miércoles, 30 de noviembre de 2011

2. DIARIO DE UN AMA DE CASA


Sábado, 26 de noviembre de 2011: Diario de un ama de casa.
Ayer, viernes, como cada día, sonó el despertador a las siete de la mañana… media hora más tarde de que “sonara” Valeria. Ya casi nos estamos acostumbrando a que sea ella quien nos despierte; si continúa así, de aquí a unos meses podremos desconectar los móviles durante la noche y acostarla una hora más tarde o una hora antes, según tengamos que madrugar. Sí, me lo tomo a broma, porque ya está más normalizada. Hace un par de semanas, no se levantaba a las seis y media: se despertaba a las tres de la mañana y ya no volvía a dormirse hasta casi las siete. Entonces yo podía entrar en la ducha tranquilamente cuando lograba dormirla de nuevo, pues ya era mi hora de comenzar el día, aunque fuese hecha unos zorros. Ahora, entro a la ducha descansada, pero ella no para de mover la cortina para asomar su cabecita de rizos castaños y su sonrisa inocente: “Hola”, canturrea, a la par que provoca una inundación en el baño. La rutina habitual era: yo me levanto a las siete y cuarto, me ducho, me visto y me etcétera, tomo un café con leche sin más acompañamiento que el ibuprofeno de rigor, mientras preparo el bibi de leche y cereales de Valeria y la jarrita de leche con suplemento especial de Ángela, quien peor come de las dos; y a las siete y cuarenta y cinco, las despierto a ellas para que se tomen la leche, visto a Valeria mientras Ángela se asea y se viste, las peino y las perfumo, las abrigo, cojo las mochilas y al garaje a por el coche. Ahora la rutina viene siendo: Valeria me despierta a la hora que a ella le parece, me persigue por toda la casa, me ducho con ella asomándose tras la cortina, preparo los desayunos con ella intentando encender la vitrocerámica o conectar el lavavajillas, la visto y la peino y le doy el bibi; al menos, mientras se lo está tomando me da cuartelillo. Despierto a Ángela, le cuento veinte para lavarse los dientes y veinte para hacer pipi y lavarse la cara, la ayudo a vestirse, le cuento hasta veinte para tomarse la leche, y otras veinte porque no le ha dado tiempo; se queda mirando la sombra de un gamusino, después se queda mirando la estela que ha dejado una mosca, durante un par de minutos puede estar contemplando cómo mueve el bigote un perro de peluche… y cuando vuelve en sí, ya llegamos tarde al cole porque aún no se ha puesto los zapatos. Me vuelven loca, pero si mis mañanas no fuesen ELLAS, no me merecería la pena despertarme. Y, aunque a veces me enfade, no encuentro entre mis recuerdos ningún momento de mi vida en que haya sido más feliz que desde que Ángela vino al mundo y hasta hoy. Y mejor cada día.
Ayer Valeria quiso llevarse su mascota a la guardería. Dicha mascota es un mini-perro-rata que ladra y hace ruiditos, rueda hacia todas partes y se mete en una casetita de la que sale tras haber dado una vuelta o media, según el momento en que entre. Valeria lo abraza en el coche y se queda dormida con él. Le expliqué que lo llevaría hasta la guarde, pero que después yo me lo llevaría. Cuando volví a recogerla, le hizo al perro mayor fiesta que a mí. Ángela se llevó sus pulseritas de las mejores amigas, e iba muy ilusionada pensando a quién se las iba a regalar. Para que comprendiera el concepto de “mejor amiga”, dado que ella me presentaba una lista de diez mejores amigas y porque no creo que haya muchas más niñas en clase, le pregunté cuántas eran las Winx, porque es uno de sus juegos de recreo: si las Winx son ocho y tú eres una de ellas, entonces tienes que regalar siete pulseras. Sabía que, cuando llegase a recogerla al cole, ella no tendría ninguna pulsera.
Volví a casa, ya que no me quedaban trámites por realizar, dispuesta a preparar el almuerzo, limpiar toda la casa y, a ser posible, realizar alguna tarea extra de todas las pendientes y estudiar un rato; he de decir que, sea cual sea mi planteamiento, nunca he logrado estirar la mañana según mis deseos. Pasé por el supermercado a comprar algunas verduras y, ya en casa, tras desayunar frente al ordenador, comencé con mis tareas del hogar; en la primera, estirar la ropa de cama de nuestro dormitorio, me quedé hecha una alcayata: chimpún al resto de tareas. Aun así, preparé parte del almuerzo y ordené el caos en que queda envuelta la casa por las mañanas.
A la salida del cole, y después de recoger a Valeria, me encontré con la sorpresa de una Ángela hecha un mar de lágrimas con un dibujito partido en dos en una de sus manitas, y su amiga Lucía llorando igual de desconsolada a su lado. La profesora nos explicó a ambas madres que Lucía quería el dibujo y Ángela no se lo quería dar, y en el forcejeo, el dibujo se rompió: grandes problemas de la infancia. Pero lo más doloroso para Lucía fue que su profesora, como castigo, le había quitado la pulserita que su mejor amiga Winx le había regalado, y esto significaba arrebatarle tal título por el mero delito de romper un dibujo; y lo más doloroso para Ángela había sido que una de sus mejores amigas, y por tanto dignataria del distintivo, la hubiese traicionado rompiendo su dibujo en la misma mañana en que ella le había otorgado el preciado honor.  Pero, según la profesora, aún fue peor cuando se pidieron perdón, porque entonces rompieron ambas a llorar abrazándose y diciéndose cuánto se querían. Por supuesto, a Lucía le fue devuelto su regalo: tres pulseras… Con razón lloraban tanto: es que ostentaba el título supremo. Qué hermosa es la infancia… y cuánto daño hace todo aquel que no permite a un niño vivirla con normalidad… El Yad Vashem, el museo del Holocausto, concede una medalla a aquéllos que son considerados Justos de las Naciones, personas que, durante el terror del Holocausto, salvaron vidas a los perseguidos incluso poniendo en riesgo la suya propia; en tal medalla, graban una máxima judía que, personalmente, me parece de una tremenda veracidad, aunque me deja algunas dudas: “Aquél que salva una sola vida, salva un universo entero”. Porque, si salvas una vida, salvas la vida de toda su descendencia, así como salvas todo lo grande que esta estirpe pueda hacer por el mundo; siendo positivos, claro, porque fijémonos en cuántas vidas habría salvado un posible asesino de Hitler antes de unirse al nacional-socialismo, o sea, no salvando, sino quitando una vida. Pero yo esta máxima siempre la relaciono con la infancia: quien salva la vida de un niño, puede estar salvando al planeta, porque tal vez este niño, o su descendencia, puede encontrar… no sé, un remedio contra el cáncer, una forma de hacer completamente segura la conducción, el modo de paralizar el cambio climático… Y, yendo más allá, la relaciono con la felicidad de ser niño, porque quien hace feliz a un niño, está potenciando a un adulto responsable, cariñoso, emocionalmente inteligente y de carácter estable, y eso es mucho para el mundo, que podría estar, así, en manos de adultos de mentes abiertas y tranquilas, en lugar de estar en manos de avaros desquiciados, como en la actualidad ¿Y a qué venía esto…?
Ya en casa, comencé a notar que mi movilidad mermaba por minutos. A eso de las cinco de la tarde, no podía caminar sin que las piernas me fallaran. Para la hora del baño de las niñas, mi pareja no había vuelto aún, y yo empezaba a desplazarme por la casa empujando la silla del escritorio, porque tiene ruedas y podía ir apoyada en ella evitando así forzar la espalda, que no me respondía. Y lloré de impotencia recordándome a mí misma hace seis años… A mí, las arrugas me preocupan tanto como mancharme con una gota de agua, y haber engordado diez kilos cuyo cariño me consta y sé que ya jamás me abandonarán me preocupa igual, o sea, nada. Pero no tener la misma agilidad… eso me mata. Porque es algo que esperas con treinta años más, pero no tan joven. Ángela reclamaba atención; es muy inteligente, pero sólo tiene cuatro años. Valeria alzaba los bracitos para que la cogiera, y lo máximo que yo podía hacer era darle la mano, aunque se preguntaría por qué, de repente, la llevaba de la mano el jorobado de Notrê Damme. Y la única alternativa a estos episodios de dolor agudo cada vez más frecuentes, es la cirugía. Pero ahora mismo, no puedo operarme.
No cené tampoco ayer: me costaba horrores mantenerme erguida. El ibuprofeno no había hecho mucho efecto, y con un par de friegas de crema antiinflamatoria conseguí recoger la cocina a eso de las dos de la mañana.
Hoy me levanté como si alguien me hubiese dado una manta de palos en la espalda. Recuerdo vagamente que Ángela se vino a dormir a nuestra cama muy temprano, e igual de vago es el recuerdo de haber sido aplastada por unos pies diminutos un poco más tarde. Pero debieron de levantarse cuando yo aún no había cruzado el umbral de la casa de Morfeo, porque nunca me había despertado tan tarde: eran casi las once. De hecho, creo que la última vez que me desperté a esta hora fue un 1 de Enero, después de una noche de marcha, y aún no me había salido la primera arruga…
Aproveché que estaba mejor para tender una colada, guardar la ropa de las niñas, hacer sus camas y ordenar su dormitorio. El dolor no tardó en aparecer de nuevo, pero me di cuenta de que, si continuaba moviéndome, mantendría el calor en los músculos y, al menos, no me dolería tanto como si me quedaba quieta durante un rato prolongado. Vestí a Ángela y dejé la ropa de Valeria sobre el cambiador para que la vistiera el padre. Me duché, me vestí, me puse unas botas de tacón que llevaban dos años guardadas en señal de estúpida rebeldía, e incluso me maquillé un poco. Salimos a almorzar fuera para que las niñas pudiesen disfrutar del sol, aunque, como de costumbre, nos fuimos demasiado tarde y, para cuando llegamos al parque, después de almorzar, ya estaba oscureciendo. Aun así, las niñas estuvieron jugando durante más de una hora en los columpios; es curioso: seguimos llamando “los columpios” a los parques de actividades infantiles, cuando lo que menos hay son columpios. En mi época, un parque infantil era: dos columpios que si hoy tuvieran que pasar una inspección, quedarían precintados por el riesgo que supondrían; un arco del que las más valientes se colgaban cabeza abajo y en el que me extraña que no se abrieran el cráneo la mitad de los de mi generación; un tobogán que en verano quemaba como el infierno y en invierno se oxidaba, y al que le solían faltar la mitad de los peldaños de subida; y, con suerte, un balancín descuajaringado. Hoy en día, los parques infantiles son como gimnasios infantiles al aire libre, eso sin contar con los numerosos negocios de parques de bolas donde ya es costumbre celebrar los cumpleaños de los niños, pese a la crisis: todo sea por no tener que limpiar después hasta el techo. Ni qué decir tiene que, hasta el momento, al menos, yo he preferido limpiar.
Ángela se había llevado a Perri, su perrito de peluche favorito. Quería llevarse la bicicleta, pero no fue posible, y hubo de conformarse con Perri. Pero, claro, es una niña, y el nivel de responsabilidad de una niña de su edad no es demasiado alto: perdió a Perri en el parque. Nos fuimos a comer churros con chocolate cerca de donde habían estado jugando; tanto una como otra comieron como sendas limas rotas y, cuando volvimos al coche, Ángela cayó en la cuenta de que ya no nos acompañaba el peluche. Se hubiese conformado con un “No pasa nada, cariño mío, seguro que la próxima vez cuidarás mejor de tu muñeco, blablablá”; pero se me ocurrió volver a buscarlo, creyendo (soy más inocente aún que mis hijas) que algún padre o alguna madre lo habría encontrado y lo habría colocado donde su dueña pudiese verlo si volvía a buscarlo. Sin embargo, y habiéndolo dado ya por perdido porque no estaba por ninguna parte, Ángela volvió al último lugar de juegos donde había estado, y vio restos de Perri esparcidos por todo el suelo.
Entre lágrimas, con una patita de Perri en la mano, me miró y me dijo: “Mamá, son unos salvajes, lo han destrozado…”. Se me encogió el corazón y, por un momento, me arrepentí de haber vuelto a buscar a Perri. Podría haberle evitado el dolor, podría haberlo dado por perdido y no volver al parque, haberle evitado la visión de su peluche favorito hecho trizas… Pero después pensé… en el primer ser querido que se vaya, en el primer amor fracasado, en la primera vez que la traicione una amiga, en el primer trabajo que no consiga o el primero del que sea despedida… tantos momentos amargos que le quedan por vivir y que no serán de peluche… y supe que había hecho lo correcto: había alimentado su esperanza, habíamos hecho todo lo posible por encontrar a Perri, aunque acabara en tragedia. Porque llegará el día en que, por más que se esfuerce ella, la vida le arrebate algo real o a alguien real, y debe estar preparada, debe saber que las malas personas existen, que el dolor existe, que el daño existe, que se siente, que hay acontecimientos desagradables cuya solución no está en su mano… y que debe superarlo porque el mundo sigue girando.
Después fuimos a comprar el regalo de una mamá del cole, cuyo cumpleaños es mañana, y la llevé conmigo para que ella lo eligiera; de este modo, mitigué su dolor lo mejor que pude y supe.
Antes de irse a dormir, ya no le dolía tanto la tragedia de Perri. Me dijo que tendría más cuidado con sus muñecos, me dio un abrazo y un beso cuya fuerza me sorprendió, y me dijo: “Mamá, qué buena eres”. 




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