sábado, 5 de febrero de 2011

Y LO LLAMABAN SACRIFICIO


Por eso me decían PIÉNSATELO PIÉNSATELO PIÉNSATELO MUY BIEN PIÉNSATELO... Y, como de costumbre: impulsiva, pasional e irreversiblemente testaruda, así como bastante prepotente;
no me dio la gana de pensar más de 33 años y empecé a intentarlo. Sí, es cierto; me recuerda mi alter ego su pretérita presencia: no siempre quise ser madre. Es más, nunca quise serlo. Nunca antes de los 33 años. Pero como de costumbre: impulsiva, pasional, y nada más esta vez, lo decidí de la noche al día, casi en sueños; en sueños, porque yo ya soñaba con mi niña antes de ser abordada con fiereza por el anhelo de maternidad; en sueños, porque mientras dormía debió de ser, que me levanté una mañana plenamente capaz de dedicarle mi vida entera a obtener una sonrisa de su minúscula boquita, una carcajada inocente para ver los dos hoyuelos que flanquean su preciosa expresión de felicidad; en sueños debió de ocurrir, porque de pronto ya nada me hacía feliz, sólo la esperaba a ella, aun sin visos de aparecer, sólo la necesitaba a ella, aun sin aún saber que sería ella y no él, sin saber siquiera si llegaría a ser algún día, sólo podía pensar en cuando llegase, y me di cuenta de lo infeliz que había sido hasta entonces el día en que el palito - por qué llamarle stick si tenemos una castiza y hermosa palabra para traducirlo -, el cual, por cierto, conservo en un marco como si de una obra de arte se tratase, me mostró su simpática risita paralela: ya te puedes quedar tranquila, guapetona, ya lo has conseguido, parecía decirme. Y todo mi pasado desapareció ante mis ojos: las interminables y divertidas juergas, las tardes enteras en la playa y las noches de moraga, los viajes, las ferias, las mudanzas porque sí y la vida nómada, qué risa anoche y qué comida de empresa interminable, qué tío y qué colocón... y qué aburrimiento de repente, porque todo empezó a parecerme tedioso salvo hablar de la última ecografía o los bultos que se desplazaban por mi orgullosa y enorme tripa. Toda mi vida anterior quedó difuminada en un mar de manchas negras y grises con un marco blanco alrededor: AQUÍ ESTÁ TU BEBÉ; para ser sincera, ni siquiera ahora podría asegurar que no me hicieran la pirula y me enseñaran la fotocopia de la oreja de un auxiliar de clínica con ganas de guasa, pero yo me volví a casa con lágrimas en los ojos, y esperé con impaciencia para enseñársela a todos (el primero, su padre, quien por hoy es ya sólo su padre, que no mi pareja, pues la misma emoción que yo sentía por el embarazo, la sentía él por no haberse retractado a tiempo), a mis padres, abuelos por primera vez, a mis hermanas, tías por primera vez, a mi tía, tía abuela por primera vez, a sus hermanos, a quienes les traía sin cuidado y parecía que les estuviese enseñando un ejemplar manuscrito de ochocientas páginas de una enciclopedia de ornitología, supongo que por aquello de la edad y las circunstancias más difíciles al ser hermanos sólo de padre. Después contagiaba a todos mis amigos, conocidos, y hasta por conocer, de mi felicidad, eco en mano MIRA MI BEBÉ, como si yo fuese el ginecólogo y de verdad pudiese distinguir algo en semejante amalgama de borrones; las caras de chinchón - que se me hace más español que el póker, aunque no sé jugar a ninguno de los dos - quedaban rápidamente disueltas al ver la luz que parecía emerger de todo mi ser; debía de causar bastante ternura ver a la sargento de acero sonriendo como si fuese una niña pobre a quien le acabasen de regalar la muñeca más cara del mercado. Todos - menos el padre de mi hija - comprendían mis cambios de humor, mis nervios destemplados que de pronto se convertían en una risa más nerviosa aún cuando alguien preguntaba NIÑO O NIÑA y respondía NIÑAYSEVAALLAMARCOMOSUABUELO, así, de carrerilla, como si el interlocutor se fuese a marchar dejándome con la palabra en la boca.
Tenía un resorte: CÓMO TE ENCUENTRAS era la clave para hacerlo saltar, porque entonces empezaba a parlotear sin control, a contar las peripecias de mi feto, mis suposiciones acerca de su probable carácter - vaya tontería - a merced de las patadas nocturnas, o sobre sus supuestos gustos musicales - eso, mire usted, vino a ser verdad - a juzgar por la quietud o trasiego en mis entrañas según la melodía escuchada.
Tenía un resorte: PUES CUÍDATE QUE ESTÁS COGIENDO MUCHO PESO era la clave para hacerlo saltar, porque entonces comenzaba a decir que ya volvería a adelgazar en cuanto pudiera hacer deporte otra vez, y que si no me daría igual, porque ningún cuerpo 8 -que 10 tampoco lo tuve nunca- se podía comparar con la felicidad que sentía sólo con pensar "estoy embarazada y voy a ser madre", algo, esto último, que sólo llegué a creerme de verdad el 15 de marzo de 2007; y me hablaban de no dormir, de no comer, de no tener vida a partir de entonces, ni cine, ni salidas, ni sexo, ni nada de nada, me hablaban de lo difícil que sería todo cuando ella naciera.
Tenía un resorte: ES QUE TENER UN HIJO ES UN SACRIFICIO era la clave para hacerlo saltar, porque entonces los restos de quien fui quedaban totalmente sepultados bajo el alma poseída - por la diosa de la fertilidad, por lo menos - de quien empezaba a hablar: que para quien sea un sacrificio, mejor que no lo tenga, que la decisión la tomé con todas las consecuencias, que ya he vivido todo lo que tenía que vivir... y todo con la piel de lagarto, con la lengua de serpiente y los ojos de mosca y me cargo a quien lo repita; debía de dar más susto aún que la sargento de acero, porque sólo quien más confianza tenía aún osaba decir ESO LO DICES AHORA, y ahí sí, ahí sí resurgía el Ave Fénix, ahí sí volvía la que murió el día del palito, con sus dos cuestiones, a despotricar acerca de la inconsciencia de otros y defender mi plena confianza en mi amor hacia mi hija, amor incondicional y sin excepciones de fin de semana, sin momentos de flaqueza, sin torpes dudas sobre mi capacidad como madre.
Y aunque callaban, nunca me creyeron. Hasta que nació.
Nació.
Nació mi niña, nació mi pasado, y mi presente y mi futuro.
Nació mi vida, pues me pareció que yo nací con ella.
Nació, y todo lo demás murió, todo quedó atrás, todo empezó a perder sentido, si alguna vez lo tuvo. Me la acercaron a los brazos y ya no fui yo nunca más, ya no fui nadie, ya sólo fui su madre, MAMÁ, porque entonces empecé a creerlo de verdad: SOY MADRE, decía, varias veces, innumerables veces, a mis hermanas, QUE SOY MADRE, para creérmelo, tratando de encontrar algo más en mi memoria, algo más que sus ojitos curiosos o sus diminutas manos tratando de aferrarse, confusas, al aire que rodeaba su cuerpecito neonato; QUE SOY MADRE, y ahora creo que siempre lo fui, pero no MADRE, simplemente, sino SU MADRE, porque si bien he vivido todo lo vivido y sé que lo he vivido, pienso y siempre pensaré que lo vivido lo viví para vivir ahora por y para ella. Porque mi vida es ella.
Mi vida es levantarme cada mañana para ver cómo se incorpora en la cuna y empieza a sonreír, con los ojillos aún a medio abrir, despeinada, restregándose la cara con las manos, hablando un idioma ininteligible y que, curiosamente y por obra y misterio de la Naturaleza, yo entiendo...
para verla caminar con la torpeza que corresponde a sus catorce meses...
para verla reírse de corazón como ningún adulto sabe reírse, cuando le hago una payasada que a ella, a juzgar por su alegría, debe de parecerle lo más gracioso que se ha visto jamás...
para no dormir velando su sueño, para no comer jugando con ella, para no tener vida propia por adaptar mis horarios a sus rutinas...
Para ser feliz, en definitiva. Algo que jamás pensé que fuese posible: ser feliz...
Y lo soy, porque soy su madre, yo, y sólo yo, soy su madre, ninguna otra persona lo es, sólo yo, y ninguna otra persona lo será, porque lo soy yo. Y tengo vida propia: trabajo, leo, escribo, tengo familia y amigos... Pero, sobre todo y antes de cualquier otra función, soy su madre. Su cuidadora, su educadora, su guardiana, la primera en ver su sonrisa por la mañana, la última en darle un beso por la noche.
Y lo soy, porque ella es mi hija, y ninguna otra mujer tuvo el privilegio de llevarla dentro nueve meses; llevarían a otros, pero a ella no, a ella la llevé yo y sólo yo.
Y soy feliz porque ya no necesito buscarle sentido a mi vida, porque ella se lo ha dado, porque ella no trajo un pan bajo el brazo, pero trajo todas las respuestas a las preguntas que siempre me hice, o la única respuesta, porque para todas aquellas viejas preguntas formuladas a lo largo de casi 35 años, sólo hay una respuesta, una gran respuesta: PARA SER SU MADRE.
Por eso, por ella, ahora soy feliz.
Y lo llamaban sacrificio...

No hay comentarios:

Publicar un comentario