en casa: al cabo del día, viene siendo frecuente que me posea el alma de Doña Maruja y “me ponga mala” pensando en lo que se me vendrá encima al llegar a casa. Curiosamente, hace tan sólo dos años esto no me hubiera importado lo más mínimo; sin embargo, desde que nació Valeria, he notado que voy experimentando un cambio gradual en la forma de llevar la vida familiar; y no paro de cambiar…
Me dirigí otra vez al centro comercial, antes de sacar el coche, porque, dado que los leotardos, los bodies y los zapatos aún están por comprar, el parking me saldrá gratis. Pero…
Entro en una zapatería: 40 euros los más baratos. No es ya que no me los pueda gastar: es que ni siquiera los tengo, ahora mismo. Entro en otra zapatería, y aún más fuerte: 75 euros ¿Quién compra unos zapatos de niña por ese precio, alguien que sigue la tradición del Lotto? Me decido por entrar en esa enorme tienda que tiene de todo para todos y suele tener precios muy asequibles. Perdón: solía. Así que…
Ni rastro de unos zapatos fuertes para Ángela. Bajé al parking para comprobar por cuánto me saldría la broma si no validaba el ticket; o sea, a golpe de euro: dos con noventa. Vale, cajero automático cobrador de tickets, espérame aquí, que ahora vuelvo. De nuevo subí al centro comercial y entré en una de las tiendas que estaba segura que encontraría también en el otro centro comercial. Cogí la primera camiseta que vi, me dirigí a la caja y pagué la camiseta a sabiendas de que, en menos de media hora, tal prenda volvería a pertenecer a Inditex, y el parking no me costó nada. Ya en el otro centro comercial, llevé a cabo la devolución y entré en esa tienda nueva en la que prácticamente regalan los artículos y cuyas bolsas de papel reciclado se ven ya por toda la ciudad: leotardos azul marino... al fin, sólo quedan éstos y precisamente es su talla… dos pares por tres euros… Bodies blancos de la talla 18-24, pese a que Valeria sólo tenga quince meses… aquí están… y tres por tan sólo cuatro euros… Zapatos fuertes para Ángela… zapatos fuertes para Ángela… mareo, dolor de cabeza, congestión nasal, demasiada gente, un calor horroroso… ¡¡¡doce euros!!!... son como amarillos, pero así se la verá mejor… Le voy a llevar un regalillo: unas pulseritas imitación a semanario, para que le regale una a cada una de sus mejores amigas; le diré que son “las pulseras de las mejores amigas” y que así ella y sus mejores amigas serán como las Winx y las pulseritas las distinguirán: a ella le encantan este tipo de historias. Un euro, por cierto, diez pulseritas. No le contaré que, tras distinguirse por la pulserita, se distinguirán por el cerco verde alrededor de la muñeca; pero son niñas, al fin y al cabo: extraño será que no pierdan la pulsera antes de haber finalizado la jornada lectiva; no dará tiempo a que la pulsera les deje huella de su paupérrima calidad.
Dado que en el transcurso del día no he podido mantener una conversación larga con alguien de más de cuatro años y que no me llamara MAMÁ, cuando llega mi pareja quiero contarle cómo me ha ido durante la jornada, enseñarle los zapatos, ya que para mí ha sido todo un logro poder comprarle a mi hija un calzado fuerte para el cole por menos de quince euros, decirle que el domingo tengo merienda con unas madres del cole, que el biológico ha llamado como cada jueves alterno, las peripecias de ambas niñas a lo largo de la tarde, cómo van evolucionando, cómo me han llevado al borde de la desesperación cuando no veía el horizonte entre preparar el almuerzo y llevarlo a la mesa porque no dejaban de protestar una y de trastear la otra… Y, no sé cómo, he acabado hablándole de lo aburrido que es estudiar Derecho cuando los profesores están desmotivados y cómo es fácil aprobar Derecho Romano por parciales (una de las poquísimas que aprobé en su día) cuando tienes un buen profesor… mientras a mi pareja se le iban cerrando los ojos sin poder hacer nada por evitarlo. Era tal la necesidad que tenía de mantener una conversación con un adulto, que me olvidé de lo insustanciales que son mis relatos a veces. Opté por dejar de hablar y decirle que decidiera entre puchero o sopa de calabaza para cenar. He calentado la sopa de calabaza. Yo no he cenado, porque no me apetecía. Se ha tomado su sopa. Yo he bajado al garaje a recoger los zapatos nuevos y los abrigos que no pude subir a medio día; una de mis vecinas, la madre de la más joven de la comunidad, estaba fuera, hablando por teléfono. Cuando he subido, él ya se había echado en el sofá. Sigue profundamente dormido.
Ya es oficial: soy una maruja. Y a mucha honra.



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