viernes, 4 de febrero de 2011

0. CARTA DE PRESENTACIÓN


Viernes, 4 de febrero de 2011: Carta de Presentación.

Debería haberme callado. Tanto hablar, tanto hablar... tanto criticar... y ahora tengo un master en colocación de platos en el lavavajillas. Pero cuando yo hablaba era porque aún ignoraba lo mal que casan el mundo laboral y la maternidad en este moderno, avanzado y desarrollado país, esta civilizada nación que se jacta
de haber sido pisada por casi todos los pueblos de la Historia, de haber bebido de la fuente de casi todas las culturas, este Estado de Derecho que se tuerce hacia una población senil, dadas las circunstancias... No bastaba con la crisis mundial, ni con la nacional, ni con la autonómica, ni con la provincial: yo tenía que entrar también en una crisis personal, no siendo que no me afectase la general. Y aquí estoy, día tras día en la misma rutina: toque de diana a las siete y media, ducha, cafetito rápido sin una triste galleta (la galleta equivaldría a cinco minutos menos de sueño, y prefiero dormir), levantar y vestir a las niñas, "bibi" para una, "bibi" para la otra, llevar a la mayor al cole, volver a casa después de hacer la compra, adecentar la cocina, poner lavadoras, hacer las camas, gimnasia de bebé para la pequeña, hacer el almuerzo, recoger a la mayor del cole, volver a casa, rutinas de niñas, hacer la cena, enviar currículum vía e-mail... y todo sin una triste remuneración.
A las empresas de este país no les gustan las madres. Quizás los responsables de contratar y despedir a las madres no recuerden de dónde vienen ellos; igual tienen complejo de Rómulo y Remo... Y, sinceramente, de no ser porque debo pagar la hipoteca, me daría igual: hoy en día es un lujo poder criar y educar a los hijos en primera persona, sin recurrir a guarderías ni a abuelos, y el paro da a las madres la opción de serlo a tiempo completo. Sin embargo, teniendo en cuenta mi situación económica, es un lujo que no me puedo permitir, y aun así me veo obligada a ello.
Antes de tener a mi primera hija, apenas sí sabía cómo era una oficina del Inem por dentro. Nunca había perdido un trabajo, nunca había entregado un currículum sin recibir una llamada casi inmediata, nunca había visto pasar días y días sin cobrar absolutamente nada... En honor a la verdad he de decir que tampoco sabía cocinar ni lo había intentado, no hacía la cama porque tenía que volver a deshacerla por la noche y me parecía una pérdida de tiempo, siempre había más ropa en las sillas que en el armario, limpiaba una vez a la semana...
La maternidad lo cambió todo: empecé a comprender el significado de la esquiva felicidad, comencé a organizarme, fui aprendiendo a conocerme mejor, a serenarme, a tomármelo todo con más calma, a dar importancia a lo importante y restársela a todo lo demás... De pronto, un día me di cuenta de que cada vez me parecía más a mi madre: me he convertido en una buena madre. Y, ¿sabéis qué? Es lo mejor que he hecho en mi vida, la decisión más acertada, la opción más correcta. Soy madre, y sólo otra madre puede entenderlo: ya me dan igual todas las zancadillas que la vida me quiera poner, las mentiras que me cuenten para prescindir de mí en las empresas, los rodeos que den para no decirme la verdad, que no se fían del rendimiento de una madre. Todo me da igual, pues mientras tenga a mis hijas, todo irá bien. Tal vez encuentre trabajo mañana mismo, tal vez no lo encuentre jamás, tal vez tenga que seguir oyendo mentiras y haciéndome la tonta para no crear conflictos innecesarios... Todo irá bien. Porque tengo a mis hijas, y me siento orgullosa de poder decirlo: soy madre. Todo lo demás, sólo es un vaivén de circunstancias, un desfile de eventualidades; sin embargo, hay quien pasa la vida luchando por ser madre y ve día tras día su sueño frustrado por imposición natural o por negación del destino, y nada de cuanto hagan en su vida, ni éxitos profesionales, ni relaciones sentimentales, ni amistades... nada puede apagar el amargo deseo de ser madre sin poder serlo.
Yo lo soy, soy madre. Y por dos veces.
Aquí una maruja, aquí unos amigos... No prometo escribir a diario, porque está feo incumplir las promesas; pero sí prometo intentarlo.
Bienvenidos a mi blog.



3 comentarios:

  1. Profesión hermosa, si se quiere denominar como tal, la de ser madre. Para mí es una vocación que junto con otras hacen que mi vida tenga sentido. Pero eso sí, sin ellos, sin mis hijos, mi vida no sería igual. Siempre sentí la llamada de la maternidad y no me arrepiento en absoluto. Seré madre con todas sus consecuencias hasta incluso después de dar el último suspiro.
    Disfrútala Marina, que sé que lo haces,...porque luego, el sabor de boca es increible.

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  2. Mientras te leía se me han inundado los ojos y se me han puesto los vellos de punta... Me he sentido tan identificada que incluso daba miedo...
    Ser madre es lo mejor que he hecho en la vida y aunque el cansancio a veces me hace llorar, aunque la impotencia de no tener trabajo me reconcoma por dentro, aunque en algunas ocasiones sienta pena de mi misma, siempre hay algo que me hace gritar: la vida merece la pena...
    Mi hijo, mi tesoro, mi amor,la alegría que me invade el alma, la sonrisa que ilumina mi cara, los abrazos que doy cada día, la multitud de veces que digo te quiero, los besos que siempre acepta aunque parezca que voy a desgastarlo...
    Soy MADRE, MADRE, MADRE, y nunca ningún trabajo, ningún dinero ni ningún otro adulto, me hará cambiar la opinión de que tengo la "profesión" mas bonita del mundo!

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  3. Que bonitas palabras y cuanta verdad hay en ellas. Me uno también a este orgullo de ser madre y de no concebir una vida sin mi pequeños. Lo valen todo y como tú bien dices...Nadie como otra madre entiende lo que se siente. Besitos a la familia, guapísima!!!. :)

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